Lhasa, la capital del techo del mundo

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Cuando llegas al Tíbet sorprenden sus llanuras y la aparente poca altura de sus cadenas montañosas. Pero es ilusión, estamos en el país del Everest y sus hermanosestamos en el país del Everest y sus hermanos, rozamos los 4.000 metros de altura y las montañas superan los 5.000. El Tíbet es el techo del planeta. Pisamos una árida meseta elevada, aislada por los picachos del Himalaya, hasta el punto de que no llegan las nubes. Lhasa, capital del país-techo es la ciudad de los Lamas, sagrada para el budismo. Contrasta con cualquier urbe asiática. Transpira lejanía y un aire de toque de queda, no sé si pretendido por las autoridades chinas o inherente a unas tierras de por sí despobladas. La discutida presencia china es omnipresente y rara vez un tibetano te comentará nada al respecto.

Cómo llegar. Lo normal es en avión, llegando al aeropuerto a unos 40 kilómetros. Los chinos operan una impresionante línea férrea que conecta Lhasa con el resto de China y que atraviesa el Himalaya. Lleva cuatro días hacer los casi 4.000 kilómetros entre Pekín y Lhasa. Otra alternativa es la carretera, pero ¡ojo!, porque no está permitido entrar en Tíbet como viajero independiente. Los chinos exigen y expiden salvoconductos especiales para los extranjeros. Air China informa al respecto. Es útil este enlace de la Lovely Planet. El viaje tiene que ser en grupo, con guías autorizados. Lo mejor es acudir a una agencia fiable. En España hay varias como Rutas 10, Tuaregs o Namasté viajes.

Dos ciudades en una

. También a Lhasa ha llegado el desarrollo chino. Mientras que los tibetanos se aferran a su cultura, centrada en el budismo y abarrotan el casco antiguo, los suburbios se han duplicado en pocos años con barriadas limpias, ordenadas y anodinas ocupadas por chinos de la etnia dominante Han, en búsqueda de la prosperidad del "salvaje oeste". Lhasa trata de convivir en esa bipolaridad, con un bilingüismo mandarín/tibetano presente en las zonas modernas, donde se suceden los centros comerciales, oficinas y bloques residenciales. Zonas nueva y antigua, separadas por el palacio de Potala, se unen por amplias avenidas. Apenas hay tráfico. Para el turista, la nueva Lhasa es un punto solo visitable si su hotel está por allí, así que me paro en la ciudad vieja, donde se centra la Historia de un país de retorcido pasado, parcialmente en el exilio, anexionado a una China de comunismo virtual y que no pierde su nacionalismo, anclado en una independencia que no dejaba de ser una teocracia tan absoluta como la actual oligarquía que maneja los hilos desde Pekín. El Tíbet del exilio exhibe también en Internet su visión del conflicto aún no resuelto.

Palacio de Potala. El ombligo del Tíbet. Es patrimonio de la Humanidad, por la Unesco. Enorme laberinto de piedra que corona la ciudad desde un monte imponente. Casa del Dalai Lama hasta su huída a la India y sede del poder teocrático que gobernó Tíbet hasta la ocupación china tras la Segunda Guerra Mundial. Se aprecia su separación entre la sección blanca, residencia del Lama y la llamada Casa Roja, para a la oración y lo sagrado. El que fuera un fabuloso fortín aislado del mundo es hoy museo, vigilado por los chinos. Pese a la afluencia de turistas no ha perdido su carácter sobrio y divino. Aúna, en 13 niveles encajados en el monte, cientos de dependencias civiles, residenciales y religiosas bajo las pautas de  estructuras cúbicas, gruesos muros de piedra, paredes encaladas y fuertes ventanales rojos y azules. La visita es rápida pero te introduce en un interior oscuro, monacal, marcado por aires rituales y olor a incienso, mezclado con el de mantequilla de Yak (el bisonte tibetano), usada entre otras miles de cosas para iluminar lámparas.

Palacio Norbulingka. La residencia de verano de los Lamas, a unos escasos tres kilómetros de Potala, a orillas del río Lhasa que bordea el sur de la ciudad. Un palacete ligero, menos severo que su hermano mayor, embutido en jardines. En agosto el parque alberga verbenas como la Fiesta del Yogur, el Sho Dun, en la que decenas de familias acampan, cual romería, en pleno parque y celebran danzas, espectáculos musicales y obras de teatro.

Templo de Jokhang. Tras Potala es el gran edificio sagrado del budismo tibetano. Jokhang es uno de los puntos de peregrinación más potentes del país. Lhasa está rodeada de monasterios pero este es el punto clave. Encontrarás a fieles de rodillas o arrastrándose de promesa. El edificio es, como Potala, un conglomerado de construcciones y niveles, de siglos de antigüedad. En el centro está el salón de los Sutras, de cuatro pisos decorados y pintados con poderosos rojos, donde se reza, medita y debate.

El Barkhor. Si los palacios y recintos sagrados son el alma de Lhasa, este distrito, en el casco viejo, es su corazón. Barkhor, parte de una calle principal para hacerse un zoco ruidoso y altanero pese a décadas de férreo control chino. Se nota la llegada del desarrollismo en los centros comerciales que han proliferado como setas. Hay que comprar en los tenderetes que salen desde el barrio árabe, con mezquita incluída, hasta Jokhang, donde está la calle que da nombre al zoco que se estrecha en calles peatonales. La mercancía es variada, desde artesanía local, molinillos de oración, banderolas, máscaras...a tés, hojalatas y textiles. El colorido y la energía de estas calles bien vale unas cuantas horas de paseo. Ha sido lugar de enfrentamientos entre fuerzas chinas e independentistas.

Comer. Vivir en el techo del planeta, sin agricultura, con poca caza y recursos hace de la dieta de estas tierras pura supervivencia. No verás sofisticación más allá que lo que puedas saborear en un restaurante chino o hindú, pero es interesante meterse en la cocina del país, muy dada a carne de Yak . Son buenos los momos, un pasta potentorra y es curioso el té tradicional, con mantequilla de Yak.

Mal de altura. Os hablo de una de las ciudades más altas del planeta y el oxígeno escasea. El primer día es mejor andar poco, evitar esfuerzos y beber agua. Es bueno dormir con la ventana entreabierta. En los hoteles hay botellitas de oxígeno. En 24 horas tu corazón bombeará más rápido para llevar el poco oxígeno que hay por tus células. Salvo el cansancio y algún dolorcillo de cabeza la cosa se supera, os lo aseguro.

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15 de mayo de 2013 - 02:00 h
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