Biorritmos

Intuyo que uno de los más graves problemas de la sociedad moderna es nuestra más que demostrada incapacidad para entender el insulto y la crítica como algo más que saludable para el devenir de las civilizaciones. El insulto, el choteo, la sátira y la parodia, lejos de considerarse como sanos ejercicios que ayudan a la aceptación de la propia necedad, se consideran como dañinas herramientas que atentan contra algo tan cuestionable como el honor personal.

Particularmente pienso que eso del honor es una cosa un tanto sobrevalorada y que impide el correcto avance de la sociedad. Intuyo, sólo intuyo, que si diésemos la misma valía a la aceptación de que somos seres mayormente estúpidos, antes que a la idea contraria, las cosas nos irían considerablemente mejor. Las cinco fases del duelo así lo dicen. Cualquier problema no comenzará a superarse hasta una vez aceptado, aceptemos pues, que somos en esencia seres irracionales, estúpidos, y con predisposición a ser embaucados por el embaucador de turno. Así y sólo así entiendo que el pasado domingo Jordi Évole cabrease a tantísima gente a la vez. Vale que Évole, un ser menudo y un tanto apocado, se río en la cara de buena parte del país. Pero también es verdad que Évole, en ningún momento previo dijo que los que nos iba a enseñar tuviese que ser verdad.

Durante el ya mítico documental-ficción, las pistas eran más que claras para saber que todo era una inocente broma. Nadie en su sano juicio que haya visto una película del Garci hasta el final, pensará que es capaz de mantener el ritmo narrativo que se diese en el 23F. Ya se ha apuntado por ahí que las reacciones airadas en contra de la ficción de Évole sólo pueden darse por el propio reconocimiento de la estupidez. A nadie gusta que le engañen ni se rían en su cara. Pero Évole al menos fue sincero, y admitió a final de obra, que todo, o casi todo, era mentira. Una decencia que buena parte del periodismo de este país no tiene a la hora de contar mentiras mucho más peligrosas que la que vimos el pasado domingo. Que alguien saque la encuesta de cuántos españoles piensan que en Venezuela y Ucrania hay levantamientos populares sin injerencia exterior y tendrán la respuesta.

O puede que la calidez de los días que vienen, el manso crecimiento de las horas de luz y el nuevo trinar de los pájaros hayan despertado nuestro celo natural, y andemos en un marasmo de testosterona colectiva que nos hace saltar a la más mínima que entendemos que un miembro inferior pone en duda nuestra condición de líder. Mira uno al cielo y va entendiendo que algo pasa. Los días, por fortuna para quienes tenemos una profunda relación afectiva con nuestro fotoperiodo, se van haciendo notablemente más y más largos, mientras que la noche, por contra, se va arrinconando poco a poco hasta la llegada del verano. La alegría va siendo otra, las ganas de estar en la calle, en compañía de algo más que la sombra amortajada de nuestro culo en el sofá, se impone en nuestro biorritmo por obra y gracia del cielo. Quién tenga gata lo sabrá bien.

Lo cierto es que este sábado entra la primavera, la meteorológica al menos, a la otra, la astronómica, la que comienza con el equinoccio, aún le quedará unas semanas más por llegar. Mira uno su retahíla de enlaces donde otea el devenir meteorológico, y este le devuelve un tranquilo paseo hasta la primavera. Va acabando el invierno y el recuento de bajas nos devuelve una estación que ha sido sosa en cuanto a fríos siberianos, sin una sola entrada de la que los meteo-trastornados podamos dar buena cuenta. Lo interesante vino con un flujo nada común en estas tierras, que tuvo durante más de un mes activando avisos en el litoral cantábrico. Pero poco más.

Estabilidad, mansa estabilidad. La dinámica atmosférica parece que quiera acompañar en nuestros cielos el comienzo de la primavera meteorológica, y es que tras el breve episodio de lluvia que se espera para el próximo fin de semana, marzo comenzaría con el alegre regreso del anticiclón de las Azores a sus eternos dominios, devolviéndonos de paso el tiempo perdido hace ya cuatro meses.

Así que ya saben, desamortajen su gordo y acartonado culo, levántense del sofá y salgan a la calle a gastarse el dinero que no tienen en la primera barra de bar que encuentren, y sin ofender, España se lo agradecerá.

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26 de febrero de 2014 - 07:00 h