El karma no vota
Hay algo profundamente cómodo en creer que el karma se encargará de todo. Que, de alguna manera, el daño causado acabará volviéndose contra quien lo provoca sin que nadie tenga que hacer nada. Es una idea reconfortante… y completamente inútil.
Porque el karma no vota.
Mientras algunos esperan esa especie de justicia automática, en Andalucía hay gente esperando meses para una cita médica, familias atrapadas en un limbo burocrático para acceder a la dependencia y aulas donde cada recorte se traduce en menos oportunidades. Esa es la realidad. No una metáfora. No una opinión. Una realidad que tiene responsables políticos concretos.
Y esos responsables no van a desaparecer por arte de magia.
Juanma Moreno Bonilla no va a dejar la Junta porque “la vida ponga las cosas en su sitio”. No va a caer por el peso moral de sus decisiones. Si sigue gobernando, será por algo mucho más simple: porque alguien le vota… o porque demasiada gente decide no hacerlo.
Aquí es donde conviene dejar de lado las excusas.
Decir que “todos son iguales” no es una postura crítica, es una renuncia. Decir que “mi voto no sirve para nada” no es realismo, es resignación. Y la resignación, en política, siempre juega a favor de quien ya está en el poder.
Cada vez que alguien se queda en casa el día de las elecciones, está facilitando que las políticas que dice criticar continúen. Así de claro. No hay neutralidad posible cuando lo que está en juego es la sanidad pública, la educación o la atención a las personas más vulnerables.
Porque no, no es verdad que todo dé igual.
No da igual apostar por reforzar la sanidad pública o dejar que se deteriore mientras crecen los intereses privados. No da igual invertir en educación o recortar recursos. No da igual proteger a quienes dependen de lo público para vivir con dignidad o mirar hacia otro lado.
Y, sin embargo, seguimos escuchando lo del karma.
Como si bastara con indignarse en una conversación, compartir un mensaje o quejarse en redes sociales. Como si eso, por sí solo, cambiara algo. No lo hace. Nunca lo ha hecho.
Lo único que cambia gobiernos son los votos.
Votos conscientes, votos críticos, votos que entienden que no participar también tiene consecuencias. Porque cada papeleta que no se introduce en una urna es una oportunidad perdida para frenar políticas que están haciendo daño.
No se trata de épica ni de grandes discursos. Se trata de responsabilidad. De asumir que si algo no te gusta, la única forma real de cambiarlo es actuando cuando toca.
Y eso ocurre un día muy concreto: el de las elecciones.
Ese día no vota el karma. No vota la indignación acumulada. No votan los comentarios en redes. Votan las personas. O no votan.
Y entre una cosa y la otra se decide todo.
Quien de verdad quiera acabar con esta situación en Andalucía tiene que entenderlo de una vez: no basta con desear un cambio. Hay que provocarlo.
Metiendo una papeleta en la urna.
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