El Miguelato

Mucha tinta se habrá derramado ya, si es que todavía se derrama tinta, negro sobre blanco, para hablar de todo esto y de toda esta cosa.

Yo, en mi línea habitual, no quiero contar nada; porque, en el fondo, todo esto me la sopla y ahí me las den todas y a mí que me busquen, que no entiendo un pimiento.

Prefiero ser más integrado que apocalíptico, releyendo a don Umberto, que parecía eterno, y prefiero reírme, como lo hacía él.

Es verdad que es muy difícil el chavismo sin Hugo Chávez y que será complicado el castrismo sin los Castro (como fue complicado el heavy en España sin los hermanos Castro dirigiendo Barón Rojo).

Será difícil el miguelato sin don Miguel Castillejo. Se lo ha llevado. Al reino de los cielos, a las simas del infierno, a la cripta fría o la dehesa de Fuenteovejuna. No sé dónde; pero se lo ha llevado.

Y durante su presencia en Córdoba nos reímos. Porque somos más integrados que apocalípticos. Y qué él nos perdone (porque es una de sus obligaciones, fue canónigo, ni más ni menos) porque perdonar es tan bonito que se parece a olvidar, que no es lo mismo.

Fue un compañero el que, creo, acuñó el término miguelato para definir una época. Estuvo fino. Los chistes fueron cayendo por su propio peso: que si el busto de Miguel lloraba sangre cada vez que la consejera de economía, Magdalena Álvarez, hacía declaraciones (como San Genaro); que si mi cuñao se lo debía todo a él; que si los maletines volaban hacia el Vaticano; que si a un obispo fundamentalista lo convertimos en arzobispo…

Yo qué sé. No sé nada. Pero todo tiene gracia. Toda agiografía, todo obituario… todo deja una sonrisa.

Miguel ha enterrado el miguelato consigo mismo.

Yo voy a volver a ver El Padrino part III, remasterizada,

con media botella de tinto y una lata de mejillones; porque hace un día estupendo. Y es primavera.

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17 de abril de 2016 - 03:17 h
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