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Eduardo Moyano: “En política hay que recuperar el sentido moral”

FOTO: MADERO CUBERO

Redacción Cordópolis

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FOTO: MADERO CUBERO / VIDEO: VICTOR MOLINO

Empecemos por el final. “¿Nos hemos centrado demasiado en la política, tal vez, y hemos hablado poco de Córdoba?”. Eduardo Moyano (Puente Genil, Córdoba, 1953) termina la entrevista dándose cuenta de que hemos pasado de puntillas a la hora de hablar de la ciudad en la que dirige el Instituto de Estudios Sociales Avanzados de Andalucía (IESA). Pero, ¿cómo no centrarse en la política el viernes pasado? España se había levantado con una de las noticias políticas más crudas y obscenas de los últimos años, publicada por el El Mundo: el supuesto pago de sobresueldos millonarios en dinero negro a dirigentes del PP por parte de su antiguo tesorero nacional, Luis Bárcenas. Y nosotros estábamos sentados delante de un sociólogo experto. “¿Que hemos hablado poco de Córdoba? No se preocupe. Es lo que tocaba hoy”, le responden los periodistas mientras recogen los bártulos al terminar la entrevista.

Una entrevista que empezó así:

PREGUNTA. ¿Qué pasaría si el IESA hiciese hoy una encuesta sobre la valoración de la clase política?

RESPUESTA. Si se hiciese una encuesta en caliente, como sería la de hoy, tampoco creo que se produjera un incremento espectacular en los datos de desafección política. Porque lo que pasa en un contexto como el actual es que la crisis oculta datos sobre otros problemas. Cuando se hacen las encuestas del CIS -o las nuestras- y se preguntan por los principales problemas de Andalucía, el 90% se concentra en la crisis económica y el desempleo. Pero si quitáramos estos dos temas y preguntáramos, entonces el problema de la clase política saldría en un nivel muchísimo más alto. En cualquier caso, estamos ante un problema muy serio de credibilidad no solo de la clase política sino del propio sistema político en su funcionamiento.

P. ¿Es la corrupción un fenómeno sociológico en España, algo transversal?

R. Sobre ese tema siempre me gusta hacer una reflexión mucho más fría. En general, todo sistema y sociedad democrática vive con un cierto grado de desconfianza hacia la política y de aceptación de ciertas cosas negativas que ocurren en el ámbito de la política. Con lo cual, el que exista un distanciamiento y una desconfianza con respecto a ella, creo que es bueno. Además, ha ocurrido siempre en todas las democracias. El problema está en cómo conciliar la desafección y la desconfianza hacia la política de los ciudadanos con el hecho de conseguir que los responsables políticos hagan bien su trabajo, a través de una legitimidad de resultados. Porque en democracia no basta con la legitimidad del procedimiento por el que uno es elegido, sino que también cuenta la legitimidad de los resultados. Cuando, independientemente del partido que gobierne, no se están dando soluciones a esta crisis durísima que tenemos y al malestar que sufren los ciudadanos, encontramos esa pérdida de legitimidad. Es esta carencia la que hace que se rompa la coexistencia más o menos crítica de la ciudadanía con la clase política. Y entonces, emerge y asciende en el grado de preocupación de la ciudadanía cosas que habitualmente ocurren siempre en la clase política de todas las democracias. Pero el problema de España, ahora mismo, es que esa desafección hacia la política, al no estar acompañada por una legitimidad con los resultados, se ha convertido en indignación. No es una crítica que diga “esto está prácticamente descontado, los políticos son así”. Ahora la indignación se produce porque no solo los políticos son así, sino que además son incompetentes para resolver los problemas que tiene la ciudadanía. Esta es un poco mi reflexión, más allá de decir si la corrupción está más vinculada en determinados ámbitos culturales o es más innata en determinados ámbitos políticos.

La desafección hacia la política, al no estar acompañada por una legitimidad con los resultados, se ha convertido en indignación

P. Bárcenas es de Huelva. ¿El fenómeno de la corrupción entiende de meridianos o comunidades autónomas?

R. A mí me gusta huir de ese cliché. Estamos en un país, en una sociedad como la española, cada vez más abierta e interdependiente, y en la que puedes nacer en un sitio pero luego te educas en otro y viajas por todas partes. Bárcenas es de Huelva pero lo mismo podía ser de Lugo.

P. Estudió en Comillas

R. El esfuerzo que procuramos hacer desde el IESA es romper esos clichés geográficos que son bastante dañinos. Creo que la corrupción no está vinculada a una cultura determinada. Lo está a una catadura moral, a una actitud ante la vida y a una valoración ética de la misma. Hay personas que éticamente les resulta imposible no solo recibir un dinero que no sea transparente, sino que les resulta inaudito que alguien se lo plantee. Pero otros lo ven normal. Eso depende de la catadura moral de cada uno. Creo que en política hay que recuperar el sentido moral de las cosas, una valoración ética de lo que está bien y de lo que está mal. Hemos perdido ese horizonte. Y la regeneración de la vida política pasa por una regeneración moral de la ciudadanía.

P. Desde un punto de vista de la sociología y de las gráficas de datos macroeconómicos, desempleo, corrupción... ¿Empezamos a parecernos a Grecia?

R. El error que cometeríamos es achacar todos nuestros problemas a la situación de crisis económica. Eso sería un error. A mí me gusta decir que, en el caso de Andalucía en concreto tiene unos problemas crónicos que estarían presentes aunque no hubiese crisis. Después de más de 30 años de autonomía, con la cantidad de recursos que han venido a Andalucía a través de los fondos europeos y el esfuerzo tan enorme que se ha hecho -en capital productivo, en infraestructuras, en capital humano- si coges los datos de hoy y los comparas con los datos de hace 30 años, lo que sigue destacando es el desempleo…

P. Y los problemas de siempre. Estamos viendo que, de nuevo ha habido sequía en el campo, y casi hay hambre…

R. Los problemas de dependencia siguen siendo tan enormes. Y son los mismos de hace 30 años. Con una sociedad que tiene mejores infraestructuras, viviendas y comunicaciones pero los problemas de fondo son los mismos. Los índices de paro de hoy son por la crisis económica, pero cuando no había, estábamos a la cola también de los índices de actividad en España. Tenemos unos problemas crónicos que no acabamos de resolver y haríamos mal en achacárselos a la crisis.

 Las dependencias de Andalucía son las mismas que teníamos hace 30 años

P. ¿Y qué hemos hecho mal?

R. Andalucía ha crecido económicamente, como lo han hecho otras comunidades autónomas y otras regiones europeas, siempre acompañada de una cantidad ingente de recursos procedentes de fondos estructurales europeos. La primera pregunta que tendríamos que hacernos es si hemos utilizado bien esos recursos que han llegado de Europa. Tengo serias dudas, más aun, certezas. Hay determinados sectores donde los fondos europeos no se han utilizado adecuadamente: no se han destinado a cambiar el modelo productivo de la comunidad autónoma. Eso es una realidad. Las dependencias de la comunidad autónoma son las mismas que teníamos hace 30 años. Los fondos estructurales los hemos usado para hacer muchas carreteras, los AVE y sus estaciones, pero nuestro modelo productivo sigue muy pendiente de las coyunturas. Yo, que soy estudioso del sector agroalimentario, veo que el aceite de oliva es un sector puntero en nuestra comunidad autónoma pero muy vulnerable y sujeto a la volatilidad de los precios, sus problemas con la gran distribución… Y resulta que ahora el sector se echa a temblar a pesar de la cantidad ingente de recursos que se han invertido en él. Eso es porque algo se ha hecho mal. Tenemos las mejores almazaras del mundo pero no un sector del aceite de oliva lo suficientemente competitivo como para decir que somos los primeros. Somos muy frágiles.

La regeneración de la vida política pasa por una regeneración moral de la ciudadanía

P. En estos 30 años siempre ha gobernado un solo partido. En Grecia –un país que también recibió una lluvia de fondos europeos y donde tampoco supieron cambiar su modelo productivo- la crisis ha provocado un giro radical en política. Los partidos tradicionales han saltado por los aires y la intención de voto se ha atomizado espectacularmente. Pero en Andalucía no ha ocurrido nada parecido. Tenemos dos partidos de centro izquierda e izquierdas, el PSOE e IU, y uno de derechas, el PP, fuertes y asentados. Pero no han entrado nuevos partidos en el Parlamento en las últimas elecciones.

R. Lo que tiene Andalucía en estos momentos es una estabilidad política que no tiene Grecia. Pero esta estabilidad política, ¿es un valor o un problema? Yo creo que en un sistema democrático, la estabilidad es un valor. Pero si no se sabe aprovechar para colocar a nuestra comunidad en el mejor lugar para defenderse y hacer frente a los retos del futuro estamos desaprovechando la oportunidad. También es cierto que un periodo de continuidad política tan larga como la que ha habido en Andalucía en los últimos 30 años genera un problema de dinamismo político. No se produce una renovación de élites lo suficientemente fresca, intensa y rápida como sería necesario. Porque lo bueno de las democracias es la alternancia y, sin cuestionar la legitimidad del gobierno del PSOE durante todo este tiempo, es evidente que la continuidad legítima la ha impedido. Y toda alternancia es buena en democracia porque supone cambios de élites políticas y llegada de nuevas personas a cargos públicos. Además, las verdaderas catarsis y renovaciones de los partidos se producen cuando se pierden elecciones y yo creo que en Andalucía la continuidad política está retrasando la inevitable renovación que se va a producir en el partido. Va a ser muy difícil que se produzca mientras se está gobernando.

P. Siguiendo con Grecia, el periodo de crisis ha visto renacer el populismo. En Córdoba lo hemos conocido bien y el último ejemplo es el de Unión Cordobesa. En su opinión, ¿este partido pertenece más a un rescoldo de formaciones como el GIL de los 90 o es todo un aviso a navegantes de lo que puede venirnos, como a los griegos?

R. Me inclino más por la primera apreciación. Cuando se produjo la sorpresa del Rafael Gómez le auguré un recorrido muy corto. Son partidos que, o gobiernan y tocan el poder, o se pierden. No son partidos para ejercer una oposición. En el caso del populsimo cordobés, creo que es muy residual, acotado al fenómeno de Gómez y en el modelo de Jesús Gil. Muy diferente a modelos como el griego que está afectado por una descomposición política mucho más seria y grave que España. Aquí no ha ocurrido todavía y espero que no se produzca, porque sería un abismo.

En Andalucía la continuidad política está retrasando la inevitable renovación que se va a producir en el PSOE. Va a ser muy difícil que se produzca mientras se está gobernando.

P. ¿No hay nada en las encuestas que señale esa fragmentación del voto?

R. No, las encuestas no lo están indicando todavía. La última del IESA indica un índice de participación alto si hubiese elecciones y la desafección política no se traslada a lo electoral. El destino del voto sigue siendo a los partidos tradicionales y, en el caso de Andalucía, se repetía el apoyo a la coalición, aumentando el de IU. Aunque la ciudadanía sea crítica hacia el gobierno de coalición de la Junta, si se produjesen hoy las elecciones la coalición sería más cómoda para ellos. Así que no se da todavía esa fragmentación, pero el riesgo existe.

P. Sorprende que en el resto de España el PSOE se haya desplomado y que en Andalucía, que es la única en la que ha gobernado durante tantos años, siga teniendo una fuerza muy importante. ¿Andalucía es una aldea gala?

R. Eso le gusta decirlo mucho a mi compañero y amigo Manuel Pérez Yruela [anterior director del IESA]. Afirma que aquí hay un capital y un poso afectivo y sentimental hacia la izquierda que todavía es sólido. En parte, le doy la razón porque se ha demostrado. Pero también es verdad que las últimas elecciones no las ganó la izquierda. Y es más, el PP no gana las elecciones por mayoría absoluta a causa del poso afectivo de la izquierda, sino porque en los tres primeros meses de Gobierno entró a saco en la reforma laboral y se puso a tomar una serie de medidas que provocó una desafección enorme en Andalucía, incluso en los votantes del PP. Si el Partido Popular no hubiera entrado directo en los tres primeros meses de Rajoy, estoy seguro de que Arenas hubiese ganado, porque era lo que estaban dando los datos en el mes de octubre.

P. Ha pasado un año de gobierno del PP y parece que los frentes se le han abierto en todos los sectores. Por su experiencia como sociólogo, ¿puede un partido enfrentarse a unas elecciones generales con aspiraciones con este clima social y político?

R. Las encuestas indican una bajada importante del PP pero el PSOE no sube. Es más, está casi en el mismo nivel de las últimas generales. Incluso en Andalucía, el PSOE no sube, porque quien lo hace es IU. En cuanto al Gobierno del PP, para que un partido o un gobierno se desplome, se necesita que, o bien el partido que apoya al Ejecutivo se rompa o que la ciudadanía perciba que hay una alternativa. En la anterior legislatura, la ciudadanía percibía la alternativa del PP. Ahora ¿qué ocurre? El PP hace frente a una crisis terrible que, a pesar de que prometieron que la resolverían, no lo están haciendo. Pero el partido –todavía- no ha entrado en crisis. Aunque vamos a ver qué pasa a partir de lo de Bárcenas y cómo se desarrolla eso… Porque hay distintas sensibilidades, no hacía falta nada más que ver las caras de la portavoz del Gobierno Soraya Sáez de Santamaría, y de la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal.

P. Y Esperanza Aguirre.

R. Si el PP es capaz de mantenerse unido, cosa que es difícil con la que está cayendo y con una situación económica tan dura, sería un factor a tener en cuenta. ¿Pero qué pasa con el otro, el de la alternativa? Hoy la ciudadanía no percibe que el PSOE sea una alternativa de Gobierno. Ese es el reto que tienen los socialistas: trasladar que son alternativa. Pero, hoy por hoy, no lo son porque no han abierto el proceso de renovación ni un congreso ni nada. Lo están aplazando y el tiempo no va a jugar muy a favor del PSOE.

Hoy la ciudadanía no percibe que el PSOE sea una alternativa de Gobierno. Ese es el reto que tienen los socialistas

P. Mientras se genera o no una alternativa política socialista y mientras se rompe o no el PP, la gente va a seguir saliendo a la calle. Hay economistas e historiadores que dicen que el ciclo de las revueltas decimonónicas clásicas ha terminado y que la forma de cambiar las cosas va a ser otra. ¿Cómo es su visión de sociólogo acerca de las protestas?

R. La paradoja que se da en la sociología del conflicto es que las revueltas populares no siempre surgen en situaciones de penuria. Las revueltas campesinas se suelen producir en época de buenas cosechas. En situaciones de penuria y dificultad, la gente se piensa mucho la movilización. Por otro lado, el gran riesgo que tienen ahora los sindicatos es banalizar la huelga general. Una huelga que cada vez es más difícil que sea secundada, porque la gente está mal. Pero es que además, en una sociedad como la actual, una huelga general no paraliza a un país. Hay que inventar nuevas estrategias de movilización que pasarían por reinventar las estrategias tradicionales. Estrategias que tal vez no pasan tanto por las huelgas sino por las manifestaciones. En la última huelga general tuvo más éxito la manifestación que la huelga porque en la primera el coste es cero para el trabajador.

El gran riesgo que tienen ahora los sindicatos es banalizar la huelga general

Paralelamente, hay otro ámbito de estudio en Internet y las redes sociales. Son todo un mundo donde hay constantemente una articulación de la protesta muy distinta, con sus propias claves y simbología. Ahí bulle otra sociedad civil pero el problema es ver si esos dos ámbitos de la sociedad civil van a establecer algún tipo de convergencia o no. Por el momento parece que van por caminos separados.

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