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El fútbol es un gesto

Markovic, eufórico tras el gol | MADERO CUBERO

Rafael Ávalos

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La luna corona el cielo. La noche es tranquila y amable. Anticipa una primavera que en el césped quizá está por llegar también. Son las ocho y cuarto. El estadio comienza a presentar mejor aspecto. Aunque la imagen definitiva dista de la que fuera no mucho tiempo atrás. La entrada se encuentra entre las menores de la temporada. Pero poco importa. Quienes sí acuden están dispuestos a dar el aliento necesario a su equipo, un Córdoba que consigue cambiar el semblante después de un trago amargo. El cuadro califal cierra el sábado con un brillo especial en los ojos. Como el que muestra un niño minutos antes de su duelo con el Zaragoza. El pequeño sonríe allá en la grada. Junto a él, su padre comparte la felicidad de su rostro. Es reflejo de la ilusión, que perdura a pesar de los golpes. Unos cuantos asientos más allá, un señor entrado en años tiene la mirada perdida en un horizonte no muy lejano. Observa cuanto sucede en el terreno de juego. De repente, la poesía de Manuel Ruiz Queco hecha himno cobra fuerza con diez mil voces al unísono. No son pocos los que alzan sus banderas. El fútbol, como la vida, es un gesto. Uno cualquiera que siempre es significativo.

El Córdoba logra dominar el partido, si bien éste transcurre de manera poco atractiva. Eso sí, hay alguna que otra ocasión de gol. No las mejores sino las únicas las tiene el cuadro califal. Un muchacho mueve los brazos y baja la cabeza. Lamenta una de las oportunidades perdidas. Casi sin esperarlo, el Zaragoza encuentra el gol. Ése que por momentos pareciera no buscar. La fortuna es así de caprichosa. Ángel clava una daga en el corazón de los aficionados blanquiverdes. Y una mujer, sentada junto a su hija, clama en silencio. Frunce el ceño y tuerce los labios. Es reflejo del desconcierto. Quizá fuera ésa la mueca cercana a la tristeza que mostraran en ese instante todos y cada uno de los seguidores en El Arcángel. Pero cuentan que la esperanza es lo último que se pierde. Es cierto. El niño vuelve a sonreír. Su padre bromea y responde con agrado. La noche no es tan oscura. Existe luz. Porque el fútbol, como la vida, es un gesto.

La realidad puede ser descrita simplemente con una actitud, con un comportamiento, con un movimiento. Las palabras a veces sobran y una imagen vale más que mil. Eso es lo que dicen también. En el minuto 54, el gesto es unánime. Por tercer encuentro consecutivo en El Arcángel. De repente, una ola de pañuelos se levanta en el mar de la grada. La afición, que mantiene su fidelidad y compromiso con el equipo, sigue en rebeldía contra la propiedad y el Consejo de Administración del Córdoba. Mientras, los de Carrión buscan el empate. Y los cánticos pierden intensidad ligeramente. Tras una nueva ocasión perdida, la tonadilla se divide en dos. Unos gritan “González, vete ya” y otros “directiva dimisión”. Son mensajes distintos en la forma pero idénticos en el fondo. Un hombre se levanta y también repite la frase. La relación entre la hinchada y el club está en un punto de no retorno. Es lo que parece al menos. De nuevo, el fútbol, como la vida, es un gesto.

Un gesto que puede ser más simpático o menos agradable. Un gesto que puede tener efecto positivo o por el contrario generar una respuesta negativa. Un gesto que puede resultar acertado o plenamente equivocado. La insistencia tiene premio y el Córdoba logra el empate. Marca Rodri, que minutos antes fallara una ocasión clarísima. Y en un segundo decide apostar por la peor opción a la hora de expresarse. Primero se lleva una mano a una oreja, después repite con la otra. Es la imagen del error después de que la afición le dedicara unos silbidos tras marrar esa oportunidad. Una vez anota, elige mal. El cordobesismo modifica su reacción y dedica otro concierto de pitos, lo cual resulta lógico. El soriano acaba con una disculpa tras el partido. Le honra y se le acepta, pero mejor hubiera sido no tener que pedir perdón. Poco importa cuando en un instante el éxtasis inunda El Arcángel. Aparece Sasa. Aparece Markovic. Gol. Si un día te quita, otro te da. Como la existencia es este deporte. El serbio regala un triunfo a su equipo pero sobre todo a su hinchada. Se quita la camiseta, se señala la pierna que le mantuviera fuera de los terrenos de juego tanto tiempo. En la grada todos saltan. Hay abrazos. Hay sonrisas. Hay felicidad. Porque el fútbol, como la vida misma, es un gesto.

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