Sin tiempo ni fronteras

Procesión extraordinaria del Santísimo Cristo de Gracia | ÁLEX GALLEGOS

El horizonte es tan extenso como la historia. El relato tiene un principio pero, nada más lejos de la realidad, un final. Éste jamás va a ser escrito, ni siquiera pensado. Es, y va a ser en el mañana, tan amplio como los brazos abiertos del Señor. Muerto en la Cruz, vive siempre. No sólo tras su Resurrección, sino en el corazón de quien sigue su paso por la ciudad. Como si un Jueves Santo fuera, pero de un modo distinto. La elegancia la mantiene, al igual que su capacidad para imponer. Sobrecoge como el primero de sus días, como va a hacer hasta el último que cualquiera pueda imaginar. El propio, no el del Crucificado que atravesara el ancho mar. Cuatro siglos hace ya de aquel viaje a la inversa de conquistadores y buscadores de fortuna. Cuatro centurias son los que cumple desde su llegada al lugar que le cobija y al que abraza. Y viceversa. Porque cuatrocientos años son los que, bajo su luna, Córdoba mira en silencio al Santísimo Cristo de Gracia.

Sin tiempo ni fronteras permanece el Esparraguero, así llamado por el pueblo que muy atrás comenzó a profesarle devoción. Su nombre popular es signo, sólo uno más, del arraigo entre las gentes de una ciudad que este sábado lo volvió a demostrar. Éste era el día elegido, el esperado. La hermandad a la que da título aguardaba para culminar un año de celebraciones con motivo de la llegada del Crucificado a Córdoba. Ocurrió en 1618, y un 4 de febrero cruzó las puertas de Santa María de Gracia y San Eulogio. Trinitario templo como lo es su corporación, que conmemoró sin alardes pero de forma brillante el cuarto centenario de Gracia en el Alpargate. El cenit había de producirse, y cierto es que se produjo, con la salida extraordinaria del Cristo de tez morena y figura elevada, de conmovedora estampa.

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La cita con la imagen para los cofrades cordobeses tuvo su comienzo en la Mezquita Catedral, donde precisamente su deán-presidente, Manuel Pérez Moya, celebró una especial eucaristía. Todo era diferente, por mucho que las calles presentaran imagen de Jueves Santo. Fue en torno a las 20:45 cuando el Cristo de Gracia cruzó la llamada segunda puerta para aparecer en un Patio de los Naranjos abarrotado, como también lo estuvieron todos y cada uno de los puntos que recorrió una amplísima comitiva. Era abierta ésta por los más pequeños y jóvenes y contó con presencia de otras cofradías de la ciudad, como el Prendimiento, la Caridad o el Rescatado -como no podía ser de otra manera-. En el recinto abierto del primer templo de la diócesis el embrujo creció con el sonido de la adaptación de Gabriel’s Oboe, pieza que puso y pone música a la memorable película La misión.

Tras este estreno, que no fue el único, avanzó con parsimonia el Cristo de Gracia, que no dejó atrás las orillas de la Mezquita Catedral hasta casi una hora después. Quería su hermandad disfrutar de cada instante, como el que regaló la cuadrilla dirigida por Luis Miguel Carrión Curro en la revirá de Cardenal Herrero con Magistral González Francés. La Agrupación Musical Santísimo Cristo de Gracia, con la maestría de sobra conocida y mostrada una vez más en esta ocasión, interpretó entonces La Cruz del Nuevo Mundo. Es ésta otra nueva marcha para un repertorio ya rico y que tiene en su título el recuerdo de aquellos días de 1618, cuando de aquel Nuevo Mundo arribó el Señor de faz indiana. De las Américas a Córdoba, brazos abiertos y luz en las heridas y los ojos apagados. La luna le acompañaba este sábado, como también centenares -o millares- de cordobeses.

Paso calmo y elegante, venció el Cristo de Gracia la estrechez de Cardenal González para buscar la calle en la que los naranjos forman filas de antorchas verdes. Para esta ocasión quiso su hermandad que marchara en soledad -falsa dado el calor humano que recibió- sobre su paso. En una posición más central, Él era el único protagonista de la noche en la que los límites de nuevo desaparecieron. Cada chicotá era un motivo de emoción para el espectador. No fueron pocas las lágrimas que quisieron brotar, en casos contenidas y en otros incontenibles. El Esparraguero fue testigo tanto como su ciudad del triunfo de los sentimientos, de la raigambre imperturbable de una Córdoba cofrade que no desperdició la oportunidad de asistir a un trayecto para la posteridad.

Y sucedió hasta entrada la madrugada, cuando de repente algún que otro quejío sincero y desgarrador llovió como la saeta que atraviesa el pecho. Allí en su plaza, entre sus vecinos, en el Alpargate. Allí donde hace cuatro siglos le recibieron desde la mexicana ciudad de Puebla de los Ángeles -hoy Puebla de Zaragoza-. Como entonces, ahora y al igual que en los días que han de venir, derramó su sereno amparo. Sin tiempo ni fronteras, como siempre fue y va a ser.

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