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El investigador alemán que lleva 20 años sondeando en busca de los restos arqueológicos de Córdoba

Cornelius Meyer, en la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba

Juan Velasco

17 de octubre de 2026 20:03 h

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Desde hace dos décadas, un investigador berlinés recorre Córdoba en busca de las huellas de las ciudades que se esconden bajo la actual urbe. Cornelius Meyer es geofísico especializado en prospección arqueológica y uno de esos profesionales que trabajan con herramientas capaces de revelar lo que el ojo no puede ver a simple vista. Y eso que, como decía hace poco un famoso arqueólogo, en Córdoba no hay sorpresas, puesto que casi todo el mundo sabe qué si uno hinca una pala, puede desenterrar un tesoro histórico.

A pesar de ello, o más bien debido a eso mismo, los equipos de Meyer han rastreado terrenos en los que después se han construido barrios enteros, espacios del centro histórico y yacimientos arqueológicos. En las imágenes que obtiene, las anomalías del subsuelo se convierten en posibles muros, calles, viviendas, pozos o necrópolis. La arqueología empieza, en su caso, mucho antes de que entre en acción la pala. Sirve como un mapa en el que rastrear o precisamente para indicar donde es mejor no desenterrar un solo metro de terreno.

Meyer llegó a España a comienzos de este siglo, tiempo después de terminar sus estudios en Alemania y de pasar por México a mediados de los años 90 para seguir formándose y trabajar en prospecciones. Sus primeros proyectos españoles estuvieron vinculados al Instituto Arqueológico Alemán y a sus trabajos en yacimientos de Huelva y Sevilla. Fue a través de los contactos con la Gerencia Municipal de Urbanismo de Córdoba y la Universidad de Córdoba, como comenzó a trabajar en los grandes planes parciales del oeste de la ciudad, que entonces eran un dibujo en un plan general de ordenación, y hoy son ya barrios enteros con centenares de viviendas. Era alrededor de 2003 o 2004. Desde entonces, su relación con Córdoba no se ha interrumpido.

Todo esto lo cuenta Meyer tomándose un café y liando un cigarro en la facultad de Filosofía y Letras, donde ha intervenido en un congreso de arqueología. Era la primera vez que mostraba abiertamente la magnitud de sus prospecciones. Una ventana a dos décadas de rastreo tanto en la periferia como en el cogollo de una ciudad milenaria. Poco después, charlaba con Cordópolis en la que es su primera entrevista a un medio local.

Al alba

A las seis de la mañana, cuando todavía no aprieta el calor, Cornelius Meyer suele empezar a rastrear el subsuelo de Córdoba. Es el momento de sacar los equipos y recorrer el terreno en busca de señales que a simple vista no existen: los muros de una casa desaparecida, una calle sepultada o los restos de un barrio entero. Horas después, con el sol ya en lo alto y el termómetro acercándose a los 40 grados, las mediciones empiezan a dibujar una ciudad invisible bajo la que habitamos. “Es el encanto de este trabajo: en poco tiempo tienes la impresión de que puedes investigar muchas cosas a la vez”, explica este geofísico alemán sobre dos décadas de trabajo “muy interesantes”.

Explica que, en estos años, ha logrado acumular muchas experiencias y aprender muchas lecciones sobre cómo acercarnos a las preguntas de la historia. Y no solo en Córdoba, que es una ciudad que conoce bien, pero que no monopoliza su labor: su trabajo como geofísico autónomo, con más de 300 proyectos en más de 30 países, lo ha llevado por buena parte del Mediterráneo y Oriente Próximo.

No se puede conservar toda la historia tal y como está, y tampoco siempre tiene sentido hacerlo. Necesitamos espacio para vivir

Eso sí, reconoce que la ciudad andaluza es especial para él. No solo por los amigos que tiene, tras décadas de trabajo, sino porque le ofrece, además, un campo de investigación especialmente complejo. Su historia milenaria ha dejado sucesivas capas de ocupación, construcciones y transformaciones que se superponen unas a otras. A ello se suma la presencia de infraestructuras modernas, tuberías, cables y zanjas que interfieren en las mediciones. “Hay condiciones muy variables y, como Córdoba tiene una historia tan importante, hay muchos estratos para investigar. Eso complica un poco el trabajo, pero lo hace apasionante”, resume sobre una ciudad que, confiesa, le encanta tal y como está en el presente.

Los barrios que siguen bajo tierra

Una ciudad que ha crecido allí donde Meyer comenzó a rastrear. Porque uno de los grandes campos de trabajo de Meyer ha sido Poniente. Cuando comenzó a prospectar esta zona, hace dos décadas, buena parte de los terrenos que hoy están ocupados por edificios todavía esperaba su desarrollo urbanístico. Todo ello en una zona que, históricamente, había acogido los arrabales occidentales de la Córdoba andalusí. Un periodo que, aunque no estaba visible, habita bajo el subsuelo: las huellas de las casas, sus cimientos y la organización de barrios que habían desaparecido de la superficie.

Prospecciones de Meyer en Poniente.

“Las casas no se conservan, pero las plantas y los cimientos todavía están”, explica sobre los trabajos en una zona en la que sus prospecciones -que no eran entonces algo tan conocido como ahora- permitieron identificar trazados urbanos completos y reconocer estructuras que después podían ser investigadas mediante excavaciones arqueológicas. En algunos casos, las imágenes ofrecían un nivel de detalle extraordinario: calles, barrios e incluso edificios individuales.

Ese fue uno de los aspectos que más le sorprendió durante los primeros años. En el ámbito del plan parcial O-7, la prospección permitió dibujar con claridad las estructuras de los arrabales y las necrópolis islámicas que permanecían enterradas. “Nos sorprendió bastante que todo apareciera con tanta claridad en las imágenes. Los arqueólogos que excavaban después podían seguir los datos para encontrar las estructuras interesantes”, recuerda.

La experiencia también le permitió comprobar hasta qué punto las mediciones geofísicas podían anticipar lo que aparecería en una excavación. En el plan parcial PAU-1, en el norte de la ciudad, identificó a comienzos de siglo una construcción que se interpretó inicialmente como parte de una almunia califal vinculada a la zona de la Arruzafa. Más de veinte años después, este mismo año, una excavación arqueológica volvió sobre aquellas estructuras y confirmó una coincidencia muy notable entre las mediciones magnéticas y los restos encontrados. Se buscaba mítico el palacio de Abderramán, al Rusafa.

Excavación que busca restos de Al Rusafa, el palacio de Abderramán

La interpretación histórica, sin embargo, continúa abierta. El arqueólogo es cauto y dice que la hipótesis inicial sobre la función y la cronología del edificio necesita revisarse, ya que todavía no está claro cuándo se construyó ni cuál fue exactamente su uso. Para Meyer, el caso ilustra tanto la capacidad de estas técnicas para localizar estructuras como sus límites: detectar un edificio enterrado no equivale a saber quién lo levantó, cuándo lo hizo o para qué servía.

A su juicio, el oeste de Córdoba sigue guardando otros puntos de interés. Alrededor de la antigua fábrica de Hitachi, por ejemplo, hay terrenos con restos arqueológicos pendientes de investigación. Sin embargo, aclara que la contaminación electromagnética y las interferencias de las instalaciones industriales complican el trabajo, pero no agotan las posibilidades de estudio. “Todavía queda mucho por investigar en esa zona”, advierte.

De Poniente a la Mezquita y el Alcázar

Con el paso de los años, los avances tecnológicos han permitido a Meyer ampliar su actividad a espacios más reducidos y complejos del centro histórico. Sus equipos actuales son más eficaces y precisos, lo que abre nuevas posibilidades en lugares donde las condiciones de trabajo son especialmente difíciles. El año pasado, su equipo prospectó las superficies accesibles de la zona del Alcázar Viejo, incluidos el patio de la antigua biblioteca y el entorno del Campo Santo de los Mártires. La variedad de estructuras y sedimentos, junto a las intervenciones modernas y las huellas de épocas anteriores, convirtió el trabajo en un ejercicio de interpretación especialmente delicado.

En general, toda la zona del Alcázar y los alrededores de la Mezquita son una zona compleja. En sus primeros niveles aparecen cables, tuberías y zanjas de instalaciones contemporáneas que dificultan la lectura del subsuelo. Sin embargo, en las zonas menos alteradas, como el patio de la biblioteca, las mediciones permiten identificar estructuras que deberán ponerse en relación con los restos ya conocidos por excavaciones anteriores.

Meyer insiste en que todavía es pronto para extraer conclusiones definitivas. Los datos están procesados, pero la interpretación exige contrastarlos con la información arqueológica y discutirlos con los especialistas que conocen el terreno. De hecho, avanza que, junto a Félix Arnold, del Instituto Arqueológico Alemán, prepara una publicación sobre los trabajos realizados en el Alcázar Viejo, prevista para la próxima primavera.

“Estamos todavía al principio de la explicación y de la interpretación de lo que hay allí”, señala. Esa cautela forma parte de su método: la prospección geofísica no sustituye a la excavación, sino que proporciona información para orientar las preguntas y ayudar a comprender mejor lo que se encuentra bajo tierra.

El equipo con el que trabaja Cornelius Meyer.

La misma precaución aplica a otros espacios de la ciudad, como los terrenos próximos al Colegio Mayor Séneca donde se ha planteado un proyecto de un camping, que ya ha encontrado los primeros detractores. Meyer se mantiene al margen y se limita a contar su trabajo en una zona donde, hipotéticamente, podría haber estado el primer asentamiento de la ciudad. En una superficie relativamente pequeña, las mediciones han detectado posibles restos de distintas épocas, aunque la presencia de vallados, tuberías y otras infraestructuras modernas dificulta su lectura. Determinar si corresponden a la Córdoba prerromana, romana o a fases posteriores requiere la intervención de los arqueólogos.

“No podemos datar directamente las estructuras con la prospección geofísica”, aclara. La cronología debe establecerse a partir del contexto arqueológico, la identificación de diferentes estratos y, cuando resulta útil, la profundidad a la que aparecen los restos. Para ello emplea distintas técnicas, entre ellas el georradar y la prospección magnética, cuya eficacia depende de las características del terreno. En los suelos fluviales, como es el caso de esta zona, el georradar presenta más limitaciones que en el suelo antropogénico del centro histórico, formado por metros de sedimentos acumulados como consecuencia de la actividad humana.

Documentar lo que no siempre se conserva

Una de las cuestiones que acompañan al trabajo de Meyer es el destino de los restos que se localizan en terrenos destinados a la construcción. En los grandes desarrollos urbanísticos, las prospecciones pueden revelar barrios históricos enteros sin que eso implique necesariamente que vayan a conservarse físicamente. Para el investigador, esta situación no es exclusiva de Córdoba. El suelo es un recurso limitado y las ciudades necesitan espacio para crecer. No resulta posible preservar todos los vestigios de todas las épocas, aunque sí es importante documentarlos con el mayor detalle posible.

“No se puede conservar toda la historia tal y como está, y tampoco siempre tiene sentido hacerlo. Necesitamos espacio para vivir. Lo importante es documentar todo lo que se pueda para que las generaciones que vienen tengan una idea de su historia”, sostiene el investigador.

Área del Alcázar de Córdoba que ha georrastreado Cornelius Meyer.

Su trabajo se desarrolla precisamente en ese punto de encuentro entre la investigación arqueológica y la transformación urbana. Meyer colabora con la Gerencia Municipal de Urbanismo, empresas especializadas en excavaciones y las administraciones responsables de la protección del patrimonio. Los resultados se comparten con los equipos que continúan la investigación y pueden servir de base para futuras publicaciones científicas.

La decisión sobre qué se conserva, qué se excava y qué acaba desapareciendo bajo una nueva construcción queda fuera de sus competencias. “Nosotros somos investigadores, no urbanistas ni economistas. Estoy contento si podemos identificar y documentar las cosas, pero decidir cómo se preservan o cómo se presentan al público no está en nuestras manos”, aclara.

Esa distancia respecto a las decisiones urbanísticas no significa que el investigador haya perdido la capacidad de sorprenderse ante lo que aparece en sus mediciones. Uno de sus recuerdos más significativos es, precisamente, la confirmación arqueológica de aquellas estructuras detectadas en el norte de Córdoba hace más de dos décadas y que este mismo año se han excavado en busca de al Rusafa. Ver que las formas registradas por los instrumentos coincidían con los restos excavados después fue una experiencia especialmente reveladora.

También le ha llamado la atención la extensión que llegó a alcanzar la Córdoba medieval, que en determinados momentos superó la superficie de la ciudad actual. Los arrabales y los espacios de ocupación histórica desbordan el perímetro que hoy asociamos al casco urbano y obligan a pensar Córdoba como una ciudad mucho más extensa y compleja de lo que sugieren sus monumentos visibles.

Una especialidad minoritaria y una ciudad a la que volver

La trayectoria de Meyer tiene otra particularidad: la continuidad. La prospección geofísica aplicada a la arqueología es una especialidad minoritaria, incluso dentro de la geofísica. En Europa, calcula, apenas unos cientos de profesionales trabajan en este ámbito, repartidos entre distintos territorios y periodos históricos. Otros equipos han investigado Córdoba, incluidos grupos universitarios y especialistas llegados de Inglaterra, Polonia o Alemania. Meyer no es el único que ha explorado su subsuelo, pero sí uno de los profesionales que han mantenido una presencia más constante durante las últimas dos décadas.

Su base continúa en Berlín, donde trabaja como geofísico autónomo y profesor invitado de prospección arqueológica en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Berlín (HTW). Su actividad internacional lo lleva de un proyecto a otro, pero Córdoba sigue siendo un lugar al que regresar cuando recibe un encargo.

Cornelius Meyer

Cuando llegó por primera vez, sabía que se encontraba ante una ciudad de gran importancia histórica, aunque todavía desconocía las condiciones concretas que iba a encontrar bajo sus calles. Su comparación más cercana era Colonia, otra ciudad, en esta caso alemana, con un pasado romano y varios metros de estratos históricos acumulados. Córdoba no era una excepción arqueológica en términos absolutos, pero la riqueza y la diversidad de sus ocupaciones le ofrecían un campo de trabajo especialmente atractivo.

Y también estaba la ciudad que se encuentra por encima del subsuelo: sus calles, sus amigos y el tiempo que ha ido pasando aquí. Meyer habla de Córdoba con la familiaridad de quien ha regresado durante veinte años y ha terminado incorporándola a su propia geografía personal. Después de tantas campañas, su conclusión es tan sencilla como contundente. En Córdoba, la historia no está únicamente en la Mezquita-Catedral, el Alcázar o los grandes monumentos. También permanece bajo los barrios modernos, en los terrenos que todavía no se han urbanizado y en los solares donde apenas hay señales visibles del pasado.

“Podríamos empezar aquí mismo y encontrar algo”, dice, mirando a su alrededor, en el patio de una facultad que casi desconocía y en el que, cuando el periodista se marcha, agota su cigarro de liar antes de marcharse.

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