El Prestige: una mancha negra en la memoria de los voluntarios cordobeses

Foto de Rosauro Varo (segundo por la izquierda) de los días que pasó limpiando chapapote en Muxía

Rosauro Varo tiene una fotografía en el baño de su apartamento de Manhiça (Mozambique) a la que no suele prestar atención. En ella se le ve a él sonriente junto a otras 3 personas, todas con las manos entrelazadas y un mar de fondo. Todo normal, excepto porque llevan un traje sellado, portan mascarillas y están rocíados de fuel negro. Es una foto pintoresca que, por algún motivo que ahora mismo desconoce, ha portado desde Córdoba hasta Mozambique. A veces ocurre eso con las fotos. Están ahí, y sólo reclaman su protagonismo cuando alguien pregunta por ellas. Como este lunes, que se cumplen 15 años de la tragedia medioambiental que motivó la foto.

Varo fue uno de los cientos de voluntarios cordobeses que, entre noviembre de 2002 y hasta bien entrado 2003, acudieron a las costas gallegas a limpiarlas de los “hilitos solidificados” con “aspecto de plastilina” -Mariano Rajoy 'dixit'- que emergieron de un barco a medio hundir llamado Prestige, en la que sigue siendo la catástrofe medioambiental más sonada de la historia reciente de España. La misma que generó un movimiento propio, aquel Nunca Mais que parece también un recuerdo de otra época aunque siga activo.

Era otra España a la que llegaron aquellas manchas de crudo. También para los voluntarios cordobeses. Han pasado 15 años. “Creo que fuimos el puente de diciembre de aquel año. En un autobús de la UCO”, hace memoria Rosauro, que, paradójicamente, sólo tiene buenos recuerdos de la experiencia. Él iba acompañado de dos amigos y acabaron en la zona de Muxía, un pequeño pueblo de pescadores en la comarca de Finisterre donde fueron “muy bien acogidos” tanto por la población local como por los equipos que gestionaban el trabajo de los voluntarios.

Las versiones sobre la eficacia siempre varían en casos de este tipo en función de la experiencia personal, y la gestión del Prestige no fue distinta. Para Rosauro Varo todo estaba bien organizado y su experiencia está marcada por “un sentimiento de comunión y solidaridad fuerte, a pesar de la mierda y el drama que era aquello”. Acostumbrado a lidiar con la tragedia humanitaria, puesto que es médico cooperante y ha viajado por varios países del tercer mundo, para este cordobés aquello consistió en “limpiar y volver” a casa. Incluso ahora dice que, de algún modo, cuando volvió por Muxía años después, le dio la impresión de que el pueblo estaba “demasiado bien” y de que “parece que, de alguna manera que inexplicable, lo del Prestige le hubiera incluso beneficiado”.

Y es que Varo sí que quedó muy impresionado al percibir que “aquello era mucho más desastroso de lo que se veía por televisión”. “Se irritaban los ojos, llorabas muchísimo, el olor era… Desde el sofá uno no puede percibir el auténtico impacto. Hasta que no lo tocas con las manos, no eres consciente”, rememora.

Los trajes de astronauta y las primeras sospechas sobre la gestión política

Para Javier Larios, otro cordobés que viajó a la zona, en su caso a Elvira, en la Costa do Morte, al impacto natural se unió una cierta decepción con cómo estaba organizado el voluntariado. “El nivel de efectividad del dispositivo nos dejó un poco defraudados. Nos dimos cuenta de que estábamos trabajando en la superficie y de que en realidad aquello estaba hecho una porquería”, afirma este licenciado en Ciencias Ambientales que hoy está en paro y que en 2002, cuando ocurrió la catástrofe, estaba en segundo de carrera.

Larios se montó en un autobús, también fletado por la UCO, y se pegó sus 14 horas de viaje para llegar a la zona catastrófica. Si bien la llegada fue “espectacular”, ya empezaban entonces a arreciar las críticas a la gestión del Gobierno. “Los trajes aquellos que parecían de astronauta, ya se decía que eran un negocio vinculado a la familia de Rajoy”, rememora este cordobés. En realidad, fue el consejero de la Xunta, Xosé Cuiña, y no Rajoy el que tuvo que dimitir por hacer “negocio” con aquellos trajes, semejantes a los que usó Spielberg en ET. Otra sospecha que sobrevolaba aquellos días era que las contratas de limpieza iban a acabar en manos de “grandes empresas gallegas”, y que por eso a ellos los tenían “recogiendo sobre la arena pepitas diminutas de chapapote, lo cual era un coñazo”.

“Cuando empezamos a escarbar un poco, vimos que el chapapote estaba por debajo de la arena y hubo que desalojar la playa”, reflexiona Larios, quien, de aquella experiencia recuerda sobretodo que creó un vínculo con Galicia, una tierra de la que sigue “enamorado”, así como con dos o tres voluntarios malagueños con los que mantiene todavía hoy relación.

Larios probablemente también conocería en aquel entonces a Javier Peña, otro estudiante de Ambientales que estaba un par de cursos por delante suya y que también partió hacia Galicia. Peña estuvo en Muxía, con Rosauro Varo, y, al igual que él, tiene buenos recuerdos de cómo estaba todo organizado. Lo que más le llamó la atención en ese ámbito fue el despliegue de militares, que daba a aquella experiencia una apariencia pseudo “bélica”.

“Era como intentar limpiar la playa de arena”

También recuerda el olor. Una aroma “súper intenso que se mete muy dentro”. Y el color negro. “Algo contaminado no es tan explícito como el chapapote, que es negro y viscoso. Aparte de ser dañino, a nivel visual es la imagen de la contaminación frente a otras catástrofes contaminantes que son igual más dañinas, pero también más difusas”, especifica este licenciado en Ambientales que hoy trabaja en una empresa de base tecnológica asociada al Departamento de Zoología de la UCO.

Le pregunto por los animales y se acuerda de los más invisibles e indefensos: los moluscos. “Fíjate que a nadie se le parte el alma de ver un molusco comido de chapapote, porque los pájaros tienen cara y los moluscos no. Pero, imagínate lo que suponían entonces y ahora los moluscos para Galicia”, reflexiona Peña 15 años después. Su peor recuerdo, que “el trabajo era muy duro”. “Parecía que no se iba a acabar nunca. Era como intentar limpiar la playa de arena”.

Al final, toda la marea humana que puso su tiempo y su empeño, logró limpiar las playas gallegas. Estos días, los periódicos se llenarán de historias como las de Varo, Larios y Peña. Algunas serán incluso de amor, amistad y fraternidad; otras hablarán de la injusticia y de la poca o nula asunción de responsabilidades en aquella catástrofe; y otras hablarán del olvido.

La última historia que cuenta Peña también va de eso: a la vuelta de Muxía, él y Varo organizaron una jornada en la Facultad de Medicina de Córdoba en la que querían contar su experiencia en Galicia. Se habían preparado unos discursos y estaban dispuestos a concienciar sobre la importancia de aquel movimiento social. Habían pasado sólo unos meses desde el naufragio. Y a aquella jornada no se presentó nadie.

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