En un parque infantil...

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Esta pequeña historia en tuits la escribí un día soleado mientras mis hijos correteaban de arriba a abajo, o hacían cola para el tobogán, o compartían cubetas y palas para ensuciarse a gusto con la tierra colocada a tal efecto en el parque.

Mientras me dejaban libre sin tener que ayudarlos a subirse a algún artilugio, que por su forma quizá no tuviera ni nombre, al que aún no eran físicamente capaces de subir (o que les daba miedo, que también).

O durante las pausas entre carrera y carrera por sonar los mocos que a uno y otro proporcionaba regularmente su eterno resfriado de invierno.

O en los descansos entre ir a valorar los progresos y méritos de mi pequeña gran escaladora y los de ir a mediar en las disputas de mi pequeño por juguetes propios o ajenos.

O quizá incluso durante y por todas esas cosas.

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Siempre hay que repartir lo mejor posible el tiempo que dedicas a tus hijos, por aquello de sus envidias y celos infantiles.

Pero aquí el tiempo se lo dedicábamos a su madre. El libre, claro.

Ese tiempo tan necesario y, quizá poco valorado, tiempo que las mujeres, las madres más aún, tienen que tener, pasar y disfrutar.

Tiempo que tener con nuestra ayuda y, a ser posible, a menudo.

Pero esa es otra historia.

El caso es que me gusta observar a la gente con la que suelo coincidir en los sitios, sea o no la primera vez que la veo.

Y a veces planteo cómo serán sus vidas, o el por qué de sus circunstancias.

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Hombres. Jóvenes, maduros, ancianos, solteros, casados o viudos, al cuidado de sus hijas e hijos, sobrinas y sobrinos o nietas y nietos.

Y mujeres, claro, en las mismas escalas de longevidad o estado civil.

Y parejas. De cualquier tipo.

Pero suelo fijarme más en ellos y cómo cuidan y juegan con sus hijos.

O cómo los ignoran.

Como comparativa conmigo, pues todo el mundo tienen algo que enseñar.

Con afán de mejorar.

Con intención de no repetir lo que considero errores de otros en mí.

Con la intención también de darme cuenta de los errores que yo cometo al verlos en otros.

Por aprender.

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Y así, surgen una, o dos, o diez historias en mi cabeza.

Una por cada persona, por cada niño, por cada pareja.

Una por cada trozo de familia que comparte espacio conmigo y los míos.

Una por cada cara triste, preocupada o taciturna en que me fijo.

Pareciera que juego, sin ser un juego agradable, a adivinar historias ajenas en rostros que no suelen ser capaces de ocultar problemas, desdichas o tristezas.

Problemas, desdichas o tristezas que son las que sufren, a su modo, los niños que esas personas cuidan y crían.

Esos niños que graban a fuego en su memoria tanto lo bueno como lo malo.

Esa memoria.

Esa memoria que cuando sean adultos debería, ojalá, tener solamente cosas agradables que ofrecer como recuerdo.

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Y pienso, y quiero pensar que me equivoco y sólo es un mal día, que quizá no se paran a pensar en la suerte que tienen.

En la suerte de disfrutar de esa compañía infantil.

En la suerte de vivir las risas de su descendencia.

En la suerte que tienen de que, pese a lo que sea que les ronda la cabeza, pese a los problemas que agobien su cotidianidad, pese a todo, la vida les sonría.

Y la alegría de esos niños es la prueba.

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10 de noviembre de 2013 - 02:00 h