El hospital

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Basta la enfermedad para entender el mundo. El miedo a la muerte, tan de raíz, tan nuestro, templa las prisas. Nos sosiega. Frena el carrusel ridículo y desquiciado que es la vida. Los hospitales cubiertos de pesadumbre, de cemento triste, paredes pálidas, dibujos que acentúan el siniestro recorrido por sus pasillos. Mi madre trabaja en el Hospital Reina Sofía y, cuando me tocaba acompañarla de pequeño, me atravesaba un relámpago de nieve y un afilado miedo al futuro. Las salas de espera, como un campo de juncos rotos, las camillas en el pasillo con el rodar chirriante. Todo allí me congelaba por dentro. Mi madre me sentaba en su despacho y me daba folios y rotuladores. Yo dibujaba futbolistas y ella, a la que no le gusta el fútbol, los colgaba por las paredes como en un museo improvisado. Luego bajábamos a desayunar con sus compañeras y, entre sus escandalosas risas y su humor picarón y trasnochado, encontraba consuelo y calor, asediado por el café y el tabaco. Allí, en esa mesa de madera clara, olvidaba donde estaba. Olvidaba las historias que se agitaban dentro, las expectativas, los milagros, la muerte escurridiza y el miedo.

Tiene El Arcángel un pronto a hospital abandonado. Frío y lejano, como era Noreña, donde jugaba de niño, a los pies del viaducto, tras el campo de girasoles, cuando Córdoba era inexpugnablemente comunista y los barrios crecían unos hacia otros hasta darse la mano. Tiene nuestro campo un aroma a sala de espera, a pijamas verdes y prisas por los pasillos. Los vomitorios insultantemente grises. Y tras las derrotas, el llanto íntimo y las caras como el helado derretido, goteando hasta la tierra que rodea el estadio.

El Córdoba lleva ocho jornadas sin ganar y de los playoff de ascenso, donde con dignidad aguantó las primeras jornadas, ha caído hasta la decimocuarta plaza. El Córdoba se ha convertido en un equipo vulgar, azotado por las bajas, con un banquillo esquelético y con un entrenador superado por el deambular errático de un conjunto enfermo. Nada invita a la ilusión. Carlos González abdica en su hijo y abandona la presidencia. Acaba el reinado del reparto de dividendos, de los mercados asépticos, de una temporada en Primera que dolió como sólo duele la Segunda B. Deivid, quizá el jugador más importante del equipo, estará fuera unos meses. Rodri nos recuerda que ya no tenemos a Florin. La sonrisa es de piedra y la grada nos engulle.

La vida es un compromiso con el futuro. Una lucha a dentelladas contra el paso del tiempo. En nuestras pasiones y esperanzas, en nuestras frustraciones y caídas. Todo está por venir. Bajar los brazos es darle la razón a los relojes. Este viernes tengo que ir al hospital, por motivos que hoy no confesaré, y el domingo iré al Arcángel a ver al Córdoba jugarse media vida contra el Getafe. Llevo toda la semana ensayando la alegría. Espantando la niebla a manotazos. Desde lo importante a lo más nimio, desde la salud de un ser querido al devenir de mi humilde equipo de fútbol. En esta mágica mezcla de lo que somos. En esta descarnada lucha entre el entusiasmo y el abandono.

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22 de noviembre de 2016 - 14:09 h
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