De proletarios a propietarios
“España tiene que dejar de ser un país de proletarios para ser un país de propietarios”. José María Arrese fue el ministro del franquismo cuyas decisiones más han influido en la vida de los españoles. A pesar de que estuvo muy cerca de ser fusilado por el propio Franco (fue un camisa vieja implicado en los famosos sucesos de Salamanca al que salvó sobre la bocina Serrano Súñer), Arrese llegó a ser ministro de Vivienda, donde lo cambió todo.
Arrese era un falangista convencido. Familia política de José Antonio Primo de Rivera (se casó con una prima hermana) fue un ultracatólico y muy conservador que seguía, no obstante, los principios sociales de un movimiento violento y muy de derechas. Esos principios sociales de aquel falangismo bebían del fascismo italiano (que a su vez bebía del socialismo). Pero como Mussolini, Franco acabó haciendo política para los grandes empresarios y la alta burguesía. Y Falange no iba a ser menos.
En La España de las piscinas, Jorge Dioni considera que Arrese fue una especie de padre fundador del ladrillo como sostén de la economía nacional. ¿Cómo conseguirlo? Cambiar radicalmente las políticas del Ministerio de Vivienda, que venían de mucho antes del franquismo: sustituir la prioridad que entonces asumía el estado de construir mucho y barato para alquilar esas viviendas (la famosa renta antigua, seguro que le suena), por construir mucho y barato pero para vender. España pasó rápidamente de ser un país de proletarios (muchos vivían de alquiler) a otro de propietarios. Y quien tiene una casa pues tiene un tesoro. Un colchoncito para cuando vengan mal dadas, que se pueda vender, hacer billetes.
De aquellos polvos, estos lodos. En todos estos años (más de sesenta) no ha habido gobierno alguno capaz de revertir aquella frase de Arrese. La vivienda de alquiler es una especie de peste bubónica de la que hay que huir en cuanto se pueda. Quien vive de alquiler es porque es pobre. O alguien al que no se le ha presentado la oportunidad. En cuanto podamos hay que comprar. Un alquiler es tirar el dinero. Y hay que pensar en el día de mañana.
El franquismo, y la restauración democrática, sentó otra base económica de cómo tenía que ser el futuro de España (se puede gritar el nombre así como muy onomatopéyico): un país cuya principal industria iba a ser el sol y la playa. Arrese no podía saber que muchos años después de su muerte iba a nacer una tecnología llamada internet y una economía llamada colaborativa. Que de esa economía surgirían plataformas de alquiler de vivienda que tensionarían a niveles extremos el mercado inmobiliario mundial. Y que los alquileres de renta antigua serían como los unicornios. Y los alquileres normales, una anomalía.
El negocio de España es España. Y hay que seguir construyendo hasta que se acabe España. Más vivienda, más inversión, más España. Hasta el infinito y más allá.
Pero hay un problema: desgraciadamente vivimos en un mundo finito. Aunque la gran contradicción del capitalismo esté en el crecimiento infinito. Pero ese es otro debate.
No. La solución no es construir más. O no solo. La solución está en transformar un sistema que nació viciado y en el que lo que no puede ser es que los salarios crezcan un 4% y el coste de la vivienda un 40%. Que a este paso el metro cuadrado en Córdoba va a costar lo mismo que el Producto Interior Bruto de República Dominicana.
Con razón hay mucha gente que está muy cabrada. Mucha de esa gente se ha dado cuenta de que está más cerca de que le desahucie un fondo buitre que de poder comprar una casa. O incluso de poder pagar todos los gastos asociados a una vivienda.
Sobre este blog
Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.
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