Miguel Ricart

Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social. Artículo 25, punto dos de la Constitución Española.

Es curioso. El pasado viernes, tuvimos una excelente jornada festiva. Se celebraba el Día de una Constitución Española que, aparentemente, nadie parece conocer y mucho menos practicar. En Córdoba, desgraciadamente, había pasado algo extraordinaria y lamentablemente asombroso. La puesta en libertad de un asesino y violador después de la anulación de la Doctrina Parot disparó a través de las redes sociales, fundamentalmente, y también de los medios de comunicación una ola de pánico, histeria y desconcierto gigante.

Miguel Ricart, el único condenado por el triple crimen de Alcasser a principios de los 90, iba a salir en libertad y tenía intención de instalarse en la ciudad. Un periódico publicó, y era cierto, que Ricart se había refugiado en la amistad que había trabado en el cura de la prisión en la que ha pasado las últimas dos décadas encarcelado. Este cura, trinitario, le ofreció la posibilidad de residir en Córdoba, donde esta orden tiene su sede. Transcribo, literalmente, cómo la Wikipedia define el fin y el objetivo de la orden trinitaria: "Es la primera institución oficial en la Iglesia dedicada al servicio de la redención con las manos desarmadas, sin más armadura que la misericordia, y con la única intención de devolver la esperanza a los hermanos en la fe que sufrían bajo el yugo de la cautividad".

Esta semana muchos, algunos incluso con altos cargos políticos, como el subdelegado del Gobierno, Juan José Primo Jurado, muy católico, se han comportado como si no creyesen en absoluto en la misión de los Trinitarios: la segunda oportunidad a quien se ha equivocado, por muy grave que sea su equivocación. Olvidamos, religión aparte, que la cárcel en España tiene un único fin: la reinserción social de los condenados. Por eso, es más grave aún que se persiga, señale y vuelva a condenar a un hombre, Miguel Ricart, que legalmente ha cumplido su condena y es un hombre libre. Es discutible, seguro, que si era oportuno que hubiese salido tan pronto de la cárcel. Mucho. Pero el Código Penal por el que fue condenado era el que era y ahora no se puede volver atrás en el tiempo.

Hoy, Ricart es un hombre perdido. El Periódico de Cataluña ha publicado que duerme en las vías del tren, que deambula por las calles de Barcelona y que incluso depende de ayuda para buscarse algo de comida. No sabemos si se ha llegado a reinsertar. No tengo información. Pero de una cosa estoy seguro: el sacerdote del que se hizo amigo no está loco y si le tendió la mano poniendo en juego a la propia orden trinitaria fue porque vio la posibilidad de que Ricart acabara reinsertado en la sociedad.

A mí no me gusta vivir rodeado de asesinos y violadores, por supuesto. Pero no saben ustedes la cantidad de asesinos y violadores en potencia, latentes, y que aún no han cometido sus delitos (probablemente no lo harán nunca) que nos rodean. Pero lo que menos me gusta es que se cierre la posibilidad de ofrecer una segunda oportunidad, de luchar por ello.

Una cosa: si queremos que se imponga la cadena perpetua o la pena de muerte es fácil. Abramos el debate sin miedo. Seguro que en una votación popular ganarán los favorables a la pena capital. Pero vamos a dejarnos de legislar en caliente y vamos a respetar, aunque sea sólo un poco, la Constitución que nos hemos dado.

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10 de diciembre de 2013 - 01:26 h
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