Sobre este blog

Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

Tractorada.

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Regular los precios de los alimentos no es algo terriblemente socialcomunista. España tuvo el precio del pan intervenido durante los últimos años del franquismo y los primeros del regreso de la democracia. En Europa hay un país que tiene el precio de varios alimentos básicos intervenido: Hungría. Tampoco es que sea un lugar donde el comunismo esté bien visto, la verdad.

Regular los precios que se pagan en origen es algo por lo que llevan clamando los agricultores y ganaderos españoles desde antes, incluso, de la pandemia. Cada mes, COAG publica un informe de la diferencia de precios que percibe el productor y los que finalmente paga el consumidor. La media es que en el supermercado llegamos a pagar cuatro veces lo que recibe el agricultor o el ganadero. Los importantísimos comercializadores, intermediarios, comisionistas y demás personal que lleva la comida del campo al supermercado se quedan con ese margen.

La Unión Europea, desde Maastricht, se rige bajo el principio del libre mercado. Sin discusión. El mercado se regula solo. Hay una mano invisible que hace que todo sea próspero. Y el estado lo único que hace es estorbar. ¿Qué es eso de regular precios, por Dios? Es el mercado, amigos.

Este verano estamos pagando auténticos facturones de luz. Pero podrían ser astronómicos si Europa no hubiese permitido saltarse un principio básico de la Unión: que España y Portugal le pongan un tope al precio del gas natural. Vamos, sentido común. En tiempos de guerra y pandemia, Europa parece haber descubierto que esa es precisamente una de las soluciones a la crisis que se avecina, que hay que intervenir el mercado de una forma u otra.

No creo que topar el precio de los alimentos básicos sea una mala opción. Pero no hacerlo sin topar antes pero por abajo el precio que perciben los agricultores y los ganaderos me parece un tremendo error.

Si ya pagamos cuatro veces más que lo que percibe el agricultor, ¿quién se cree que va a pagar el pato de la regulación de los precios en destino? Efectivamente. Esos intermediarios no renunciarán, en absoluto, al brutal margen de beneficios que extraen del campo.

Mientras, los agricultores y ganaderos sufren su propia inflación. Subirse al tractor es dos veces más caro que hace un año, alimentar al ganado tres cuartas de lo mismo y en esta campaña muchos directamente van a renunciar a los fertilizantes por su elevado precio. Y con menos abono habrá una producción mucho más baja. Y si a todo eso se une la sequía, pues el desastre será mayúsculo.

¿Y qué pasará el día en el que después de una explotación económica tan salvaje, una inflación insostenible y una histórica sequía provoque un abandono masivo del mundo rural? ¿Quién producirá los alimentos cuyo precio máximo ahora se quiere topar? Sí, serán grandes multinacionales y fondos de inversión. Se nos está quedando una Europa preciosa.

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Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

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