Sobre este blog

Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

La ansiedad del grifo abierto

Un grifo con agua en la cocina

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Hace unos días, una conocida me explicaba que cada vez que veía un grifo abierto le daba ansiedad y tenía que cerrarlo. No podía ver cómo el agua manaba sin control y se desperdiciaba en estos momentos. Que la sequía que atravesamos es extrema. Que la gente no era consciente.

En todas las ordenanzas de sequía que aprueban los ayuntamientos o las diputaciones se incluye hacer una campaña de concienciación pública para el ahorro de agua. Recuerdo perfectamente la de los años noventa, cuando llenamos las cocinas y cuartos de baño de pegatinas para que todo el mundo cerrase el grifo y no se desperdiciase ni una gota. Vale. Está bien. Tenemos que ser conscientes del drama que vivimos.

Intenté animar a esta conocida, que realmente había desconectado de las noticias por ecoansiedad, para que no se sintiera muy mal. Y le dije que sí, que la situación era muy grave, extremadamente preocupante en según que sitios. Pero que la culpa no estaba en un grifo abierto de manera puntual. O en mil grifos goteando en la ciudad. Obviamente, si están cerrados es mucho mejor. Quizás el problema está en que se ha malgastado el agua por encima de nuestras posibilidades. Y no precisamente en las ciudades.

No hay nada más que darse una vuelta por la campiña para comprobar cómo prolifera el olivar intensivo y en seto. Es un cultivo que no tiene sentido si no se riega. Por goteo, vale. Pero se riega. El olivar, que es el árbol mediterráneo por excelencia y que resiste nuestro clima, con meses en los que no cae ni una gota de lluvia. Evidentemente, si se riega el olivar se produce el doble de aceite. Se genera riqueza y eso está muy bien. Mejora la economía.

Pero todo tiene un límite. Vivimos en un mundo finito de recursos que a veces no pueden ir a más. Y todo apunta a que nuestras sequías van a ser más prolongadas y extremas con el cambio climático. Y que cuando llueva lo hará torrencialmente.

Creo que ha llegado el momento de decir basta. El 90% del agua de los embalses, más o menos, se va en el regadío. E insisto en que está bien que así sea. Pero lo mismo hay que ver qué se riega, cómo y porqué. Entiendo que los cítricos de Palma del Río, las huertas o las aromáticas del Genil Cabra necesiten agua de riego. Poco lo entiendo en el olivar en periodos de escasez. Y sabemos que no, que los olivos no se van a secar. Los naranjos sí.

Córdoba es, por suerte, uno de los lugares mejor preparados para sobrevivir a la sequía. Con los acuíferos ya muy mermados sigue habiendo pozos con agua. La cuenca más regulada del Guadalquivir está en Córdoba, y también los mayores embalses de Andalucía. Por eso los problemas van por barrios: el norte está muy mal dotado, con una obra de La Colada inacabada (¿pensaban que no iba a volver la sequía para no acabar la red secundaria?) y hay parcelaciones, con sus respectivos pozos, sin control en innumerables puntos de la provincia. Es probable que en el norte y en muchas parcelaciones se multipliquen los problemas este otoño si no llueve. Dudo que ocurra en el resto de la provincia, donde habrá agua, pero también que ahorrar.

E insisto: no está mal que deje de manar el agua de fuentes ornamentales o que algunos jardines se rieguen menos. Pero vamos a poner la responsabilidad sobre quien la tiene, y no sobre personas que desconocen cómo se distribuye el agua, ese bien escaso, de verdad en el mundo actual.

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Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

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