A propósito del río

De todo el mundo es sabido que la comunicación constituye el gran arma de destrucción masiva con que se ha dotado el poder para mantener su particular relación de intereses, siendo el control de la información pieza clave en el desequilibrado equilibrio del reparto de la gran riqueza mundial, esa que construye chaleses de mármol junto a chabolas de barro. Muestra de ello son las numerosas campañas de atontamiento e incitación al consumo que estas fechas hacen llenar las calles de bolsas de la compra, constituyendo esta, la bolsa, un indicador fiable e indispensable de la felicidad del individuo, de la felicidad, la envidia y el grado de estupidez moral en la que se sumerge todo el que se hace partícipe de esta fiesta del estímulo de la economía.

Hablo del gran poder que tiene quien controla la información, en base a ella se ganaron guerras y conquistaron países. Hoy es igual, la gran guerra que libra el poder por aniquilar esta parte del mundo a través de estos planes de empobrecimiento es buena muestra de ello. Alguien en algún lugar dice que lo adecuado para salir de la crisis es la elitización de la sociedad y el engranaje del sistema pone en marcha sus particulares mecanismos de atolondramiento masivo para que creamos, cual oración mística, que la conversión en un cuerpo de superhombres, de perfecto intelecto y condición física, nos sacará del atolladero, que el abrazo ciego a un sistema meritocrático traerá la salvación y la igualdad real de todos los necios del mundo. Podría parecer hasta bueno sino fuese porque se olvidan de mencionar la sutil condición de quien acapara el capital como cuasi únicos garantes de quienes podrán validar su propio meritaje.

Esos mecanismos son antiguos, de todos es sabido el papel que jugó Goebbels como ministro de propaganda del régimen nacionalsocialista alemán. Otro muchísimo menos conocido, pero considerablemente más importante en lo que nos atañe como Homo consumus, fue el publicista Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud y padre de la manipulación de masas gracias a la comprensión de los estudios de su tío sobre los impulsos del individuo a guiar su comportamiento en base a la información que este maneja. Dicho de otro modo, pensamos lo que otros quieren que pensemos. Es el instinto innato, natural y primitivo, de pertenencia y aceptación dentro de un grupo.

Así, los medios de comunicación, de manera consciente o inconsciente, son catalizadores fundamentales de los cambios que se producen en las sociedades, ya que constituyen el cuerpo fundamental a través del cual el poder nos guía en un sentido o en otro. No descubro nada, desde luego, basta airear las relaciones económicas que existen entre los principales grupos de comunicación del país con los diferentes partidos políticos. Hemos aceptado como lógico y normal la indecencia que supone el poder asignar todos y cada uno de los medios de comunicación oficiales que existen en nuestro país con unas u otras siglas.

Siendo la realidad así, uno se escama cada vez que los medios de comunicación abren al debate determinadas cuestiones que atañen a la colectividad o a los bienes comunes. Debates de muchas escalas y muchas índoles, y siempre dirigidos y con respuesta predefinida, como las que nos han llevado a asumir el mapa de los privilegios, que pasa por todos y cada uno de quienes deberíamos defender pero ni uno sólo de los que realmente los ostentan, o campañas de estupidización más locales como la que ha hecho ver al mejor recurso autóctono que tiene esta tierra, la arqueología,  como enemigo acérrimo del progreso, la economía, y fundamentalmente de la cartera de vendedores locales de ladrillo y cemento.

En el último año tengo detectadas dos de estas campañas que me tocan especialmente la moral, una, la que el mundo cofrade impulsa para la eliminación de una de las celosías de Rafael de la Hoz en el muro norte de la Mezquita, y la otra, la que determinados medios de prensa local están haciendo para "invitar a la domesticación" de los Sotos de la Albolafia. Encubierto en información, el periodista opina, condiciona y dirige una idea a través del uso interesado del lenguaje. Se dibuja a los Sotos como un vertedero, como una selva salvaje que por encima de todo nos perjudica a todos y al propio río.

Disfrazado de periodismo se traslada información escorada, que debiera estar tratada, o pretratada, desde el prisma objetivo de la ciencia, y no desde la ceguera del interés particular. Los Sotos, para quien no lo sepa, o no quiera saberlo, constituyen una parte de un todo que se llama continuo fluvial. Aislar una parte del mismo, el de la vegetación asociada a sus riberas, y tratarlo como un problema, paisajístico, sanitario, o cualquier otra soplapollada, es faltar a la sensatez y toda lógica racional con la que el ser humano ha construido el discurso científico.

Invade mis oídos, cada vez más frecuentemente, el discurso simplista sobre el descontrol de la vegetación, sobre la suciedad que constituye en sí misma y el nauseabundo olor que pretenden ligar a esta causa. Igualmente es cada vez más recurrente la comparación con el río de Sevilla, que no es río. Todo para acabar derivando en una solución a un problema del que nunca cuentan la causa, para arengar una intervención que obvie la realidad pero atienda a la necedad. La realidad es que el río, afortunadamente, se parece bastante a un río, con un régimen hídrico que atiende, a juzgar por la vida que de él brota, a la estacionalidad climática del territorio que vertebra, y que si presenta problemas, se derivan del aprovechamiento agroindustrial que de él hacemos para nuestro interés.

Una cosa es el mantenimiento lógico de la vegetación del río, su control y preservación, en la línea de las actuaciones que está llevando a cabo la Consejería de Medio Ambiente, y otra muy distinta la meditada e interesada corriente de opinión, constatada desde hace ya un buen tiempo, para mutilar inmisericordiosamente una de las joyas del patrimonio natural de este pequeño rincón del mundo, en aras, quién sabe, de esa gilipollezca faraonada local de hacernos llegar en barco hasta Sevilla.

Hoy me he permitido no hablarles del tiempo que hará para aprovechar la oportunidad que me da esta plataforma para alzar la voz contra quienes día a día atentan contra la razón, escupir a quien trata de imbéciles a sus receptores y hace fomento de su cretinización. Hay días en que uno, harto de la insana bilis que se le acumula en el estómago necesita gritar, sé que ustedes me lo sabrán perdonar y que confían en que el miércoles que viene, vuelva a explicarles mis paseos por las nubes, pero hoy necesitaba vomitar.

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12 de diciembre de 2012 - 07:00 h
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