Una reflexión ante las elecciones generales
Hola, amigas y amigos:
Me gustaría compartir con vosotros/as una reflexión personal ante un momento político y social que considero especialmente importante. No pretendo convencer a nadie a través de mis ideas, sino invitaros a pensar, a reflexionar y, sobre todo, a no olvidar de dónde venimos, qué derechos hemos conquistado y qué sociedad queremos dejar a las generaciones que vienen detrás.
Vivimos tiempos de incertidumbre, de enfrentamiento y de una creciente polarización social. Asistimos al avance de posiciones políticas que cuestionan derechos que creíamos consolidados, mientras el debate político se llena de insultos, desinformación y mensajes que buscan enfrentar a unos ciudadanos con otros. Ante esta situación, creo que quienes defendemos los valores de la izquierda tenemos una responsabilidad: no resignarnos, no mirar hacia otro lado y no olvidar que los derechos sociales y las libertades nunca han sido regalos de nadie. Han sido fruto de años de lucha, sacrificio y esfuerzo colectivo.
Mi primera preocupación es el avance de la derecha y de la extrema derecha. Me preocupa que puedan alcanzar el poder y poner en riesgo derechos y conquistas sociales que tanto ha costado conseguir. Podrían cambiar la Constitución si consigue los escaños suficientes. No debemos olvidar que muchas de las garantías de las que disfrutamos hoy son el resultado de las reivindicaciones de nuestros abuelos y abuelas, de nuestros padres y madres, de los movimientos obreros y de tantas personas que lucharon por una sociedad más justa, más libre y más igualitaria. Lo hicieron porque comprendieron que los problemas individuales también tienen causas colectivas y que una sociedad no puede considerarse verdaderamente justa mientras una parte de su población queda atrás.
Por eso me pregunto: ¿somos realmente conscientes de lo que podemos perder si dejamos de defender lo que tanto ha costado conseguir? Ya estamos viendo hechos inaceptables, sin todavía hayan gobernado. Imaginaros los que pueden hacer si gobiernan con mayoría.
Mi segunda reflexión tiene que ver con la situación de las fuerzas políticas de izquierda y con su dificultad para alcanzar acuerdos.
Reconozco que muchas personas nos sentimos decepcionadas cuando vemos que las diferencias entre partidos progresistas terminan debilitando un proyecto común. Es comprensible que exista enfado, frustración y cansancio. También es legítimo exigir responsabilidad, coherencia y capacidad de diálogo a quienes nos representan. Esto nos diferencia de la derecha que no admite ninguna crítica (dígaselo a Isabel Díaz Ayuso y a Santiago Abascal).
Sin embargo, creo que debemos preguntarnos si tiene sentido que nuestra decepción termine convirtiéndose en desmovilización, abstención o enfrentamiento entre quienes compartimos, al menos, un mismo ideal. En seguir empeñados/as solo en buscar culpables y seguir haciendo una crítica destructiva, no nos lleva a ningún lugar, tenemos que pasar página y seguir avanzando, porque la derecha no se detiene.
También me gustaría detenerme en una frase que escuchamos con frecuencia: «Todos los partidos son iguales».
Entiendo que muchas personas hayan llegado a esa conclusión. Las promesas incumplidas, los casos de corrupción, las disputas partidistas y la distancia que a veces existe entre las instituciones y los problemas cotidianos de la ciudadanía han contribuido a generar desencanto.
Pero creo que afirmar que todos los partidos son iguales es una generalización que nos impide analizar las diferencias entre sus propuestas, sus prioridades, sus proyectos y sus decisiones.
Desde mi punto de vista, es importante valorar las medidas relacionadas con el incremento del salario mínimo interprofesional, la reforma laboral, el ingreso mínimo vital, la ley de igualdad, la revalorización de las pensiones, el bono social eléctrico y las políticas de vivienda, el impuesto extraordinario a los beneficios energéticos (empresas energéticas), la negación a participar en la guerra de oriente medio y el enfrentamiento a la política destructora de Donald Trump entre otras actuaciones que han formado parte de la agenda social de los gobiernos progresistas en España.
La pregunta que deberíamos hacernos no es únicamente si estamos satisfechos con quienes gobiernan, sino también qué alternativas se proponen, qué derechos se pretende ampliar o restringir y cuáles serían las consecuencias de cada modelo político para la mayoría de la población.
Hay una pintada que me llamo mucho la atención. “Qué fácil es ser fascista en una democracia. Y que difícil ser demócrata en una dictadura”. Hemos visto estos últimos días como la ultraderecha se ha crecido, a través del odio, la violencia, el insulto, el menosprecio a las personas que no piensan como ellos/as y con la superioridad que te miran. No podemos consentir que gobiernen este país.
Otro asunto que considero fundamental es nuestra conciencia de clase.
El desarrollo económico, la estabilidad laboral o la posibilidad de acceder a determinados bienes y servicios nos llevan a pensar que los problemas de la clase trabajadora ya no tienen que ver con nosotros. Esta sociedad del bienestar nos ha ido acomodando y hacernos creernos que pertenecemos a la clase media renunciando u olvidarnos de que pertenecemos a la clase trabajadora.
Tener una vivienda, un empleo estable, un vehículo pagado o unos ingresos que nos permiten vivir con cierta tranquilidad son circunstancias que debemos valorar. Sin embargo, no deberían hacernos olvidar de dónde venimos. Y sobre todo pensar que todos los logros conseguidos ha sido gracias a la lucha de la clase trabajadora. Las vacaciones pagadas, la reducción de la jornada laboral, la protección frente al desempleo, las pensiones y tantas otras conquistas no surgieron espontáneamente. Fueron reivindicadas por personas que comprendieron que, cuando los trabajadores se organizan y defienden intereses comunes, pueden transformar su realidad.
Por eso defiendo que las respuestas a los problemas sociales deben ser colectivas y no exclusivamente individuales.
Pienso en ese hermano/a que trabaja y, aun así, no consigue llegar a final de mes. En ese compañero/a que vive pendiente del alquiler y apenas puede ahorrar. En ese amigo/a que ha renunciado a viajar, salir a tomar algo o disfrutar de pequeñas cosas porque la hipoteca, los suministros y los gastos cotidianos absorben prácticamente todos sus ingresos. ¿Qué clase de hermano/a, compañero/a o amigo/a soy, que no ayudo a que mejoren sus condiciones sociales- económicas?
Pienso también en los/as jóvenes que no encuentran empleos estables, en las familias que tienen dificultades para acceder a una vivienda y en las personas mayores que necesitan que sus pensiones les permitan vivir con dignidad, personas que entran en depresión por la tardanza en la operación que tienen pendiente. Son personas cercanas, personas con las que compartimos conversaciones, trabajo, amistades y vida cotidiana. Sus problemas no son ajenos a nosotros, aunque nuestra situación personal sea, en este momento, más favorable.
La solidaridad no consiste únicamente en sentir lástima por quienes atraviesan dificultades. Consiste en reconocer que sus problemas merecen una respuesta justa y que una sociedad democrática debe organizarse para que nadie quede abandonado a su suerte. No podemos construir una sociedad justa desde el individualismo, la indiferencia o la idea de que cada persona debe resolver por sí sola sus dificultades.
Llegados a este punto, creo que debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros.
No basta con lamentarnos por la situación política ni con criticar a nuestros representantes desde la distancia. Tampoco basta con compartir mensajes en las redes sociales o indignarnos durante unos días ante una noticia.
Podemos informarnos mejor, contrastar lo que leemos, cuestionar los bulos y evitar que la desinformación determine nuestras decisiones. Podemos defender los servicios públicos, apoyar iniciativas solidarias y exigir responsabilidades a quienes nos representan.
Y, por supuesto, podemos ejercer nuestro derecho al voto de manera consciente e informada.
Desde mis convicciones personales, considero que los valores de la izquierda —la igualdad, la justicia social, la solidaridad, la defensa de los servicios públicos y la protección de los derechos laborales— ofrecen razones importantes para apoyar opciones políticas progresistas.
¿Queremos una sociedad en la que la educación, la sanidad, la vivienda digna, el trabajo y la protección social sean objetivos colectivos que debemos seguir construyendo?
Yo tengo clara mi respuesta.
Quiero una sociedad más justa, más igualitaria y más solidaria. Una sociedad en la que el éxito de una persona no se construya sobre el fracaso de otra y en la que nadie tenga que renunciar a una vida digna por haber nacido en una familia con menos recursos.
Y creo que esa sociedad no se construye desde la indiferencia, el enfrentamiento entre quienes menos tienen o la renuncia a participar. Se construye mediante el compromiso, la organización, la solidaridad y la defensa firme de los derechos democráticos y sociales.
La solidaridad no es una palabra vacía. La igualdad no es un privilegio. Los derechos sociales no son un regalo. Son conquistas colectivas que debemos proteger y seguir ampliando.
Y, desde mi manera de entender la política y la sociedad, creo que merece la pena seguir luchando por ellas. Déjate de tonterías y VOTA. VOTA A LA IZQUIERDA.
Un abrazo a todas y a todos.
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