El misterio de Córdoba

Este año ha sido un poco peculiar, lleno de impulsos infructuosos, agrios, y un sinfín de sinsabores en el tema económico-laboral que han impedido avecinar el futuro esperanzador de nuestra ciudad. Con elegancia y sin rencor podríamos pensar no estrechar la mano con el 2013, despedirlo sin mirarlo, ni de reojo, pero también y, todo hay que decirlo, asimismo han coexistido momentos alentadores que han realizado un intento de evocación hacia la ansiada remontada.

Hacer un resumen de todo lo transcurrido desde el uno de enero sería una labor de gran responsabilidad que, a riesgo de olvidarme de algún evento celebrado o, añadiéndole aún más desafío, algún acontecimiento del que hayas sido protagonista, solo me limito a invitar a que se repitan en número y en calidad aquellos que hayan hecho honor a la pregunta de si es Córdoba la ciudad con más clase de España. Motivos tiene.

Es por ello que para el período navideño, como todos los años, transcurridos en casi su totalidad los doce meses, seguimos la tradición y ponemos el tradicional Belén, o más bien lo adornamos, porque siendo la urbe de este país con más declaraciones Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, lo que es ponerlo, puesto ya está, permanente.

Simplemente se trata de un ejercicio visual. No hay más que darse un paseo por la orilla de su río, donde ahora, con su cauce más limpio, los peces beben y vuelven a beber. O transcurrir por su señor Puente Romano, una de las piezas más contemporáneas de nuestro Belén.

Sus callejas, impregnadas de orfebrería. Por un lado, casitas de joyería, talleres de artesanía. Y por otro, balcones engalanados de colorido y florituras, tratando de desafiar al tiempo, para que cualquier elemento se conserve intacto y meticuloso. Una arquitectura envidiable que obliga al sol a pedirle permiso para alimentar las flores de mayo, en estas fechas, rojas y de pascua. Por supuesto, todo rodeado por la muralla, y no muy lejos, en aquel cerro, el Castillo, dícese de Almodóvar; por no detenernos en las cuadras para las bestias, Caballerizas Reales, o sus mercados, como el de La Victoria, entre otros, con puestos intercalados de naranjos y un vigilante palmeral.

No le falta detalle, muy cuidado hasta el Templo Romano, ejemplo de grandiosidad de este enclave. Perdonadme que piense… esperad, sí… lo tengo decidido, aquí haré hueco para El Molino de Martos y un poquito más distanciado, pero no mucho, colocaré la representativa noria de la Albolafia. Así queda mejor. A continuación pondré un oasis recordando las zonas del desierto, el Jardín Botánico y, justo enfrente, los camellos y algún que otro ejemplar propio de la época: ovejas, cabras…

Para terminar, colgaré la estrella para que ofrezca su resplandor desde el Santuario de Las Ermitas. ¡Ah, por cierto! ¿Y el misterio dónde está? - El misterio no te lo desvelaré, así aprovecho para invitarte a que vengas otra vez, como propósito de año nuevo, pero tienes que prometerme que tu visita turística no será como el astro que guió a los Reyes Magos, fugaz, porque este Belén hay que verlo bien, ¿de acuerdo?

Para qué montarlo si somos parte de él. Estimado jurado, no quisiera que mi opinión contaminara el fallo, pero yo le concedería el primer premio. Las luces, su gente, que no se apaguen. Feliz 2014.

JOSÉ ANTONIO LEÓN LLORENTEDiplomado en Relaciones Laborales@vistadpajaroVilla del Río – Córdoba –

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Publicado el
29 de diciembre de 2013 - 01:54 h
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