En memoria de Ernesto Caballero
Hace años la lectura de la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, me emocionó y me hizo pensar en el abandono y el olvido en que los demócratas españoles habíamos dejado a tantos héroes anónimos, hombres y mujeres, que dedicaron su vida, en los tiempos oscuros del franquismo, a luchar por recuperar las libertades. Acabamos de perder a uno de ellos: Ernesto Caballero Castillo, el político cordobés más influyente y decisivo en el final de la dictadura, en la Transición y en el desarrollo de la democracia. Su bonhomía, su solidez moral y el respeto profundo que sentía por los demás contribuyeron a que la sociedad cordobesa de esa época aceptara el juego democrático bastante antes de la muerte del dictador.
Lo conocí a mi llegada a Córdoba en el otoño de 1974, cuando ya era secretario general del Partido Comunista en la clandestinidad. Enseguida me encomendó tareas ligadas a la formación y a la propaganda; en los años de mi militancia en diferentes responsabilidades orgánicas, sin ningún cargo público, jamás perdí mi confianza en su rectitud. En este momento se me agolpan los recuerdos y las anécdotas, las larguísimas horas de reuniones, su paciencia para escucharnos, sus análisis siempre ponderados e inteligentes. Nunca dejé de sentirme un privilegiado por tener su aprecio, por compartir los proyectos y las esperanzas de un futuro mejor para nuestro país. Recuerdo haber dicho que Castilla del Pino representaba lo que debíamos saber y Ernesto lo que debíamos ser.
He pensado muchas veces en cómo llegó a ser una persona tan excepcional y limpia, libre de resentimientos y de cuentas pendientes. En las páginas del primer volumen de sus memorias, me impresionó la contenida recreación de su infancia, las vivencias de aquel niño que creció en un entorno de pobreza y soledad, tan carente de figuras reales de apego, recogido por familiares, conocidos, rara vez por su madre entre detenciones, siempre hambriento, que recordaba cómo, siendo zagal de un vaquero en la sierra, en un arranque de ternura se había abrazado a un potrillo recién nacido.
No conoció a su padre vivo, al que vio por primera vez tirado en la plaza del pueblo, acribillado a balazos, y no se reencontró con su madre hasta los catorce años, en el barrio chabolista que era entonces El Naranjo. Esa falta de apego seguramente se compensó con el respeto con el que era tratado por todos, incluida la Guardia Civil, por la identidad de su padre, Julián. Quiero pensar que, para él, ingresar en el Partido Comunista era mantener la identidad, la fuerza y el respeto de su familia.
No puedo hablar de Ernesto sin mencionar a Teodora, la mujer con la que se casó tres veces —como decía de broma al contar los avatares por los que pasó su relación—, y que lo acompañó toda su vida. Basta una anécdota para calibrar la entereza y la valentía de esta mujer: en una ocasión en que su entonces novio se vio obligado de pronto a marcharse del cine en que estaban, sin explicación, sin pensárselo dos veces, se fue a buscarlo a París en la creencia de que lo encontraría allí. Ernesto lo contaba divertido porque, en realidad, estaba en Málaga clandestinamente.
Tuvimos algunos desacuerdos, pero nunca lo sentí distante. Recuerdo que cuando el liderazgo de Carrillo tocaba a su fin, algunos militantes de Córdoba y de otros sitios que venían a contactarnos (como Javier Pérez Royo o Carlos Alonso Zaldivar) iniciamos una corriente renovadora que, de alguna forma, planteaba una escisión. Nos reuníamos donde podíamos; cuando Ernesto lo supo, se enfadó porque no nos reuníamos en la sede, de modo que conspirábamos oficialmente en el despacho contiguo al suyo. Naturalmente, nadie abandonó el Partido.
Con una historia tan dura y con su firmeza ideológica, Ernesto tenía todas las posibilidades de ser un estalinista de libro; sin embargo fue una persona respetuosa con todos, profundamente demócrata y abierto a la juventud y las nuevas ideas. No era culto, pero sí una de las personas más sabias que he conocido. La fidelidad al Partido era para él un compromiso con una idea, con un proyecto, que estaba por encima de las personas concretas que en un momento u otro pudieran dirigirlo.
Pero, para explicarnos algunas de sus reacciones, algunos amigos no podíamos dejar de pensar que existía algo místico, cuasi religioso en su mundo de creencias. Era incomprensible para nosotros, por ejemplo, la prudencia y la ausencia de crítica ante personajes como Ignacio Gallego o Julio Anguita, que lo traicionaron para intentar descabalgarlo de la dirección (y les ganó por arrolladora mayoría en la conferencia provincial de la época) o ante un alcalde que, propuesto por Ernesto y con un equipo elegido por él, lo obligara a reunirse, junto con Filomeno Aparicio, en un bar para tratar asuntos municipales («Comité de Enlace» lo llamábamos). Sin embargo, jamás se pronunció contra ellos porque creía que podría dañar la imagen del Partido.
La conquista de la democracia de la que disfrutamos ha sido posible gracias a personas como Ernesto Caballero, que se jugaron la vida sin pedir nada a cambio, sin reclamar compensaciones de ningún tipo. Tenemos el deber de guardar su legado y su memoria para siempre.
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