La izquierda y su dilema eterno: eficacia o identidad
Hay una escena que se repite con una puntualidad casi ritual en cada cita electoral. La izquierda a la izquierda del PSOE anuncia conversaciones, despliega apelaciones a la unidad, celebra actos de confluencia y, en el último minuto, cuando el plazo para registrar coaliciones está a punto de expirar, el acuerdo se rompe o se limita a un territorio testimonial. Mientras tanto, en el otro extremo del arco parlamentario, PP y Vox resuelven operaciones similares en cuestión de días con una frialdad instrumental que desarma a sus adversarios.
La diferencia no es de talento negociador ni de generosidad. Es estructural. La derecha pacta sobre escaños; la izquierda negocia sobre identidades. Y mientras ese dilema no se resuelva, la izquierda no-socialista está condenada a un éxito más costoso, más dependiente y más frágil.
El coste de la pureza
Los datos son tozudos. En las elecciones generales de julio de 2023, Sumar cosechó casi 600.000 votos en 32 circunscripciones donde no obtuvo ningún escaño. Casi el 20% de sus sufragios se quedaron sin traducción parlamentaria. No fue un problema de apoyo popular, sino de dispersión territorial y de umbrales electorales que castigan la fragmentación. En las municipales y autonómicas de ese mismo año, la izquierda alternativa concurrió dividida en numerosos territorios y el resultado fue un retroceso generalizado que allanó mayorías absolutas del PP y Vox en comunidades y ayuntamientos clave.
La conclusión es incómoda pero inevitable: cada vez que la izquierda a la izquierda del PSOE prioriza la visibilidad de sus siglas sobre la concentración del voto, el bloque progresista en su conjunto paga la factura. Y no se trata solo de perder escaños propios. Se trata de que el PSOE se ve obligado a gobernar con mayorías más ajustadas, a depender de socios más exigentes y a conceder más a cada grupo progresista para garantir la estabilidad parlamentaria. La fragmentación no debilita solo a Sumar, Podemos o IU: debilita al Gobierno y, por extensión, a la capacidad de la izquierda para transformar la realidad.
La derecha no tiene este problema
El contraste con la derecha es demoledor. PP y Vox no comparten un proyecto de país, ni una sensibilidad social, ni siquiera una idea común de España. Pero comparten un objetivo: maximizar escaños para condicionar la agenda. Cuando el Senado se convirtió en el campo de batalla decisivo, ambos partidos diseñaron en días un reparto quirúrgico de circunscripciones: Vox se retiró en seis provincias, el PP en tres, y Vox presentó candidato único en otras catorce para orientar el voto. No hubo debate sobre identidades ni sobre purezas ideológicas. Hubo un cálculo: cuántos escaños ganamos si dejamos de competir donde no somos útiles.
La derecha entiende algo que la izquierda alternativa parece resistirse a asumir: en un sistema electoral mayoritario como el del Senado, y con umbrales provinciales en el Congreso, la unidad no es una virtud moral sino una condición de supervivencia. Y cuando no hay unidad, el adversario gana por defecto.
El problema no es Podemos (solo)
Sería fácil culpar a Podemos de todos los males. La formación morada ha demostrado una y otra vez una intransigencia que prioriza su supervivencia organizativa sobre la eficacia del bloque. Su negativa a integrarse en el Frente Amplio, sus exigencias de puestos de salida, su retórica de superioridad moral y su incapacidad para aceptar que gobernar implica contradicciones han dificultado acuerdos que eran posibles. Pero Podemos no es la única fuerza que ha antepuesto sus siglas al interés colectivo.
IU ha defendido su presencia territorial incluso donde esa presencia resta. Los partidos territoriales —Compromís, CHA, Més— tienen lógicas propias que no siempre coinciden con las del espacio estatal.
El resultado es un ecosistema en el que todos los actores tienen incentivos para no ceder. Y en el que nadie asume el coste de la falta de acuerdo hasta que las urnas hablan.
La unidad que llega tarde y mal
El pacto para el Senado entre el PSOE y el Frente Amplio, alcanzado in extremis y limitado a la Cámara Alta, es la prueba de que la unidad es posible cuando el cálculo es claro. El sistema senatorial sobrerrepresenta al partido más votado en cada provincia, y la fragmentación de la izquierda había entregado al PP una mayoría absoluta en la Cámara Alta que le permitió bloquear iniciativas legislativas y controlar instituciones clave. La alianza “Senado de Progreso” busca corregir esa anomalía.
Pero el hecho de que el acuerdo solo haya sido posible para el Senado, y no para el Congreso, revela la profundidad del problema. En el Congreso, donde cada escaño cuenta y cada sigla tiene un valor político propio, la negociación se vuelve inviable. La unidad llega donde el cálculo es más evidente y las identidades menos comprometidas. Es una unidad de conveniencia, no de convicción. Y eso la hace frágil.
El dilema que no se resuelve solo
La pregunta que la izquierda alternativa lleva décadas sin responder es sencilla de formular y difícil de asumir: ¿qué está dispuesta a sacrificar para ser útil? ¿Está dispuesta a renunciar a la presencia territorial donde esa presencia no se traduce en representación? ¿A aceptar que la eficacia electoral exige a veces silenciar las diferencias internas? ¿A reconocer que la pureza ideológica, en un parlamento fragmentado, es un lujo que se paga con derrotas?
Mientras esa pregunta no tenga respuesta, el bloque progresista seguirá condenado a un patrón predecible: elecciones con la izquierda dividida, resultados que no reflejan la mayoría social real, y un PSOE que gobierna o negocia desde la debilidad, concediendo a cada socio lo que de otro modo no tendría que conceder. La derecha, mientras tanto, seguirá pactando en días lo que la izquierda no resuelve en años.
No es una cuestión de liderazgos carismáticos ni de programas más o menos radicales. Es una cuestión de prioridades. Y hasta que la izquierda a la izquierda del PSOE no decida si quiere ser un bloque con identidad o una identidad con bloque, el fracaso —o el éxito costoso— seguirá siendo su destino más probable.
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