Humanidad en tiempos de coronavirus

Querida humanidad:

El ser humano acabará extinguiéndose por su inteligencia. Indignación es algo baladí al lado del triste sentimiento que rodea a una población cansada y preocupada por la situación actual que vive. Una sensación de impotencia e incredulidad por no entender cómo en el siglo XXI, teniendo en cuenta el desarrollo del ser humano, que ha llegado a conseguir avances inimaginables en el delicado mundo de la medicina o la tecnología, puede estar llegando a mostrarse como uno de los seres vivos más necios de los que ahora existen.

Abundan especies con las que el ser humano queda asombrado por su arte en la cacería, por la capacidad que poseen de adaptarse a un medio, o cómo desarrollan estrategias defensivas ante todo aquello que les perjudica. De todo ello se desprende el sentimiento de familia, de comunidad que abandera la evolución de muchos seres vivos. El grupo es la fuerza más importante y necesaria para sobrevivir en la mayoría de especies animales del planeta.

En su evolución, el ser humano esta mostrando estar, como poco, confuso con todo lo anterior y, por tanto, no ser tan inteligente como se quiere hacer ver.

Nos rodea una pandemia. Definida desde sus comienzos, por Autoridades Sanitarias nacionales e internacionales, como una emergencia sanitaria que afecta a todos los humanos del planeta.

En nuestro país, se ha tratado la epidemia como crean su música muchos cantantes de rap. Improvisando. Algo que a primeros de año se pensaba no iba a afectar a su población por tener el epicentro lejos de España (9.865 km. en línea recta desde Madrid, comunidad mas castigada hasta la fecha por la enfermedad), ha acabado ya con la vida de más de

29.000 personas en España y casi 870.000 a nivel mundial.

Por parte de los gobernantes españoles se han tomado medidas drásticas para tratar de frenar la enfermedad. Entre ellas destaca la limitación del derecho fundamental que tienen los españoles a elegir libremente su residencia y circular por el territorio nacional. No entrando a valorar que la negativa impuesta al ejercicio de este derecho, entre otros derechos fundamentales y libertades publicas que se han visto restringidos, es más propia de encontrarse en vigor el estado de excepción o de sitio, se puede asegurar que, a pesar de haber sido limitaciones que han causado muchos perjuicios a los ciudadanos, han conseguido controlar la pandemia hasta el punto de verse reducidos muy considerablemente el número diario de casos positivos por COVID 19. Este dato, independientemente del número de test o pruebas rápidas, PCR o serológigas que se hayan realizado, ha sido palpable para una población que, cuando parecía ver la luz al final del túnel, está siendo testigo de cómo la enfermedad sigue llevándose, aunque a menor ritmo, vidas humanas en su camino, sin importar su edad ni sus circunstancias, encaminándose así a un fracaso en el objetivo de los gobernantes por limitar la transmisión del virus entre los ciudadanos.

Precisamente la edad esta jugando un papel muy importante en esta fase de la enfermedad, siendo la gran mayoría de personas jóvenes las que demuestran no ser capaces de llevar a cabo las medidas y recomendaciones que dictan las Autoridades para frenar la pandemia.

Respecto a las personas de avanzada edad, aquellas que en la mayoría de ocasiones carecían al nacer de un pan debajo del brazo: los que se enfrentaron a una guerra civil, nacieron en ella, o llegaron al mundo en un país que ponía punto y final a un conflicto de fuerzas políticas por tomar el poder. Aquellos que con sudor y lágrimas levantaron un país a base de trabajo, sacrificio y hambruna. Para ellos, la epidemia significó el miedo a lo desconocido. Otra guerra más.

A pesar de ser el colectivo más vulnerable y castigado por la enfermedad, no ha sido tarea fácil durante el principio de la expansión del virus, concienciar para que no salgan de casa, que no puedan ver el sol o que no puedan abrazar a su hijo o a su nieta. Aún así, con todo lo vivido, y a pesar de sus avanzadas edades que en ocasiones derivan en enfermedades que dificultan o impiden la comprensión, o que les llevan al final de sus vidas, han mostrado la fortaleza y valentía necesarias para que junto a sus lecciones aprendidas en el pasado de una comunidad unida, puedan atrincherarse en el campo de batalla ``todos a una´´, siguiendo escrupulosamente las normas y recomendaciones dictadas por las Autoridades Sanitarias para frenar las avanzadas del Virus. Unión, sentimiento de comunidad, educación, respeto y compromiso con la sociedad son algunos de los valores que han guiado a estas generaciones a lo largo de sus vidas.

Todo lo contrario se puede afirmar de la mayoría de personas jóvenes. Aquellos que nacen con un teléfono inteligente debajo del brazo. Esos que aún con escasez de

recursos, se ven envueltos en la abundancia. De ello ya se encargan las políticas sociales que el gobierno ejecuta, ampara y amplía cada vez que tiene oportunidad en actos de propaganda de intenciones. En definitiva aquellos jóvenes, a veces políticos, que viven de las rentas que un día consiguieron los mayores con sudor, lágrimas y a base de trabajo, sacrificio y hambruna.

Ambas generaciones comparten un mismo sentimiento. Comunidad. Pero bien es cierto, que en el caso de los más jóvenes, está siendo utilizado para ir en contra de las normas que dictan las Autoridades Sanitarias para hacer frente al virus, pues se formaliza en reuniones sin ningún tipo de protección, celebración de fiestas privadas en las que el alcohol hace olvidar cualquier tipo de recomendación, o para hacerse fuertes, plantar cara y hasta en ocasiones ejercer la violencia frente a quien intenta velar para que las normas se cumplan escrupulosamente en beneficio de toda la sociedad, careciendo de la educación y el respeto con los que sus antecesores consiguieron todo lo que hoy disfrutan. Son jóvenes, y ``nada les va a pasar´´. Al mismo tiempo que disfrutan de todos aquellos derechos, no obligaciones, que ayer consiguieron sus mayores, se lo agradecen llegando a casa con una buena carga viral por no cumplir las normas y recomendaciones establecidas, enseñándole así el camino a un final de vida marcada por el sentimiento de fortaleza y unión de una comunidad para hacer frente a los mayores desafíos que a día de hoy pueda enfrentarse el ser humano. La guerra y la enfermedad.

Por tanto, ¿Con la evolución del ser humano retrocede su inteligencia?

Queda mucho que aprender. Tenemos mucho que aprender.

Florencio Garrido.

Policía local

Etiquetas
Publicado el
9 de septiembre de 2020 - 11:00 h