La fragilidad del tiempo
A veces damos por sentadas demasiadas cosas: la amistad, el amor, la presencia de ciertas personas en nuestra vida, e incluso la propia vida. Y quizá lo hacemos porque las hemos conocido durante mucho tiempo, porque hemos crecido con ellas o porque hemos aprendido a asociar su existencia con la nuestra. Y así, casi sin darnos cuenta, convertimos la costumbre en una certeza y la continuidad en una promesa. Pensamos que, porque algo ha formado parte de nuestro pasado y sigue formando parte de nuestro presente, necesariamente estará también en nuestro futuro.
Pero la vida no nos debe esa continuidad. El tiempo, en su fragilidad, rompe con esa idea de eternidad que tantas veces construimos para sentirnos a salvo. Nos recuerda que nada está verdaderamente garantizado, que las circunstancias cambian, que las personas toman caminos distintos y que incluso aquello que un día nos pareció inamovible puede terminar convirtiéndose en un recuerdo. Porque todo cuanto existe está sujeto al tiempo, y el tiempo no hace excepciones.
El sentimiento de amar nunca desaparece del todo. Muy probablemente sigamos queriendo a alguien mucho después de haber dejado de hablar con esa persona, mucho después de que sus mensajes dejen de aparecer en nuestra pantalla o de que su voz deje de acompañar nuestros días. Y es que hay sentimientos que sobreviven a las circunstancias, pero… las personas somos finitas, las conversaciones, las llamadas, los abrazos, las oportunidades de decir algo que llevábamos tiempo guardando también lo son.
Y quizá sea precisamente ahí donde reside una de las grandes contradicciones de la existencia: somos capaces de imaginar un futuro infinito, de hacer planes como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo y de posponer conversaciones; y, mientras tanto, la vida sucede, simplemente avanza, incluso cuando nosotros seguimos convencidos de que aún tenemos tiempo.
Tal vez por eso necesitamos aprender a desprendernos de esa falsa sensación de control con la que intentamos ordenar la vida. Queremos saber qué va a pasar, cuánto durará lo que tenemos, quién se quedará a nuestro lado y qué será de aquello que hoy nos hace felices. Nos cuesta aceptar que hay preguntas que no tienen respuesta y situaciones que, por mucho que nos empeñemos, no dependen de nosotros. Queremos controlar el tiempo, anticiparnos a las consecuencias de cada acto, evitar que las cosas cambien. Pero ¿Desde cuándo nos pertenece aquello que intentamos retener?
Hay algo profundamente estoico en aceptar que no todo está en nuestras manos. No podemos controlar el curso de los acontecimientos, las despedidas que no esperábamos, ni la duración de aquello que amamos. Tampoco podemos regresar al pasado para corregir una palabra, tomar una decisión distinta o aprovechar una oportunidad que dejamos escapar. Lo único verdaderamente nuestro es la manera en que respondemos a lo que sucede, la actitud con la que afrontamos lo inevitable y el uso que hacemos del tiempo que todavía tenemos.
Pero aceptar esto no significa resignarse, dejar de luchar por lo que queremos o renunciar a nuestros sueños. Sería absurdo interpretar la aceptación como una invitación a vivir sin rumbo, sin aspiraciones o sin propósito; porque los sueños también forman parte de la vida y son una manera de imaginar lo que todavía no existe, de encontrar motivos para caminar hacia ello. Necesitamos proyectos, deseos y “ojalás” porque la vida también se construye con esa esperanza que nos empuja hacia delante.
No hay nada malo en desear que el pasado hubiera tomado otro rumbo. Lo peligroso es reducir nuestra existencia a todo aquello que no ocurrió, o por el contrario a lo que ocurrió y desearíamos cambiar con todas nuestras fuerzas. La vida que pudo haber sido siempre tendrá algo de tentador, porque en nuestra imaginación no conoce las dificultades de la realidad. En ella, las conversaciones terminan como nos habría gustado, las personas siguen a nuestro lado siempre, las promesas encuentran la forma de cumplirse, y las historias encuentran el desenlace que habíamos preparado para ellas. Pero esa vida no existió. La nuestra, con sus aciertos, sus errores, sus encuentros y sus pérdidas, es la única que verdaderamente hemos tenido.
Quizá no podamos decidir cuánto durará una amistad, quizá nunca consigamos desprendernos por completo de la nostalgia. Somos humanos, y una parte de nosotros siempre mirará hacia atrás, pero no tenemos por qué construir allí nuestra vida. Nuestro tiempo es demasiado limitado como para entregárselo, sin medida, a aquello que nos roba la paz; y aceptar esta finitud de la vida y del tiempo no debería volvernos más temerosos, sino más conscientes. Hay una diferencia enorme entre vivir con miedo a la pérdida y vivir con conciencia de ella: el miedo nos lleva a aferrarnos, la conciencia, en cambio, nos invita a estar presentes y valorar lo que tenemos.
Porque el tiempo es finito, pero eso no significa que nuestra vida tenga que estar gobernada por la urgencia, el miedo o el arrepentimiento. Significa que merece la pena elegir con cuidado a qué entregamos nuestros días. Y quizá honrar la vida no consiste en conseguir que nada cambie, que nadie se marche o que todo salga como soñamos, sino en haber sabido amar lo que tuvimos, aceptar lo que perdimos y seguir encontrando razones para amar lo que todavía tenemos. Este es nuestro regalo y por eso se le llama PRESENTE.
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