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A Ernesto Caballero

Ernesto Caballero

Blogópolis Opinión / Alba Doblas Miranda / Secretaria Provincial del PCA Córdoba

20 de octubre de 2026 19:53 h

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He tardado mucho en escribir unas palabras para Ernesto. Quizás fuera por la enorme grandeza de su figura, o quizás por saber que no puedo estar a la altura de las hermosas palabras de despedida que su hijo Julián le dedicó en su entierro, haciendo que lo personal fuera político una vez más.

Como dijo su hijo, sobre todas las cosas, fue una buena persona. Bueno con su familia y bueno con sus semejantes. Bueno y muy justo, pues fue su sentido de la justicia lo que le hizo trabajar por traer la democracia a este país, sin servirse nunca del odio, arriesgando su propia vida, siendo perseguido, encarcelado e incluso torturado por no delatar a quienes trabajaron con él por ese mismo fin.

Ernesto Caballero fue la encarnación del comunismo cordobés, el que hizo diferente esta provincia y la trajo a ser uno de los principales bastiones del PCE. Sin embargo, su humildad comunista hizo que, al contrario de otras figuras, quedara situado en un segundo plano, sin alharacas, ni grandes homenajes, sin que esté presente en estados de wasap o redes, no por falta de grandes mensajes, sino porque huyendo del personalismo, lo más importante fue siempre el Partido.

Fue la encarnación de ese comunismo que sabe que lo importante es lo colectivo y que por ello mismo lleva en su esencia la disciplina, esa palabra tan denostada que es la base del trabajo en equipo y de la unidad de objetivos, la que determina la ausencia de egos para situar por encima de todo la decisión comunitaria, la que huye de razones personales para razonar entre todas y todos, la que nos enseña que el error de uno puede enmendarse con el acierto colectivo. Supo siempre que lo importante no era él, su familia o su barrio, sino la humanidad entera, y de eso sabía mucho también Teodora, su mujer, que sobrellevó largos años de ausencia con la mirada puesta en lo que estaba en juego, más que en su interés personal o familiar.

En estos días de preparación de huelga general y elecciones generales hay que tener presentes a ambos frente a tantos y tantas que se erigen en salvadores de la izquierda, sin correr riesgos, sin mover un dedo por levantar a las masas, sin hacer lo imposible por unificar listas o haciendo precisamente lo imposible por salvaguardar siglas. No en vano aprendió Ernesto, de la mano de Marcelino Camacho con quien compartió celda, la diferencia entre lo urgente y lo necesario.

Desde esa conciencia y disciplina pudo ser Secretario Provincial del Partido Comunista durante 30 años, en la clandestinidad y fuera de ella, y fue fundador de Izquierda Unida Convocatoria por Andalucía, Diputado autonómico, Diputado en el Congreso, sindicalista, dirigente vecinal y activista en mil causas.

Esta buena persona me convenció para ser Secretaria Provincial del Partido Comunista y me enseñó a serlo. No dudé nunca en consultarle y contar con su experiencia y él, con muchos reparos y modestia (no quería, según decía, ocupar espacios que no le correspondían), no dejó de compartir conmigo sus opiniones sobre cómo actuar en cada momento.

Siempre estuvo acertado, pues tenía el conocimiento de la historia política de esta ciudad y esta provincia, conocía sus gentes y sus dirigentes, sabía cómo se gestaron sus instituciones y de dónde provenía cada cual y había participado en todos y cada uno de los pasos democráticos hasta llegar donde estamos.

A él y gente como él, le debemos que esta ciudad fuera un modelo de participación ciudadana, y Ayuntamientos que no se conformaron con una democracia formal poniendo en práctica una Constitución social que proclamaba la intervención económica y el servicio público y que, en esa línea, crearon empresas municipales de bienes y servicios básicos, del agua, de la vivienda, de los saneamientos, de los cementerios y del transporte, haciendo que pertenecieran a todos, hicieron un urbanismo de la gente frente a las grandes empresas inmobiliarias, y construyeron una ciudad para sus habitantes evitando la especulación.

Por todo ello sorprenden las ausencias en su entierro. Miro al pasado y veo el respeto que desde todo el arco político se ha tenido siempre por las grandes figuras que han fundado la democracia en este país, incluso desde la derecha. Pero desgraciadamente veo que hay un grado inmenso de incultura en nuestros gobernantes actuales, que no se han dignado a cursar ni unas simples palabras de pésame. Resulta imperdonable en la izquierda, e inaudito en la derecha, aunque no se puede esperar más de un Alcalde al que no se le ha visto ni ir al entierro de sus compañeros de corporación. O quizás no sea tan asombroso en una derecha cada vez más embrutecida y ultra, que busca la dictadura más que la democracia por la que luchó Ernesto.

Recordar a Ernesto es recordar el horror de un golpe de estado, en qué lado se sitúa cada cual en la historia, acabar con el blanqueo de los genocidios y las dictaduras, con los eufemismos y la hipocresía y tener conciencia de clase ahora que tanta falta hace. Por eso mismo sigue resultando tan peligroso, que mejor, tratan de olvidarlo. Afortunadamente, tus camaradas no vamos a consentir el olvido.

Para cerrar este pequeño homenaje quiero volver a sus memorias (recogidas en dos magníficos libros “Vivir con memoria” y “La Democracia inconclusa” que cualquier dirigente político debería leer) y recordar al niño que tenía miedo al lobo y, sin embargo, cumplía con su deber de pastor para, desde la más tierna infancia, contribuir al sustento de su familia; y recordar al adulto que se enfrentó a todos sus miedos, a los lobos más terribles, para procurarnos a todos y todas un futuro mejor.

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