Cuartel de mujeres
Han pasado dos mil años desde que las mujeres ejercieran la política en las tierras de labranza, movieran la arena política de los tiestos de los patios y jardines, porque las mujeres, ni en la Grecia Clásica ni en el siglo XXI, han tenido un ágora en el que participar, espacio reservado a los guionistas de la historia. Relegadas a los gineceos, allí cultivaron sus plantas y sus hijos, las cosechas o la crianza, pero también las relaciones que unían a las esposas de familia con las sirvientas, a las mujeres libres con las esclavas, a los hijos con otras mujeres que no eran sus madres, porque tenían el área común de estar apartados, vivir al margen. Una forma de crianza y vida que no pasaba por los lazos sanguíneos. Ahora, que cada vez nos necesitamos menos con el individualismo, pero con dosis de pastillas, recuerdo que ninguna de aquellas mujeres con las que me crie en un cuartel de la Guardia Civil tomaba antidepresivos. Se ayudaban con los principios activos de relacionarse igual que las plantas.
A menudo he vuelto a esta imagen y me he preguntado cuántas madres he tenido. Me resisto a pensar que sólo existió una. Crecí en un contexto femenino, dominado por mujeres que preparaban en común los avíos, porque la mayor preocupación de cada día era poder dar de comer en los años ochenta. Donde, entre chascarrillos, se tendía el vuelo nervioso de las sábanas en un patio aledaño, y podían escucharse los pájaros. Donde las madres compartían remedios para los males crónicos de la vida. Donde a veces dormíamos en la casa de la vecina sin el reconocimiento de los apellidos, y aprendíamos tras una puerta u otra a comprar el pan, fregar los platos, ayudar en los quehaceres cotidianos y a leer en voz alta. Volcados, si cabe, en una crianza comunitaria que, de alguna manera, era la forma de compensar el afecto que probablemente nadie encontraba en un hombre. La vida que vivíamos era tan irreal como cantar torre de arena en un cuartel de la guardia civil.
Y si recuerdo, al que vuelvo tan a menudo, es porque me envuelve la inmensidad de la luz de aquel patio de vecinas. Cierro los ojos y veo macetones, quiero pronunciar alguna palabra y aparecen vainas. Y parias. Verdes, por todos lados. Yo lo era. También lo eran aquellas madres glamourosas vestidas con combinaciones florales, incluso lo fue Flora Tristán, porque la precariedad, no sería justo hablar de pobreza, y la segregación marcan la sensibilidad de los seres humanos.
Al final de la vida, queda la verdad de la memoria, más cercana a la poesía que a la historia. Todas las mujeres tienen algo de Flora desde su condición de paria, todas las Floras tienen algo de Penélope desde su espera, toda espera tiene su esperanza de poder cambiar algo, quizá desde un patio o desde los márgenes de una casa, «las proletarias de los proletarios» profetizaban un mañana que necesariamente debía pasar por el afecto incondicional, que me parece con el tiempo una palabra más adecuada que la emancipación. La humanidad, más que la familia.
A mis madres. Parias, labriegas, filósofas, vecinas, sirvientas, poetas y mujeres cuyos lazos, quizá, hayan servido de experimento pedagógico para la crianza. El pegamento que cualquier sociedad necesita, y no dudaban en compartir su sabiduría. De mi madre Conchi lo aprendí casi todo, pero la mujer del capitán, me enseñó a atarme los cordones y a levantarme después de llorar; Carmen, a escuchar, aunque ella era sordomuda. Frasca modeló mi espíritu matemático, porque las lentejas y el amor se pueden contar a granel. Socorro condujo mi educación a las plantas durante los paseos por la dehesa, y Ori entendió mi determinación de que todo hombre tiene que aprender a coser con el punto atrás. La idea de que la felicidad consiste en cambiar de tierra los tiestos y quitar las hojas marchitas para que otras florezcan.
Nos cuesta imaginar una vida sin ti, Teresa Quintero, marquesa de la calle Marina, matriarca y posmoderna, elegante torre de arena. Nos enseñaste a mirar el océano, y que a la mar hay que pedirle permiso antes de nadar.
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