Demetrio vs. Oliver

Esta semana hemos podido asistir al mejor inicio de la Cuaresma que recuerdo; al menos, la más simbólica. La muerte de don Carnal, su locura, su desmesura y su alegría deja paso a la terrible doña Cuaresma, con su rigor y sus penumbras, con sus ayunos, su monotonía, sus vigilias con bacalao y su susto de Contrarreforma.

Nada mejor representado que en dos textos, dos epístolas, bien recientes; por un lado, la carta pública del eminente neurólogo y estupendo escritor Oliver Sacks anunciando que un cáncer terminal va a acabar en breve con su prolífica vida; por otro la última pastoral del obispo de la diócesis de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, titulada Cuaresma: lucha contra Satanás.

En su carta, Sacks dice que siente gratitud por lo vivido, que va a tratar de "evitar lo superfluo" en lo que le quede de vida y que ha sido, por encima de todo, "un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta y que en sí -todo esto- ha sido un enorme privilegio y una aventura".

En su pastoral, monseñor Fernández nos dice que Satán existe y "mantiene una lucha sin cuartel intentando continuamente apartarnos de Dios con mentiras, engaños y señuelos", y nos recuerda que "la diócesis de Córdoba cuenta con un número de sacerdotes dedicados al ministerio de expulsar al demonio de quienes padecen posesión o influjo diabólico: son exorcistas".

Yo he disfrutado y aprendido -y seguiré haciéndolo- con la "literatura clínica" de Sacks, con los cuentos basados en casos médicos reales llenos de esperanza, de sinestesias, de divertidas paradojas de nuestros sentidos (Despertares, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Un antropólogo en Marte...) o con sus memorias de niño fascinado por la ciencia -y refugiado en ella- mientras los nazis bombardeaban su Londres natal publicadas bajo el título de El Tío Tungsteno.

Y seguiré soportando, bastante pasmado, las extrañas cosas que comunica Demetrio Fernández a su grey, desde su posición frente a la violencia de género -que, según él, no existe- hasta su advertencia de que existe Belcebú pero que dispone de una patrulla de X-men exorcistas con alzacuellos para expulsarlo de por aquí, por no hablar de su vocación de gestor inmobiliario.

En fin; que Oliver me produce alegría y que Demetrio me mueve al cachondeo, que no es lo mismo.

La lúdica luz del conocimiento frente a las tinieblas de la superchería majareta.

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22 de febrero de 2015 - 02:00 h