Pablo Pérez: “La investigación en biomedicina ha puesto a Córdoba en el mapa internacional”

Entrevista N&B a Pablo Pérez, director del IMIBIC

Cuesta cuadrar agendas para sentarse a charlar con Pablo Pérez (Córdoba, 1973), catedrático de Medicina de la Universidad de Córdoba y director científico Instituto Maimónides de Investigación Biomédica de Córdoba (Imibic), ese milagro científico cordobés, tan en boca de todos en las últimas semanas por el famoso y pionero proyecto del calcifediol, un medicamento que se administró con resultados prometedores a los pacientes de coronavirus durante la primera oleada de casos, hace casi un año.

Que tuviera que venir un parlamentario británico a resaltar las virtudes investigadoras de este centro cordobés tiene un punto tragicómico, aunque, como quedará patente durante esta larga entrevista, en el Imibic están acostumbrados a relacionarse a nivel internacional mientras la ciudad que habitan sus investigadores vive un poco ajena a los tubos de ensayo y las hojas de cálculo que estos manejan.

Así ha sido siempre. También cuando el Imibic lo dirigía Francisco Pérez, su primer gerente y padre del actual director. En cuanto a Pérez, a pesar del esfuerzo organizativo, acaba entregado a la conversación con el periodista, sobre todo cuando la charla se desplaza hacia temas de nutrición, su pasión y el campo de investigación donde más ha brillado su tarea investigadora, como atestigua su reciente Premio a la Investigación de la Fundación Jesús Sierra.

En España se hace ciencia de excelencia y es importante que nosotros mismos nos lo creamos

PREGUNTA. Lo del calcifediol ha sido un win win informativo del Imibic. Seguro que os ha llegado incluso a extrañar. ¿Por qué crees que ha ocurrido esto?

RESPUESTA. Bueno, realmente es un estudio que se realizó muy al principio, con unos resultados espectaculares desde el punto de vista clínico. La vitamina D, al final, es un medicamento, un inmunomodulador, que lo que consigue es que la principal complicación que tiene la enfermedad de la Covid, que es el síndrome respiratorio agudo, disminuya de tal forma que los pacientes no tuvieran que ingresar en las unidades de cuidados intensivos. Eso, desde el punto de vista clínico, es un resultado muy importante. Y en ese momento, ya digo, no teníamos ningún otro fármaco ni otra medida que ofreciera este beneficio. ¿Qué ocurre? Que fue un estudio piloto que incluía un número muy limitado de pacientes y en la medicina hay que confirmar los resultados preliminares con ensayos clínicos, que son ensayos más robustos, desde el punto de vista del diseño. ¿Me puedo enrollar, no?

P. Sí, sí. 

R. Desde el punto de vista del diseño, lo que se hace es que, a un grupo de personas se le da el producto que queremos estudiar o que entendemos que va a ser beneficioso para curar o prevenir una enfermedad, y a otro grupo de personas, con las mismas características, se les da un producto que llamamos placebo. Se sigue un tiempo y se ve qué ocurre con uno y con otro. Y eso, realmente, lo estamos desarrollando ahora, pero todavía no tenemos la confirmación de los resultados o los beneficios del calcifediol.

P. Y, sin embargo, fíjese, ha despertado un sentimiento de esperanza enorme.

R. Lo que ocurre es que nos encontramos en un momento de pandemia y la comunidad científica necesita fármacos para tratar a sus pacientes. Se produce una explosión, a nivel de prensa y comunicación, que hace que tenga más repercusión de lo que hay de evidencia científica. ¿Qué tiene de bueno? Que este fármaco, a diferencia de otros muchos, no tiene efectos secundarios. Siempre que sea prescrito por un médico, no cuando un ciudadano se lo toma por su cuenta. En cualquier caso, en la enfermedad de Covid, como con otras enfermedades e incluso en la población en general, suele existir un déficit de vitamina D. Este estudio lo que demuestra es que si repones la falta de vitamina D que tienes al principio puedes conseguir que la enfermedad no evolucione tan favorablemente.

P. ¿Esa es la manzana que le cae a alguien en la cabeza? ¿A quién y cómo se le ocurre? 

R. Bueno, en este caso, el doctor Quesada tiene la idea y me la transmite. Nuestro equipo de investigación, con el doctor López Miranda y el profesor Entrenas, son los que realmente luego ponen en marcha el estudio en el hospital. Al final, el proyecto del calcifediol es un ejemplo de lo que es la investigación traslacional y del sentido que tienen este tipo de centros. Se genera una pregunta clínica, se tiene una idea, se dice vamos a probar un medicamento, se hace un estudio y se intenta dar respuesta ante este problema de salud. Pero hay que aclarar que el problema se plantea en el Hospital Reina Sofía y se investiga y se devuelve con la respuesta al hospital.

El proyecto del calcifediol es un ejemplo de lo que es la investigación traslacional y del sentido que tienen este tipo de centros

P. Esto me parece fascinante porque ocurre en un momento, al inicio de la pandemia, donde todo el mundo iba como pollos sin cabeza. Y que haya un médico que se pare a reflexionar y a pensar en algo así…

R. Efectivamente. Esa es la ciencia. La ciencia surge para dar respuesta a un problema de la sociedad. En el caso de la salud, la ciencia va dirigida a resolver los problemas de salud.

P. Hay una cuestión que me resulta muy curiosa, que es que este proyecto no explota informativamente hasta que se menciona en Gran Bretaña.

R. Efectivamente. Eso es algo que pasa muchas veces en España. Y ya no hablo de este estudio en concreto, sino por mucha ciencia que se desarrolla en nuestro país y que realmente no se pone en valor. En este sentido, yo creo que en España se hace ciencia de excelencia y es importante que nosotros mismos nos lo creamos y seamos capaces de vender este producto. Porque, cuando los estudios de similares características a este vienen de fuera, tienen muy buena acogida. Así que yo creo que el posicionamiento actual de la investigación en España está al nivel de cualquier otro país. Otro tema es si hablamos de financiación. 

P. Ahora lo vamos a hacer.

R. Realmente, cuando hablas de talento y de posicionamiento científico, el investigador español está al máximo nivel. Y sobre todo en el tema de salud, que es el ámbito que yo mejor conozco.

P. Es curioso porque hace unos días publicaron un estudio en The Lancet sobre los efectos de este medicamento, aunque posteriormente lo han quitado. ¿Con la ciencia siempre hay que ir con pies de plomo no?

R. Efectivamente. Lo que se está revisando es si el diseño del estudio se había realizado de forma correcta, porque este tipo de estudios, muchas veces adquieren robustez en sus resultados en función de cómo se haya hecho el diseño. Si tantos pacientes han ido a este brazo, si han ido a este otro brazo… Es decir, que sea un buen diseño va a determinar que la calidad del resultado permita que luego lo implantemos en nuestra práctica clínica. Esto es algo que no pasa normalmente con otras disciplinas. Pero es cierto que en medicina, el rigor científico que existe en la actualidad, por la repercusión que tiene, es muy alto. Y, por lo tanto, necesitamos una evidencia muy alta tanto de seguridad como de eficacia para demostrar las evidencias de los estudios clínicos preliminares y poder trasladarlo al paciente. Hay que comprobar al máximo nivel que el fármaco sea seguro y eficaz.

El principal logro del Imibic en este año ha sido trasladar a los cordobeses que la investigación que se hace aquí es capaz de dar una respuesta rápida a los problemas de la sociedad

P. Esa es otra cosa que me gusta mucho de los científicos: que, al contrario de la sociedad que anda a la gresca, nunca se molestan si les llevan la contraria. La ciencia vive de refutar y mejorar sus hipótesis. 

R. Sí, así es la ciencia. Ese es el compromiso del científico con la investigación.

P. ¿Cómo se podría beneficiar económicamente el Imibic de una investigación como ésta cuando se confirmen los resultados?

R. Bueno, realmente, al ser un medicamento que ya se encuentra en el mercado -el calcifediol no se ha desarrollado en el instituto-, realmente el retorno económico que pueda tener es mínimo. ¿Qué ocurre? Que, al final, a este medicamento se le está buscando una aplicación diferente a la enfermedad para la que se patentó y se indicó. Entonces, no visualizo que el retorno económico vaya a tener ninguna importancia. 

P. Es, entonces, una cuestión de prestigio.

R. Lo que sí tienes es prestigio. Porque, al final, lo que traslada es la calidad de la ciencia que se hace en el instituto y la capacidad de nuestros investigadores para dar respuesta rápida a un problema que existía en ese momento. Al final yo creo que el principal logro del Imibic en este año ha sido trasladar a los cordobeses que la investigación que se hace aquí es capaz de dar una respuesta rápida a los problemas que tiene la sociedad. Eso, probablemente, no se conocía antes de la pandemia, cuando la sociedad cordobesa solo sabía que había un edificio moderno y atractivo al lado del Reina Sofía donde se hacía investigación. Esto ha sido un efecto secundario de los pocos positivos que ha tenido la pandemia. 

P. Es curioso porque los que trabajamos en comunicación estamos hartos de dar noticias positivas de investigaciones del Imibic o de la Universidad, pero luego cuesta mucho que eso cuaje en un imaginario popular que relaciona la ciencia con la fuga de cerebros y talentos. 

R. Sí. Desde que estoy en la dirección científica intento trabajar todos los aspectos relacionados con trasladarle eso a la sociedad, que conozca lo que hacemos en el Imibic. Y en este sentido, otra de nuestras obligaciones es educar en salud a la sociedad. Probablemente, si pedimos a la mayoría que nos digan el nombre de tres científicos españoles, no podrían decirlos. Pero si le preguntamos por tres actores, tres políticos, tres futbolistas… Eso sí. La sociedad no pone en valor a la ciencia. Y creo que la Covid ha despertado cierto interés en la ciencia que debemos aprovechar para conseguir que cuaje, que las instituciones sean sensibles ante ello y logremos, entre todos, que esto no sea pasajero. Que, dentro de un año, cuando todos tengamos la posibilidad de vacunarnos y este miedo que hemos tenido desaparezca, sigamos viendo a la ciencia en su justa medida. Por eso digo que uno de mis objetivos en esta institución es acercarla a la ciudad de Córdoba.

La Covid ha despertado cierto interés en la ciencia que debemos aprovechar para conseguir que cuaje

P. Eso implica, también, hablar con otro lenguaje, a veces. Hacer tangible lo intangible.

R. Nosotros estamos poniendo en marcha algunos proyectos de ciudad junto con el Ayuntamiento, el Imdeec y la Universidad de Córdoba, con la idea de impulsar una incubadora capaz de atraer o crear empresas que trabajen en biomedicinas y que esto haga crecer económicamente a la ciudad. Porque hay muchos datos que la gente no conoce: en el Imibic trabajan 400 personas. Y la edad media de los trabajadores es de 37 años. Probablemente, el Imibic sea la institución de Córdoba que más gente joven emplea. Eso es talento, valor e ilusión. Esto es algo que la ciudad debe conocer. Tiene que saber que en este tipo de institutos se hace una investigación clínica, una investigación aplicada y que la población de Córdoba, los cordobeses, son los primeros beneficiados de eso. 

P. ¿En qué sentido?

R. Te pongo un ejemplo: este año tenemos a más de 1.000 pacientes en tratamientos avanzados del cáncer que, si no existieran este tipo de centros, probablemente no se beneficiarían. Estos estudios con fármacos en desarrollo permiten alargar la supervivencia y la calidad de vida del paciente con cáncer. Y ese tipo de estudios y ensayos clínicos los atraen este tipo de institutos que repercuten directamente en la sociedad, como se puede comprobar. Esos matices, a veces, no los llegan a entender ni los propios pacientes. 

P. Los jóvenes que trabajan aquí, ¿qué encuentra laboralmente en el Imibic? ¿Qué le distingue del resto de centros?

R. Bueno, yo creo que el Imibic, cuando se conforma, tiene una serie de ventajas frente a otros cientos de este tipo. Y fundamentalmente, y puede parecer banal, una de ellas es su localización. Este instituto tiene un edificio físico localizado a unos metros del Reina Sofía. También hacemos investigación en Atención Primaria, que eso es un punto muy importante. Pero esta cercanía permite que se haya creado un espacio abierto que ya podemos decir que ha sido un modelo de éxito y que ha conseguido que, al final, investigadores de toda naturaleza, incluidos los más experimentales, colaboren con investigadores clínicos -médicos, enfermeros-. Al Imibic siempre lo defino como un proyecto colaborativo. Aquí se crea una sinergia que acaba multiplicando el talento de unos y de otros. Y esto, al final, está permitiendo que el Imibic tenga un crecimiento inteligente, sostenible e integrador. Eso es lo que yo creo que ofrece el Imibic a una persona joven. Y ahora, gracias a los recursos de la Unión Europea, hemos conseguido un programa de captación de talento y de investigadores extranjeros que se están incorporando al instituto. Hablamos de personas jóvenes que tienen una formación potente y que vienen desde el Reino Unido, Estados Unidos o la India. Es decir, estamos posicionando el Imibic a nivel internacional. 

P. Y en el día a día, ¿qué perciben estos jóvenes? 

R. Ellos lo que transmiten es su ilusión por desarrollar proyectos nuevos. También se percibe la competitividad porque este tipo de centros son muy competitivos. Prácticamente el 60% o el 70% de los recursos se consigue con financiación competitiva. Es decir, este tipo de centro es muy barato para las instituciones. Es verdad que su apoyo es fundamental, pero también esa competitividad hace que consigamos muchos recursos competitivos. Esto es como una rueda. Cuanto mayor es el talento, cuanto mayor es la calidad de tu investigación, cuanto más llega al paciente… Todo eso se traduce en captación de más fondos y en la posibilidad de trazar alianzas y colaboraciones. Todo esto es lo que está consiguiendo que el Imibic crezca y lo que lo está posicionando a nivel internacional. 

Probablemente, el Imibic sea la institución de Córdoba que más gente joven emplea

P. ¿Diría que el Imibic ha sido un antes y un después en el sistema sanitario cordobés?

R. Completamente. Creo que este tipo de institutos biosanitarios, que dependen del Instituto de Salud Carlos III, no son tan habituales. Le pongo un ejemplo: en Andalucía hay cuatro. Pero es que en Castilla-La Mancha no hay ninguno. En Extremadura no hay ninguno. En Castilla y León hay uno. Eso es importante que la sociedad cordobesa lo sepa: el Imibic es un ave raris y que, probablemente a nosotros, como tamaño y tipo de ciudad, no nos correspondería tener algo así porque la mayoría de este tipo de institutos está en la Comunidad de Madrid y en Cataluña. Y esto, junto con la estructura de trabajo colaborativo que puso en marcha el Carlos III, han sido lo que ha permitido dar un salto cualitativo en la investigación en salud que se realiza en España. La investigación en biomedicina ha puesto a Córdoba en el mapa internacional. 

P. Estaría bien transmitir la idea de que esto está lleno de Nadales. 

R. Efectivamente, que hay que cuidar, que tenemos que mimar e intentar retener. Más allá de que, en temas de investigación, es muy positivo que los investigadores salgan fuera.

P. Siempre que se pueda, es súper positivo para todo el mundo salir fuera.

R. Dentro de la carrera del investigador es fundamental, primero, que realicen su tesis doctoral pero luego, que pase un periodo de formación postdoctoral en el extranjero. Eso es súper importante para enriquecerse de otras culturas, de otras formas de hacer ciencia, de otros recursos, de otras técnicas… Todo un conocimiento que luego vuelva a su casa madre para que la sociedad cordobesa que empezó invirtiendo en ellos se beneficie. Y en este sentido, sí que quiero diferenciar dos perfiles de investigadores: el más experimental y el clínico, es decir, el médico. Es muy importante que el médico haga investigación porque es el que está más cerca del paciente. Al final, los médicos y los enfermeros son generadores de ideas. Por tanto, tenemos que entender y cuidar la carrera del médico investigador. Muchas veces no se potencia la investigación en la carrera porque el ser médico ya tiene otro tipo de salidas. En este sentido, las instituciones nos tienen que apoyar. 

P. ¿Y lo están haciendo?

R. Bueno, creo que Andalucía en eso es un ejemplo. Existen figuras que solo existen en nuestra comunidad: lo que se denominan investigadores clínicos; médicos que parte de su tiempo lo dedican a la asistencia y parte de su tiempo lo dedican a la investigación. Eso no existe en otras comunidades autónomas. En este ámbito, el papel del Imibic ha sido muy importante porque ha profesionalizado el impulso investigador del médico clínico. Eso es lo que ha permitido que podamos crecer y compararnos con centros semejantes de países que invierten mucho más en investigación. 

Este tipo de centro es muy barato para las instituciones

P. Qué tiempos tan extremos vivimos que, al mismo tiempo que ocurre esto, hay manifestaciones de negacionistas. 

R. Creo que el problema del negacionismo está muy relacionado con la falta de educación en salud que tenemos en España. Al final, hablamos de falta de reconocimiento del método científico. Creo que debemos de seguir trabajando -los científicos y los médicos- porque tenemos la obligación, incluso, de transmitir lo mejor posible lo que se está haciendo y la importancia de las cosas. El tema del negacionismo es complejo porque creo que entran factores muy diversos, pero creo que en el fondo lo que traduce es una falta de cultura científica. De una falta de educación, al final. 

P. Se mezcla el desconocimiento con una sociedad narcisista que es incapaz de reconocer que el hombre no es el centro del universo. 

R. Exactamente. Lo que ha puesto de manifiesto esta pandemia es que somos vulnerables. 

P. También hay otro falso dilema que ha surgido en las últimas semanas a partir del debate de la evasión de impuestos en el que el Imibic se podría utilizar casi como escudo porque es un centro que funciona razonablemente bien con dinero público. Pero, le pregunto a nivel general, ¿hay suficiente inversión en ciencia? 

R. Esto es una queja histórica. Siempre hemos considerado que la inversión en España es escasa, lo cual es cierto. De hecho, desde el año 2009 se invierte en torno a un 20% o un 30% menos en ciencia, mientras otros países de nuestro entorno, como pueden ser Alemania o Francia, están invirtiendo un 40% más. Personalmente no pienso que la queja reiterada haya logrado que las autoridades dediquen más a la ciencia. Y tampoco tengo demasiadas expectativas en que la pandemia lo vaya a cambiar. Así que yo lo que creo es que ahora deberíamos dedicar los esfuerzos a estudiar la posibilidad de implantar en nuestro país un modelo productivo diferente. Creo que ahora sería un buen momento para darnos cuenta de que tenemos que invertir en innovación y en biotecnología y que eso realmente va a repercutir en el crecimiento nuestro como país. ¿Por qué? Porque lo estamos viendo con la pandemia. Resulta que algo tan sencillo como quedarnos en nuestra casa hace que el país entre en quiebra mientras otros países no, porque sus modelos productivos les permiten levantarse mucho más rápido. Mi opinión, por tanto, es que el problema no está en poner más millones, sino en poner los millones en intentar modificar el modelo productivo que tenemos. 

P. Su padre nos dijo hace ahora siete años: “La investigación ha de ser rentable y el Imibic lo es”¿Lo sigue siendo?

R. Lo sigue siendo. 

El problema del negacionismo está muy relacionado con la falta de educación en salud que tenemos en España

P. ¿Cómo ha cerrado sus cuentas el Imibic en 2020?

R. El Imibic hace siete años tenía un presupuesto de cuatro millones de euros. Y actualmente tiene un presupuesto de 11 millones de euros. Es decir, que casi ha triplicado el presupuesto. Y lo ha hecho con atracción de proyectos de investigación internacionales y atracción de recursos humanos. Y, sobre todo, porque la investigación es rentable. Eso lo demuestran los estudios, que cuando inviertes en investigación X, tiene un efecto multiplicador. Así que sí, sigue siendo rentable. 

P. ¿Qué peso en esa rentabilidad tienen patentes como la del Robot Broca, por ejemplo? 

R. Bueno, creo que esa es, probablemente, un área de mejora, no ya de este instituto -que también-, sino de las propias universidades. Creo que en España tenemos en ese sentido mucho margen de mejora. Me refiero a la hora de trasladar a los científicos la importancia que tiene la cultura de la patente. Aunque se ha avanzado, creo que debemos dar un paso más: que esas patentes se licencien y se vendan a empresas para que realmente tengan un retorno económico. Creo que ahí está el punto.

Nosotros estamos trabajando mucho en la innovación tecnológica y en el desarrollo de prototipos que nos pueden permitir que ese paso de la patente, la licencia y la explotación sean más rápidos. Porque, en países como el nuestro, es muy difícil que desarrollemos fármacos. Un fármaco, desde que se inicia en el laboratorio hasta que se pone en la cama del paciente, cuesta de media 125 millones de euros. Y nuestro país, realmente, no tiene capacidad para ser potente en este sentido. Sí lo somos en colaborar para atraer este tipo de fármacos y probarlos en nuestros pacientes en estas fases más tempranas, en esta fase que yo hablo de la seguridad, de eficacia… Ahí sí somos competitivos. Y en ese sentido estamos dirigiendo parte de nuestros esfuerzos a desarrollar prototipos. Y eso es más fácil que llegue al mercado. 

P. Antes hemos hablado de su padre. ¿A usted le ha pesado ese antecedente a la hora de aceptar el cargo?

R. Bueno, realmente no me esperaba esto en la fase de mi vida en la que yo me encontraba. Pero bueno, cuando las instituciones me lo propusieron, lo acogí como un reto personal y con mucha ilusión. Mi padre, efectivamente, fue una de las personas que puso en marcha el Imibic, un proyecto que surgió con mucha incertidumbre. Yo, después de la labor del profesor Pérez Jiménez, de la labor científica de Justo Castaño, me encontré un producto maduro. Pero después vino la pandemia. Es cierto que he podido extraer cosas muy buenas de la propia pandemia, como he comentado. Pero bueno, esto es como un transatlántico que tiene su marcha y que ahora lo que queremos es intentar seguir creciendo.

P. ¿Por dónde?

R. Pues en todo lo que es innovación, la internacionalización. Todavía queda mucho por hacer. Estamos en una fase madura, pero todavía nos queda -o yo tengo el reto- de posicionarlo como uno de los grandes centros de investigación, centros pioneros, a nivel nacional y a nivel internacional. Ese es mi objetivo. 

Estamos alejándonos cada vez más del modelo de alimentación de la dieta mediterránea

P. ¿Usted podría haber sido otra cosa que un médico o un investigador?

R. Yo podría haber sido futbolista (se ríe). Si mi padre no hubiera sido médico, yo habría sido futbolista, pero los estudios eran más seguros. Esto no sé si hay que sacarlo o no (se ríe). Me gustaba mucho la arquitectura y también el diseño. Todo eso siempre me ha atraído mucho. Pero bueno, cuando tenía 17 años hice parte del High School en Canadá y allí había un colega de mi padre -que luego acabó siendo mi jefe-, el doctor López Miranda. Estuve en el edificio de investigación, probablemente uno de los más importantes que hay en EEUU, y a mí realmente me llamó mucho la atención. Luego empecé la carrera y coincidió con los primeros estudios de alimentación. Era cuando se intentaba identificar qué grasas eran saludables, si las del aceite de oliva u otras. Fue entonces cuando empezamos a ver que todos los factores asociados con el riesgo cardiovascular, como la presión arterial, el colesterol, la inflamación o la oxidación, mejoraban con el aceite de oliva. Eso me llevo a que, en el momento de empezar la residencia, volviera a ese mismo centro de investigación y a partir de ahí, con mi madurez, comencé a llevar a cabo mis propios proyectos de investigación en líneas relacionadas con la nutrición pero en aspectos diferentes.

P. ¿Por ejemplo?

R. Mi último proyecto es sobre el envejecimiento y va dirigido a analizar la conexión que hay entre el cerebro y el intestino. Para ello hemos seleccionado a un grupo de personas con deterioro cognitivo leve para intentar ver si un modelo de alimentación saludable impide que se desarrolle Alzheimer. Este proyecto estudia si modulando las bacterias que hay en nuestro intestino podemos conseguir retrasar la aparición de esta enfermedad. Estamos en la fase de analizar todos los resultados y es un proyecto interesante. Otro, que acabo de iniciar ahora, es uno de carácter más social. Porque sabemos que la dieta mediterránea es sana, pero estamos alejándonos cada vez más del modelo de alimentación de la dieta Mediterránea, por muchos motivos.

P. A pasos agigantados, diría yo.

R. Esto se ha visto en el confinamiento, cuando ha aumentado el peso de la población. El problema es que existen muchos motivos que hacen que nos alejemos de nuestro modelo de alimentación saludable. Este proyecto tiene un carácter social; pretendemos ver, en poblaciones vulnerables, cómo podemos educar a la población para que consuman una alimentación más saludable que consiga mejorar su riesgo cardiovascular. Y estamos implementando para ello las nuevas tecnologías o los nuevos canales de comunicación que hay. Porque, incluso en poblaciones más vulnerables, un móvil y el consumo de Coca Cola lo tienen todos. Hasta en el desayuno.

P. La bendita globalización.

R. Esto entronca con otro concepto nuevo: el de la alimentación saludable interplanetaria. Porque, en el concepto más moderno de la nutrición, tenemos que buscar un modelo de alimentación que sea saludable para las personas y para el planeta. Es decir, sostenible. En este sentido, el modelo de alimentación planetaria al final sería flexivegetariano: con muchas frutas, muchas verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos, con el aceite de oliva como grasa principal y en el que, además, limitemos el consumo de productos animales. Y probablemente este modelo sería muy parecido a la dieta mediterránea aunque con unas connotaciones diferentes, puesto que habría que buscar alimentos de cercanía o alimentos de temporada. Esto va a lograr que al final ahorremos agua, ahorremos combustibles fósiles y mitiguemos la sobreexplotación del planeta, y que, en definitiva, todo este redunde en un cuidado del medio ambiente. Entonces, este concepto, que todavía no está muy extendido a nivel social, tampoco lo está en la propia medicina. Y eso de que detrás de él hay un corpus científico muy potente. El objetivo es que, en el año 2050, se reduzca a la mitad la mortalidad de todas estas enfermedades crónicas no transmisibles, como son las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, las enfermedades respiratorias y la diabetes. Todas ellas está muy relacionadas con el estilo de vida y están muy relacionadas con la alimentación.

Después de la edad, el principal factor de riesgo para un mal pronóstico de Covid es la obesidad

P. Resumiendo: somos lo que comemos.

R. Efectivamente. Y así se ha visto con la pandemia de coronavirus. Fundamentalmente, el perfil de pacientes que más complicaciones y más mortalidad por Covid han tenido son aquellos que más tenían una serie de condiciones que le acompañaban. Y, entre ellas, después de la edad, el principal factor de riesgo para un mal pronóstico de Covid es la obesidad. Y después sus enfermedades asociadas: la hipertensión, la diabetes… 

P. Y, por otro lado, el propio confinamiento ha derivado en problemas de nutrición, a veces en pacientes sanos. Yo lo he visto especialmente en las residencias.

R. Efectivamente. En el caso de las personas mayores, esos problemas de malnutrición van acompañados de un problema de debilidad muscular, que se denomina sarcopenia, y que al final ha contribuido a que estas personas sean más vulnerables.

P. La dieta mediterránea sabemos que es saludable, pero ¿es sostenible?

R. La dieta mediterránea, en principio, debe ser sostenible siempre que se cumplan una serie de premisas. Esto es algo que se está investigando ahora. Porque, por ejemplo, hay un elemento clave en la dieta de mediterránea que es el pescado. Y el pescado, cuando hablamos de pescado de pequeño tamaño, lo que llamamos pescado azul -los boquerones, las sardinas, los jureles…-, son muy ricos en omega 3. Esto es un alimento muy saludable y está científicamente demostrado que así es. No tanto los pescados de mayor tamaño, como el atún, que son pescados que, al pasar más tiempo en el mar, pueden acumular mercurio. Y son, digamos, menos saludables, dentro de que el consumo de pescado es saludable. Lo que ocurre es que, las piscifactorías o la pesca de arrastre, no van a poder ser sostenibles desde un punto de vista del ahorro de queroseno, etcétera. Otro ejemplo: si nosotros consumimos cerezas o fresas en enero, cuando no se producen de forma natural por nuestro clima, y compramos las que vienen desde Chile, pues lo que es saludable, deja de ser sostenible. Un alimento deja de ser sostenible si se ha producido a varios de miles de kilómetros de nuestro entorno. Entonces, la alimentación mediterránea bien entendida debe ser sostenible, pero precisa trabajar en educación para la salud con el propio consumidor.

P. No querría despedirme sin que habláramos de esta polémica de los últimos días en torno al etiquetado de Nutriscore.

R. Efectivamente, Nutriscore es una forma de etiquetado que carece de base científica. Y cuando digo que carece de base científica es que no se ha realizado ningún estudio sobre la idoneidad de esa categorización de los alimentos. Y luego existen una serie de paradojas que desde el punto de vista científico son difíciles de asumir. Creo que al final va a confundir al consumidor. La cuestión es que, probablemente, habrá que trabajar en un modelo de etiquetado que informe al consumidor de cuáles son los productos más saludables. Pero habrá que hacerlo desde una base científica en la cual se incluyan a los expertos y no haya por detrás intereses comerciales. 

Nutriscore es una forma de etiquetado que carece de base científica

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28 de febrero de 2021 - 00:01 h