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David Moscoso: “El caldo de cultivo para la ultraderecha lo han iniciado partidos que se llaman progresistas”

Entrevista a David Moscoso

El Rey Heredia está cerrado, pero de sus ventanas sale aroma a cocina hecha con amor. Llamamos. Nos dicen que el centro ya sólo abre como comedor. No puntualizan. Hablan de comedor social, que es la principal actividad actual de este colegio público, que estaba cerrado y sin futuro hasta que la propia sociedad cordobesa se lo apropió hasta convertirlo en una especie de símbolo de la política post quincemayista. Así que pedimos un rato en su biblioteca para charlar con alguien que ha vivido en primera persona parte del vértigo de la llamada nueva política.

David Moscoso (Puente Genil, 1976) aparece a los pocos minutos y, cuando apenas ha andado un par de escalones, ya es celebrado por algunas de las personas que trabaja en el Rey Heredia. “Qué bueno verte, David. ¿Estás ya bien, no?”, le espetan. Moscoso, efectivamente, está bien. Meses antes ya había compartido en redes que había logrado superar el cáncer que paralizó durante un tiempo su vida y le hizo repensar sus quehaceres, que son varios: profesor acreditado catedrático de Sociología en la Universidad de Córdoba, profesor del mismo área en la Pablo de Olavide de Sevilla, expresidente del Comité de Investigación de Sociología del Deporte de la Federación Española de Sociología y secretario de la Asociación Española de Investigación Social Aplicada al Deporte, encuestador, alpinista federado y expolítico.

Exparlamentario, por ser más precisos. Para Moscoso, la política activa, comenzó y terminó en el Parlamento Andaluz, donde fue diputado con Podemos y con Adelante Andalucía (cuando esta coalición la formaban Podemos e IU). Y la experiencia le gustó tanto que confiesa que repetiría. Lo hace en una extensa charla que aborda buena parte de las montañas que ha escalado en su trayectoria y que tiene lugar en la misma biblioteca en la que daba la mayoría de sus ruedas de prensa un expolítico que hacía gala de su seriedad y que, como Moscoso, sólo creía en la política como elemento transformador de la sociedad.

Dos horas después, Moscoso abandonará el Rey Heredia mientras en la puerta se ha formado una gran cola de personas esperando para recibir comida. De camino al coche, es probable que el profesor y expolítico reflexionara, ya para sus adentros, qué queda en pie de aquel movimiento social que lo aupó al Parlamento y qué tendrá que hacer si aspira a recomponerse y a dar respuesta a todas esas personas que forman la fila.

PREGUNTA. Lo primero de todo es preguntarte cómo te encuentras.

RESPUESTA. Honestamente, me encuentro pletórico. Me encuentro con mucha fortaleza vital después de haber pasado el trance del cáncer. Me supuso un parón en la vida, no sólo para concentrarme en superar una enfermedad de esta naturaleza, sino para pensar en el propio ritmo y las decisiones vitales. Sobre todo, me ha servido para revisarme, con el propósito de ver si las prioridades vitales siguen siendo las mismas o si había cosas que ajustarle a la vida. Y, con la suerte de haberlo superado, me encuentro mejor que nunca desde hace mucho tiempo. 

La izquierda tiene poca voluntad de renunciar a lo banal y a lo irrelevante

P. ¿Qué conclusiones sacaste en ese proceso?

R. Respecto al tiempo, una de las reflexiones a las que llegué es que aquello que nos preocupa en la vida y que nos resta tanta importancia, como pueden ser las controversias personales, la asimilación y la gestión de la información que recibimos cada día, los telediarios, la toxicidad social que hay en las redes sociales respecto a cualquier cosa -porque hoy, cualquier cosa ya es motivo de controversia, lo que diga cualquier persona-, todo eso pasa a la irrelevancia cuando estás en la coyuntura de poder morir. Eso, por una parte; por otra parte, las prioridades personales pasan a ser la salud, el autocuidado personal, mi familia, mi hija, el cuidado de los seres queridos y el cuidado de los amigos y amigas que forman parte de tu vida. Y luego, con respecto a los tiempos, he aprendido a hacer las cosas más despacio. He tenido un ritmo frenético.

P. Es el ritmo de los tiempos.

R. Sí, pero desde los 18 años, yo dormía tres horas al día y me dedicaba todas las noches a trabajar o a estudiar.

P. Ibas buscando el silencio. 

R. Sí. Y, al mismo tiempo, tenía una vida muy inspirada en unos valores humanistas, por decirlo de alguna manera, por los que concebía que la vida es una oportunidad extraordinaria y una suerte poderla experimentar para desarrollarte, para aprender, para enriquecerte, para vivir la oportunidad que nos ofrece, en los marcos en los que uno se sitúa. Yo hacía seis horas de deporte al día, escalaba montañas, estudiaba, trabajaba, quería hacer muchas cosas… Y eso, con el tiempo, la verdad es que acaba generándote un enorme agotamiento, porque, sin darte cuenta, de tener 20 años, tienes 40 o 45, la energía no es la misma, y el cuerpo no responde de la misma manera. Entonces, el haber pasado por el trance del cáncer me ha permitido tomar conciencia de otra posición en la vida, de tus capacidades, de tus limitaciones, y que, a lo mejor, en definitiva, era el momento de reducir ese ritmo vital. 

P. Es que según lo cuentas, era mucha tela.

R. Era extraordinario. Yo podía estar seis meses al año fuera de España, podía trabajar los fines de semana, entrenar un montón de horas, estudiar por las noches, estudiar una carrera, estudiar otra carrera, estudiar un máster, estudiar un doctorado, estar dando conferencias de un país al otro, en seis, siete, ocho países al año… Era bestial.

P. Y supongo que también el trance por el que has pasado te ha confirmado en la suerte de tener un sistema de salud robusto. Seguro que en muchos de los países que has pisado, no han tenido esa suerte.

R. Para empezar, yo creo que una de las cosas más maravillosas que le pueden ocurrir a cualquier persona es que tenga la oportunidad de viajar. De viajar, además, de manera intensa, y de viajar por todo el mundo, por todos los continentes, porque, por un lado, te abre la mente, te hace relativizar muchos prejuicios, aprender de los propios errores y sesgos socioculturales; y, por otro lado, en nuestro caso, nos permite sentir humildad y valorar aquello que tenemos. Entre otras cosas, una educación pública, una sanidad pública que, a 14 kilómetros de Tarifa, sin ir más lejos, no se tiene. Y, evidentemente, soy consciente de que si yo hubiera padecido un cáncer así en Marruecos, Nepal o Mongolia, las posibilidades de supervivencia habrían sido mucho más reducidas. En algunos casos nulas. 

P. El deporte, ¿qué papel ha jugado en todo esto? 

R. El deporte ha jugado un papel esencial en mi vida. Porque me ha permitido tomar contacto con muchas personas, relacionarme con personas de todo tipo de clase social, valores e ideología. Y, sobre todo, cuando haces un deporte que te obliga a moverte por el mundo -irte a Brasil, Ecuador, Argentina, Pakistán, Marruecos, Nepal, a China-. El alpinismo te permite encontrarte en un campo base con gente de 30 o 40 nacionalidades, cada uno de su origen, y compartir la experiencia dura de la montaña, la experiencia de estar a 50 grados bajo cero, de estar en situaciones por las que podría hoy no estar aquí, de dificultad y condiciones extremas… Y luego, también, la disciplina y tener la mirada apuntando hacia un objetivo. Tengo dos años para prepararme este ocho mil y sé que tengo que entrenar todos los días, y que tengo que ir a entrenar a Bolivia, al Potosí, y luego me voy a escalar el Mont Blanc, como lo he hecho, en siete horas y media -3.800 metros de desnivel-, y bajármelo en cuatro horas. Te hablo con otra edad (Se ríe), no te voy a engañar. Creo que el deporte es una de las cosas más maravillosas que puede ocurrirnos a todo el mundo, porque permite vivir tantas sensaciones positivas y es una oportunidad de crecer con muchas personas de manera abierta y sin prejuicios.

La cultura de los partidos políticos en España no es la más adecuada para la democracia

P. Además, entiendo que el deporte como campo de estudio académico no tendría demasiados precedentes. Literaria y cinematográficamente es muy atractivo, pero no sé si estudiarlo desde un punto de vista científico era una oportunidad.

R. Bueno, algunos estudios había, claro. Vamos a ver, si yo soy catedrático de Sociología es gracias al deporte. No hubiera podido fácilmente llegar a ser catedrático sin haberme especializado en un ámbito con poca competencia. En mi caso, con gusto. Pero, también, creo que es un aprendizaje para que la gente tome conciencia, cuando estudia una carrera, de saber donde puede haber un espacio, un nicho, un hueco por cubrir, y dedicarse a full a ello. Yo, cuando estudié Sociología, estaba matriculado también en el grado de Ciencias del Deporte, en la asignatura de Deporte, y tenía clarísimo que me quería dedicar a eso. Porque, además de ver que era una espacio que no estaba cubierto, me sentía en una posición muy cómoda para dedicarme a la investigación científica, a la reflexión, al análisis, al trabajo, en algo con lo que me sentía muy feliz. Y bueno, me dediqué a ello, profesionalmente.

P. ¿Dónde encuentras tu hueco?

R. Me asocié a una sociedad científica especializada, la Asociación Española de Investigación Social Aplicada al Deporte, que contaba con economistas, historiadores, sociólogos, estadísticos… Asistía con regularidad a sus congresos y luego llegué a ser secretario de esa sociedad, me lo propusieron y dije que sí. Más tarde, propicié la creación del Comité de Investigación de Sociología del Deporte de la Federación Española de Sociología. Ese comité no existía y, en ese momento se dio una coyuntura, que es que el directo del IESA, Manuel Pérez Yruela, era presidente de la FES, y fue muy fácil trasmitirle la sensibilidad para la creación de ese comité. Se creó y es un comité muy productivo, sigue vigente hoy en día, y estamos influyendo incluso en la política deportiva. Yo, como presidente he tenido la posibilidad, hace unos meses, de participar en el trámite parlamentario de la Ley del Deporte, como compareciente, pero antes lo he sido como partícipe en la tramitación de la Ley del Deporte del Principado de Asturias. Y, bueno, por la coyuntura personal y profesional, tuve la suerte de ser ponente de la Ley del Deporte de Andalucía cuando era parlamentario.

P. Vaya, que el deporte es una buena materia sociológica.

R. Del deporte hay mucho que decir sociológicamente. Los conflictos, las violencias, las barreras para la incorporación de la mujer al deporte, el machismo, la homofobia en el deporte, la desigual práctica en función de la estructura de clases sociales… muchísimas cuestiones.

P. ¿Qué dice el deporte español de nosotros como país?

R. Buff… El deporte español dice que somos un país elitista, mediático e industrial. Dice que somos más industriales y más mediáticos que practicantes. Es decir, en España existe un retraso histórico con respecto a Europa en la práctica del deporte. Hasta hace muy pocos años -y cuando digo muy pocos, desde el año 95 hasta el 2015-, no practicaban deporte más de cuatro de cada diez personas. Mientras, en Noruega o Finlandia practican ocho o nueve personas de cada diez. Es decir, prácticamente el conjunto de la población. Igual ocurre en Dinamarca, en Irlanda, en Alemania no tanto… Es decir, en España falta cultura deportiva, entendida como adherencia a la práctica. Es decir, yo hoy, a las 6:30 estaba corriendo. ¿Por qué lo estaba haciendo? Porque forma parte de mi día a día, igual que forma parte cocinar, ducharme o trabajar. Hago deporte para cuidarme en salud, para mejorar mi condición física, mi bienestar, relajarme… Está en la agenda diaria. A eso me refiero con cultura deportiva. Y es verdad que, desde el año 2015 hasta ahora ha habido un cambio significativo. Por el déficit de ejercicio físico, porque prácticamente, no más de un ocho o diez por ciento de la población trabaja en profesiones que requieren ejercicio físico -agricultura, limpieza, etcétera-. El grueso, pasa la mayor parte del día sentados, o de pie, sin desplazamiento. Ese déficit de ejercicio suscita la necesidad fisiológica de ejercitarse a través del deporte. Eso influye en que, con ese cambio en los estilos de vida, se esté produciendo también un cambio en la cultura del deporte. Esto está teniendo efecto con la educación física oficial.

Movimiento social no hay en Podemos, hay partido

P. ¿Eso ha cambiado en los colegios? Porque yo recuerdo que mis clases de educación física consistían básicamente en correr detrás de un balón.

R. Ha cambiado, pero no necesariamente a mejor. Me explico: ha cambiado en el sentido de que, para empezar, cuando tú jugabas con un balón o pegabas una carrera, el profesor que te daba esa clase, probablemente no era ni de Educación Física. Eso me ocurría a mí, era el de Matemáticas, el de Historia, el profesor de referencia. Hoy día ya hay profesores de Educación Física especializados, formados, con lo cual tienen un CV educativo y, además, tienen una base formativa. Eso sí, lo que no hay es suficiente cantidad de horas de Educación Física. Piensa que en Alemania, por ejemplo, hay cinco días de Educación Física a la semana. Aquí en España hay dos. Y el problema es que uno es de teoría. Es decir, que los niños están en el aula aprendiendo teoría, con lo que muchos de estos niños que no se ejercitan suficientemente, o que lo hacen sólo en la Educación Física reglamentada, pues no producen el suficiente gasto energético para tener buena salud. La OMS dice que es, al menos, 30 minutos al día, cinco días a la semana. ¿En qué se traduce esto? En que estamos a la cabeza de Europa, junto al Reino Unido, en tasa de obesidad infantil y juvenil y en altísimas tasas de diabetes. Esto lo van a pagar caro nuestros hijos en el futuro, porque van a empezar a padecer, ya lo están empezando a padecer, enfermedades propias del envejecimiento a una edad mucho más temprana.

P. ¿Y el fútbol? ¿Qué peso tiene en el imaginario popular que tenemos del deporte? ¿Es su sombra demasiado alargada?

R. Bueno, el fútbol…

P. Perdona, te interrumpo, ¿a ti te gusta el fútbol?

R. No, no me gusta el fútbol. No me gusta, y atiendo a muchísimas entrevistas de fútbol como sociólogo. Para que te hagas una idea, hace dos años, atendí a unos treinta y tantos medios de comunicación de 27 países, desde Vietnam hasta Argentina, para hablar de fútbol. Una persona que no le gusta el fútbol y que no lo practica, pero bueno, lo hice como sociólogo del deporte. Bueno, el fútbol tiene un peso decisivo histórico en la cultura española, pero va mucho más allá del deporte. Y tiene que ver con los valores, las tradiciones y la idiosincrasia de nuestro país. El fútbol fue un deporte favorecido en la dictadura de Franco, igual se favoreció en la dictadura portuguesa. En los dos países fue el deporte hegemónico, cosa que ocurre en otros países en determinados grados, pero sí es cierto que no en el grado en que ocurre en muchos de los países mediterráneos. Esto lo digo desde el conocimiento, porque hay países donde un niño que empieza en el sistema educativo tiene una oferta muy diversa de disciplinas deportivas, cosa que aquí no ha ocurrido nunca. Cuando yo era niño, recuerdo que vinieron a nuestras clases las campaña de deporte para todos de la Comisión Europea. Era el año 82 o el año 83, y recuerdo que vinieron a enseñarnos qué era el atletismo, qué era el voleibol… deportes que no conocía la gente y que eran algo como extraño. Lo que quiero decir, esto no ha sido así en muchos países, porque los hay que han tenido variedad en la oferta deportiva desde hace muchas décadas. Y, por lo tanto, el fútbol ha sido una oferta más.

¿Y qué ha ocurrido en Democracia? Pues que el fútbol se ha encontrado en una situación privilegiada, porque los mandatarios del fútbol han sido personas con un peso económico importante, en el sector de la construcción, en las finanzas, bien relacionados políticamente, y eso lo ha convertido en el deporte mejor cuidado. Pero, curiosamente, en los últimos cinco años -y a esto ha contribuido mucho el coronavirus-, el fútbol está en crisis. El fútbol español vive una crisis extraordinaria. Primero, porque ha apostado casi todo a la Liga, y La Liga es una oferta de ocio digital. Y la gente hoy tiene muchas otras ofertas de ocio digital muy atractivas, como las plataformas. Entonces, cuando tú le ofreces otra oferta digital que puede ser más atractiva, si lo has apostado todo a eso, pues puedes salir perdiendo. Y en ese sentido, está perdiendo. También a esto ha contribuido el parón, que ha evidenciado que no había mucho más, que todo era mercado, mercadotecnia de la venta de ocio digital, y que los clubes tienen serias dificultades de financiación y es difícil que, a través únicamente de los socios, se permita el mantenimiento de sus estructuras. Y tiene una deslegitimación de su organización profesional extraordinaria. O sea, toda la deuda que han generado los clubes y que ha asumido la administración pública, todas las noticias de corrupción, todos los conflictos que hay en torno al presidente de la Federación Española de Fútbol, son algo que ya se ha vivido antes, sólo que no se había conocido. Entonces, se dan muchas circunstancias que hacen prever que el fútbol va a pasar a la historia. Igual en diez o quince años, el fútbol va a ser irrelevante. 

P. ¿Eso crees, de verdad?

R. Sí.

Echo de menos el parlamentarismo, no me importaría volver

P. Es un augurio potentísimo. Dicen del fútbol que es el deporte rey, siguiendo ese símil, puede que sea como la monarquía, que también está en crisis pero sobrevive aferrada al poder. Me cuesta creer que el fútbol vaya a dejar de ser relevante.

R. Piensa que en España, practican el fútbol en torno a cuatro millones y medio de personas. El senderismo, en estos momentos, lo están practicando siete millones y medio, casi el doble. Es decir, el fútbol no atrae a la gente para su dedicación u ocupación del tiempo libre, o el disfrute del ocio. No atrae. Porque está vinculado a la competición y las personas buscan hacer deporte cada vez más para mejorar la salud y el bienestar. Y, para eso, practican deportes de musculación y gimnásticos, fundamentalmente en centros deportivos y gimnasios, y luego la práctica al aire libre, en parques, jardines y zonas abiertas. Por eso, el gran revulsivo en este momento son los deportes de naturaleza. El montañismo, de ser un deporte irrelevante hace veintitantos años y sin que nadie lo vaticinara, ha pasado a ser hoy día el tercer o cuarto deporte más practicado en este país. Lo mismo ha crecido también el pádel. Es decir, lo que quiero que se entienda es que, más allá de que el fútbol ha apostado por el ocio digital y ha vivido una crisis de legitimidad organizativa, la sociedad está en otro lugar. La sociedad no está pensando en meterse en un estadio ni en ver fútbol digital, está pensando en estar en el campo, en un parque, en tener salud, bienestar, relacionarse, divertirse… Está en otro sitio. El fútbol está desconectado de la sociedad por completo. 

P. En eso sí que estoy de acuerdo contigo. Como hoy es 13 de octubre, no me resisto a preguntarte tu opinión como sociólogo sobre el fenómeno de la hispanidad, y esto que se da siempre entre visiones ultrapatrióticas y visiones presentistas de la historia.

R. Claro, el 12 de octubre es un día complejo desde el punto de vista político, complejo desde el punto de vista ideológico y, quizá, también lo sea desde el punto de vista histórico. Se celebran varias cosas: el día de la Hispanidad, el de la Guardia Civil y el día del Pilar. Este último le interesará a los vecinos de Zaragoza, porque es su matrona. El día de la Guardia Civl está enturbiado ideológicamente porque es un cuerpo asociado a un pasado en la historia que es susceptible de distintas lecturas, positivas o negativas, en función de los marcos ideológicos. Y el día de la Hispanidad, el handicap es que reivindica la identidad del país y lo pone en relación con la mal llamada conquista de América por parte de nuestros antepasados. Y, claro, en torno a la lectura de lo que supuso ese momento de la historia, hay interpretaciones que, desde los valores de hoy no de los de aquel momento, consideran que aquello fue un genocidio, que se esquilmaron los recursos naturales y las riquezas de las poblaciones que vivían allí, y que hubo un dominio imperialista de España en esos países, hasta que poco a poco se fueron liberando de nosotros, y tomando su propio destino.

¿Cuál es mi opinión? Sobre la Guardia Civil creo que hay que respetar que, como otros cuerpos profesionales, tengan un día de festividad. Yo, que, como parlamentario, he compartido esos días al menos en cuatro ocasiones, pues veo bien que tengan un día de reconocimiento al esfuerzo y compromiso profesional como empleados públicos -no voy a decir la palabra servidores públicos porque sería un trato desigual a cualquier otro empleado público, ya sea profesor, bombero o una enfermera-. Y, desde ese punto de vista, hay que respetarlo y no juzgarlo con ningún lastre histórico sobre cuál es el origen de la Guardia Civil. Desde el punto de vista de la Hispanidad, creo que es justo que cualquier país, como cualquier pueblo o ciudad, tenga un día de festividad y de identificación. Sin embargo, la Hispanidad tiene ante sí un gran problema, que es que hay determinados sectores políticos e ideológicos que se quieren apropiar de ella, queriendo, además, atribuir una carga de valor o una lectura para separar o excluir a una parte de la sociedad. Esto tiene que ver también con las vicisitudes de la España moderna, y con cómo se hizo la transición política en nuestro país, y cómo se vistieron de simbologías desde la bandera -hubo mucha gente que querría haber tenido una bandera republicana-, el himno, o la estructura de gobierno. A mí personalmente me gustaría que un día así fuera de identificación y de reconocimiento colectivo de la diversidad que representa la realidad de un país, ya sea ideológica, cultural, territorial… Que un vasco y un catalán se pueda reconocer plenamente reconocido en ese día, al igual que una persona de izquierdas. Y añadiré que cometen un error los grupos de izquierda que quieren desligarse del día de la Hispanidad al entender que está sesgado desde el punto de vista de la historia más cercana.

En diez o quince años, el fútbol va a ser irrelevante

P. ¿Defiende una mirada más pragmática en la izquierda a la hora de abrazar símbolos como la bandera?

R. No lo entiendo tampoco como un pragmatismo, lo entiendo como tratar de luchar en la arena política y social por reconfigurar desde los símbolos que existen, los significados y la realidad que hay detrás de esa bandera. Uno puede ir y decir: “Yo me identifico con que haya un día de representación de nuestro país y de nuestra cultura y decir también que me gustaría que no estuviera empañado por el pasado, ni sesgado”. Ahora mismo, en estos momentos hay un cogobierno formado por dos partidos entre los que uno se sitúa en una izquierda que reivindica la revisión del pasado de forma mucho más clara, y está en su mano el plantear una hispanidad diferente. Pero no lo ha hecho tampoco. 

P. ¿Se ha reforzado el patriotismo de banderita en los últimos años?

R. Se ha reforzado el patriotismo de banderita gracias al neoliberalismo extremo que vivimos. En buena medida, esta corriente patriótica no es política, sino económica. Es una corriente económica que necesita que este patriotismo abandere un cambio de cultura política, de valores y de símbolos que haga mucho más fácil acabar con la intervención del Estado y con la defensa de todos aquellos pilares que representan los intereses colectivos, empezando por los servicios públicos y la fortaleza de las administraciones públicas. Y, bueno, es una manera de tratar de forma infantil, de forma estúpida, a la gente de a pie. Sin embargo, la gente cae en ello.

P. ¿Por qué caen?

R. Buena pregunta. No hay una sola respuesta. Y la respuesta no es fácil de argumentar pero voy a intentarlo. Primero, falta una parte esencial en la cultura de España en la educación pública que es la historia de la Guerra Civil, de la Dictadura franquista y de la Transición. Es fundamental educar, como se ha hecho en Alemania, en Bélgica, Francia o Italia, a los ciudadanos desde pequeños para que sepan qué ocurrió aquí en la Guerra Civil, cómo transcurrió la II República…

P. Pero, un segundo, a mí me enseñaron claramente que había un bando fascista que atacó a un gobierno legítimo. La Transición se maquilló mucho más, pero de la Guerra Civil, a mí, que soy del año 84, me enseñaron claramente que había un bando fascista.

R. Tú tuviste esa suerte. Pero yo soy de la generación que, cuando se llegaba a la etapa de Primo de Rivera, se dejaba de dar historia. Y no había ocurrido nada hasta el año 1978. Entonces, falta una masa crítica de conciencia entre algunas generaciones nacidas en los 80 y en los 90. No te digo ya nada en el 2000, entre las que no hay ese conocimiento de la realidad de lo que supuso el fascismo, la dictadura y todos estos valores que, en estos momentos, están en alza. En segundo lugar, falla la democracia en su aspecto práctico. Sí, tenemos elecciones y sistemas de representación, pero también que los intereses colectivos no se ven reflejados en muchas de las decisiones que toman los partidos políticos cuando están en el poder. Con lo cual, todo ese argumentario de que si lo público, que si la sanidad, que si la educación, que si garantizar el acceso universal a los derechos -que por cierto pagamos los propios ciudadanos a través de nuestros impuestos-, pues cuando falla, cuando están débiles, lo que ocurre es que se generan motivos entre la sociedad para dejar de creer. Por eso se deja de votar. Progresivamente, la participación política se ha ido reduciendo desde el inicio de la Democracia. Por eso, la gente deja de creer en los partidos que han estado en el arco parlamentario con más peso en la historia de la democracia -algo que también ocurre en otros países-. Y, cuando además, el sistema social se vuelve mucho más beligerante y complejo, y cuando se normaliza una voracidad en el acceso al mercado laboral, en las relaciones sociales, se da un caldo de cultivo extraordinario para que la tendencia de la sociedad se encuentre alineada con valores radicales y, en este caso, de la ultraderecha.

A ello se une el ingrediente que explica, sobre todo en los últimos años, el crecimiento de las tendencias conservadoras, de derecha y ultraderecha, en buena parte de Europa, y también en Estados Unidos, que es el neoliberalismo extremo. El neoliberalismo extremo tiene la capacidad de controlar los medios de comunicación, las finanzas y algunos partidos políticos. Lo que interesa a las grandes corporaciones financieras es que los estados sean débiles. Esto no es nada nuevo. Esto es cíclico, lo que estamos viviendo lo hemos vivido en el siglo XIX y en el siglo XX, y lo vamos a vivir en el siglo XXI, con la única diferencia de que, como sociedad crítica, pensábamos que habíamos aprendido del pasado y no lo hemos hecho. Estamos a las puertas de una guerra mundial. Y esas fuerzas económicas están detrás de grupos como Vox o como los grupos fascistas de Italia, la Liga Norte, los Fratelli de Italia, o los grupos de ultraderecha de Francia. Cuentan con el apoyo económico y mediático de todas esas corporaciones económicas. Eso hace que sea difícil combatir contra esto. Habría que ponerse muy radical en la intervención del estado y cortarle las alas a determinados grupos de comunicación, y eso es imposible en nuestra sociedad. Y, sobre todo, el problema es que no hay una actitud clara por parte de los partidos más progresistas que están en el poder en Europa de ser transgresores, reforzar la democracia y garantizar de manera extrema el acceso a los derechos públicos. 

Es curioso, porque se están viendo algunas medidas en el último año por parte del Gobierno que tienen que ver con esto: bonificaciones sociales, acceso a la electricidad, reducciones de IVA selectivas en algunos productos básicos, pero no se está viendo en el refuerzo de los servicios públicos, entre otras cosas, por toda la descentralización que ha habido, con el reparto de las competencias a las Comunidades Autónomas, y en tanto que en muchos gobiernos autonómicos, como en Andalucía, gobiernan partidos de derecha cuya política es privatizar esos servicios, desmantelarlos. No es fácil cambiar esa ola de derechización de la sociedad española. 

Cuando la política partidista impregna el trabajo parlamentario, éste deja de ser útil para la sociedad

P. Tengo mis dudas de que el neoliberalismo tenga más interés en un partido como Vox, cuyo votante está más ideologizado, que reforzar el bipartidismo, con un PP y PSOE accesibles, de puertas giratorias y sensibles a sus pretensiones. Es decir, creo que para el neoliberalismo es mejor una mayoría absoluta como la de Moreno, que apostar a la gallina de la derecha radical, que no sé cómo puede acabar saliendo. Y además, tengo la impresión de que la propia sociedad demanda este tipo de movimientos, movida por el miedo o por sentimientos emocionales.

R. Bueno, aludía a varias razones, algunas de carácter sociológicas, otras de carácter culturales que se explican por la historia de España, pero en cualquier caso tengo que decirte que el caldo de cultivo para la ultraderecha lo han iniciado partidos que se llaman progresistas. El primer partido que privatizó servicios sociales fue el PSOE. El PSOE privatizó Endesa, privatizó Iberia, privatizó Telefónica, privatizó su gobierno y, en Andalucía, distintos presidentes se han encargado de favorecer a la concertada en el sistema educativo o a la privada en el sistema sanitario. Es decir, no ha tenido que llegar el PP para ello. Si el votante de izquierdas, e incluso el de centro, que suele ser mucho más crítico y exigente, se siente defraudado por estos partidos, la tendencia muchas veces es a no votar. Pero, más concretamente, respecto a tu reflexión, que en definitiva es si el votante de Vox está más ideologizado, yo lo que creo es que está más movilizado. Y aquí entra en juego algo que forma parte de la participación política, que son las emociones. El voto cada vez es más emocional. Antiguamente, la gente decía “soy del PSOE o soy del PP”, pues lo voto toda mi vida. Era, más o menos, como ser del Madrid o del Barça. Y eso ya no es así. Eso ha cambiado. Yo realizo sondeos y lo he comprobado en primera persona. Ahora, el voto es más emocional. Voy a ver qué me hace sentir esta opción. Yo estoy casado con una mujer italiana. Ellos han tenido en septiembre elecciones…

P. Es una de las cuestiones sobre las que iba a preguntarte.

R. Pues en su entorno, alguna gente que ha votado al Partido Socialista Italiano, ahora ha votado a la ultraderecha. Y ha votado por dos motivos: primero, ya me han engañado todos, con lo que le doy la oportunidad al último grupo político que queda que no me ha engañado, porque no ha tenido la oportunidad. Si me engaña, pues bueno, ya dejaré de votarlo; y segundo, le ocurría a Meloni como a Abascal, que tienen un discurso muy básico. Son cinco cosas: los inmigrantes, la gente que está en el paro, la corrupción y los servicios públicos y no sé cuanto. Entonces, algunas de estas personas que históricamente han votado al Partido Socialista Italiano, han votado a Meloni. Y se han dejado llevar por el estómago. Por cierto, ¿sabes cuál ha sido la primera medida de Meloni, nada más tomar posesión? Acabar con la renta básica. “Toda aquella gente que percibe una renta básica son escoria, son basura, no se lo merecen”. Y, por lo tanto, tendría que tomar nota el ciudadano de a pie de España. Aquí podría ocurrir exactamente lo mismo, le podría ocurrir a todas esas personas que reciben la renta básica, por los problemas que tiene nuestro sistema para poder incorporar y facilitar la igualdad de oportunidades. Porque además, las vicisitudes sociales son muy complejas. En esta ciudad, si naces en El Brillante o si naces en Las Palmeras, tus oportunidades vitales están en polos diferentes. Aquí ocurre algo parecido. La gente vota por las emociones, y hay gente que ha estado votando a Podemos y ahora está votando a Vox. Eso sale en las encuestas. 

P. La pregunta, de nuevo, es ¿por qué?

R. ¿Qué influye en ello? La motivación. Cuando se han sentido motivados por el discurso de Podemos después del 15M. Todo un sector joven de la población formada y cualificada, sus padres, sus madres, sectores profesionales y liberales, vieron que el país no estaba dando respuesta a las necesidades básicas para una parte de la sociedad. Podemos entró en esa coyuntura como el partido que daba respuesta a esa necesidad emocional. Pero, después, se ha agotado parcialmente. Digo parcialmente, porque ha cristalizado un voto que va a hacer que Podemos persista en el arco político -no tengo ninguna duda de ello-. Y luego, ha entrado en escena Vox. Pero, hay que decir, que hubo muchos sectores económicos y muchas corporaciones que, cuando surgió Podemos, dijeron que había que sacar un Podemos de derechas. Esto, lo conecto con estas argumentaciones que decía antes. Y se han preocupado de que existiera un Podemos de derechas…

P. Pero ese Podemos de derechas era justamente Ciudadanos, un partido presuntamente desideologizado…

R. Al principio era Ciudadanos, pero es que Ciudadanos la ha cagado de manera repetida mil veces. Porque no se puede cogobernar o llegar a alianzas con el PSOE y con el PP, ni se puede decir que eres la alternativa al PP, que es un partido corrupto, agotado, sin ideas, y cogobernar a la primera de cambio con él en todas las ocasiones que ha podido. Eso te deslegitima. Entonces, Ciudadanos no ha valido. Y, por lo tanto, creo que este sistema económico ha apostado más por Vox, porque, ha radicalizado el discurso. Además, aquí influye la cultura política que se ha instalado desde hace un tiempo en España, que es la política de confrontación. Es decir, “para movilizar el voto, lo que tengo que hacer es crispar a la gente, porque si no es así, la gente no se mueve. Como no se cabree la gente, no vota”. Claro, cuando tú creas una política de confrontación y crispación, las estrategias son otras. Ahí se mueven más la política del marketing, la política ficción, la política de la intoxicación colectiva vía Whatsapp, Telegram, la política de inventar noticias, tergiversar titulares, manipular, etcétera, para instar a esa movilización del voto. Entonces, en el actual contexto de confrontación, la guerra política la están ganando la derecha y la ultraderecha en este momento. Pero la historia reciente nos ha mostrado que pasado mañana pueden invertirse las tornas. Todo es muy volátil y muy efímero. Como decía Baumann, vivimos en la sociedad líquida. 

Cada vez más gente no tiene claro a quién va a votar cuando se acercan las elecciones

P. Vamos a hablar de encuestas. ¿Cómo somos los españoles en las encuestas? ¿Somos fiables o un poco mentirosillos?

R. Yo creo que, para empezar, las encuestas pueden ser cocinadas o no serlo. Muchas veces, se hacen encuestas a petición de cliente, y no suelen emanar del ámbito académico, sino de consultorías privadas. Sobre todo, de consultorías privadas que trabajan para partidos políticos. Entonces, es importante tener esto en cuenta de partida, porque a veces, no es que fallen las encuestas, fallan quienes las producen. Las encuestas serias se hacen con la intención de pulsar verdaderamente la posición hacia la política por parte de la ciudadanía.

P. Quizá deberíamos empezar por contar cómo se cocina una encuesta.

R. Es muy fácil cocinarla. Cuando se hace una encuesta, normalmente se hace una selección de distritos censales para coger una muestra del población. Entonces, tú imagínate que yo quisiera que la próxima encuesta que voy a hacer en Córdoba, saliera de mayoría aplastante del PP. Pues, para ello, basta con sobredimensionar la muestra de población en El Brillante, en la zona Centro o en algunas zonas de parcelas. Ahora, si yo quisiera que esa encuesta saliera con mejores resultados para la izquierda en esta ciudad, pues seleccionaría barrios como el Campo de la Verdad, el Sector Sur, Fuensanta, etcétera. Es así de fácil. Cuando tú quieres hacer una buena muestra representativa y una buena encuesta, lo que tienes que hacer es lograr una buena o una justa representación de los distritos censales. 

P. ¿Y somos mentirosos?

R. Creo que no mentimos demasiado en las encuestas. Hay una parte que sí, que miente, pero en un 80% las encuestas se aproximan al sentir de la opinión de la población. 

P. La cuestión es la volatilidad de las opiniones.

R. No es fácil hacer encuestas hoy en día, porque, como te decía antes, el voto es muy emocional y muy volátil. Y cada vez más gente no tiene claro a quién va a votar cuando se acercan las elecciones. Como ya no existe esa adscripción histórica de la que hablábamos, sino que se mueve por otro tipo de razones, hay mucha gente que no sabe a quién votar hasta última hora. Y hay mucha de esa gente que al final no vota. Porque, realmente, le falta convencimiento de que hay partidos que representan con honestidad y con buena voluntad sus intereses y valores.

P. Hablemos de la abstención y su papel. Porque está siendo clave a la hora de aupar gobiernos de derecha radical. ¿Le damos suficiente valor a la abstención? Es que es la mayor fuerza política en muchos procesos electorales.

R. Si no recuerdo mal, me parece que en Italia en las últimas elecciones, ha votado el 51%. Y en Reino Unido, en las últimas elecciones, seis personas de cada diez se quedaron en su casa y no fueron a votar.

P. Eso no habla bien de la democracia.

R. Justamente. La deslegitimación de los partidos en la representación y en la defensa de los intereses colectivos, al final induce a que la gente no participe a no ser que está motivada. Bueno, la abstención va a ser decisiva porque favorece sobre todo a los partidos de derechas. En general, por lo menos a la luz de las experiencias del pasado, el votante de derechas ha sido mucho más disciplinado que el de izquierdas. Porque el de izquierdas, o incluso el votante de centro, desde su alto nivel de exigencia, siempre ha tendido a querer castigar a los partidos con los que se han sentido identificados cuando no cumplían sus expectativas. Aquí, en Andalucía, se vio perfectamente después de cogobernar IU con el PSOE en el año 2012. IU vio un castigo por parte de su electorado claro y evidente. Y, también Podemos, se ha visto afectado por esto. Aparte de que no se puede negar la persecución que ha vivido judicial, política y mediáticamente Podemos, y que ha influido en su pérdida de peso en la arena política. Lo que quiero decir es que los votantes de izquierdas castigan más cuando no se cumplen las expectativas y dejan de votar. Pero, en general, lo que ocurre es que hay mucha gente que ya no cree en la política y que, por tanto, deja de votar. Yo he votado siempre. Desde los 18 años, he votado siempre porque considero que es un acto de responsabilidad, por más que pueda quejarme o sentirme mal en un momento dado cuando no gobierna quien yo hubiera querido. Yo votar lo veo como una obligación. Y hay muchos países donde votar es obligatorio y, si no votas, tienes una sanción económica. En Australia me parece que son 300 euros la multa por no ir a votar.

Me encuentro con mucha fortaleza vital después de haber pasado el trance del cáncer

P. ¿Usted ve posible aplicar un sistema así en España?

R. Yo creo que la idiosincrasia española no haría posible que se cumpliera algo así. Pero creo que hay que hacer un ejercicio de salud democrática por parte de los partidos para propiciar que la ciudadanía se sienta más identificada con el sistema. Creo que la crispación política con la que los partidos trata de incentivar el interés de la opinión pública es contraproducente. A la gente le entristece mucho el cabreo permanente y que los partidos nunca lleguen a acuerdos. Que no haya acuerdo para renovar el Poder judicial, que no haya acuerdo para renovar presupuestos, que no lleguen acuerdos para sacar leyes adelante… La idea que generan es que la política es inútil, que no sirve para nada ni resuelve los problemas de la gente, y, desde luego, no favorece a la imagen de buen funcionamiento de las instituciones democráticas. 

P. A veces parece que la propia sociedad no ha asumido bien el multipartidismo y que, con él, los pactos son obligatorios.

R. No, no hay una tradición histórica en la que los pactos formen parte del funcionamiento ordinario de la política y las instituciones. En este sentido, hay países que nos llevan 40 o 50 años de experiencia. Yo recuerdo, en mi época de parlamentario, que venían algunas visitas de parlamentarios de otros países, y a un parlamentario de Dinamarca, que me dijo que los acuerdos parlamentarios eran muy normales para casi cualquier cosa, y que el rol que desempeñaban ellos era más técnico que político. En el sentido de que, por ejemplo, no había una sala donde cada partido transmitía la posición del partido respecto a una cuestión, con mucha hilaridad, con mucha controversia, buscando la confrontación, sino que se reunían como técnicos en una mesa cerrada al público y en un ambiente de proximidad, y decían: “Queremos plantear esto, queremos hacer este puente, queremos hacer esta política”. Compartían el espacio técnico y los diputados discutían. Y se llegaban a acuerdos de una manera constructiva. A mí me gustaría que algo así existiera en España y en Andalucía. Que lo que se vea por la tela no sea los insultos, la blasfemia, la ridiculización, sino el debate técnico, los pros y los contras de un proyecto, y además con el ánimo de llegar a puntos de encuentro. 

P. ¿Es todo un gran teatrillo?

R. Hay mucha gente que ya lo sabe, que no todo lo que aparece en la tele representa fielmente lo que ocurre en los parlamentos. De hecho, mi experiencia es muy positiva y muy grata en ese sentido. Yo estuve cuatro años de parlamentario en dos legislaturas diferentes -la segunda fue muy cortita, porque me fui del Parlamento- y llegué a acuerdo en el 99% de las cosas.

P. Pero lo que llega al ciudadano es lo otro. Supongo que ahí tenemos nuestra parte de culpa los medios de comunicación, que muchas veces vamos guiados además por los partidos.

R. Sí, aquí no se escapa nadie de su responsabilidad. A ver, la salsa rosa vende. El interés por influir en la opinión pública también vende, y me refiero a los partidos. Se junta el hambre con las ganas de comer. Entonces, existe y no existe. Existe, en el sentido de que no queda más remedio que llegar a acuerdos para que muchas iniciativas salgan adelante. Pero también depende del recorrido por la política de los propios diputados. Se ve perfectamente en un parlamento quién ha pasado por unas juventudes de un partido y se ha dedicado exclusivamente a la política. Es alguien que ha entendido que la controversia, la confrontación y la crispación le beneficia incluso para progresar políticamente en su partido. Que una persona salga por decir una burrada en todos los medios de comunicación le ofrece más oportunidades, aunque sea por razones negativas, de medrar en su partido. Porque ha conseguido situarse en los titulares de los medios. Y se ve también quienes pasan por la política entendiendo que es un periodo de su vida de dedicación a los demás y que tiene fecha de caducidad. Ese fue mi caso. Entonces, mi experiencia fue positiva, porque yo tuve un rol técnico. Yo soy un profesional del ámbito académico, con bagaje en determinados temas, y tuve la suerte de tener un papel activo y un peso en el Parlamento en torno a esos temas. Fui portavoz de la Comisión de Turismo y Deporte, y allí hice transferencia del conocimiento. Y, en muchos casos llevaba artículos científicos míos, publicados en revistas de prestigio, para defender una iniciativa. Entonces, desde ese punto de vista, yo creo que la gente que tiene un perfil o una trayectoria profesional puede enriquecer la labor parlamentaria, siempre que ésta no se reduzca a golpe de estímulo para generar titulares de periódico. Porque esto, lo que puede producir es que se ignore el plano mucho más productivo, constructivo y enriquecedor.

P. ¿Usted echa de menos la política?

R. No. La política no. Me gusta la política desde siempre, y la he estudiado, y he acabado encantado con el parlamentarismo. Pero, me gusta el parlamentarismo. No me gusta la política. Son dos cosas diferentes. Echo de menos el parlamentarismo, no me importaría volver a él. Mira, hay una anécdota que me ocurrió en la anterior legislatura, ya con Adelante Andalucía, que me dijo una diputada: “Yo no sé como puedes hablarle con esa educación a ese tío de Vox”. Yo, honestamente, creo que se puede decir de manera contundente algo con educación, respeto e incluso con argumentos bien fundados, para desacreditar otro argumento. No hay que llamar fascista a alguien para decirle que su visión está equivocada. Tienes que tener herramientas mucho más valiosas que un calificativo. 

No hay que llamar fascista a alguien para decirle que su visión está equivocada

P. ¿Sigues militando en Podemos?

R. No. Colaboro con determinadas cuestiones, por ejemplo con el Grupo Parlamentario Unidas Podemos en el Congreso de los Diputados. Preparo algunas iniciativas parlamentarias, les ayudo en el examen de las enmiendas que están presentando a la ley para trasmitir mi posición. Y la verdad es que depositan mucha confianza en mí por mi bagaje técnico y profesional, no por otras cuestiones. Pero la verdad es que hay sintonía en los valores. Y también he colaborado en el trámite parlamentario de la ley de universidades y, bueno, cuando me han pedido algún consejo, no he tenido inconveniente en darlo. Pero no participo de manera activa, no voy a actividades, eventos, mítines, ni nada de eso. 

P. ¿Y qué consejo daría a las formaciones de izquierdas de cara al nuevo ciclo electoral?

R. Es muy difícil dar un consejo porque las formaciones de izquierdas que están, de alguna manera, cooperando en coaliciones políticas, están muy fragmentadas y sus diferencias están muy enquistadas. Y están, en cierto modo, algo perdidas. Entonces, digo que es difícil porque no sabría decir si hay fortaleza para cambiar la situación que viven las formaciones de izquierdas. Quiero creer que son conscientes de su debilidad y de su situación, sobre todo como organizaciones políticas, y de aquellas cosas que les hacen ser débiles. Lo que yo no sé, y no tengo claro, es si hay voluntad de hacer frente a esas debilidades. Porque, para empezar, creo que cualquier confrontación abierta y pública -lo que ha venido pasando en los últimos diez años, aunque ha existido siempre- siempre está vinculado a los intereses internos de las organizaciones. Donde verdaderamente se producen los conflictos es en las composiciones de las listas electorales, en el reparto de poder en los grupos parlamentarios y en los grupos municipales, y en el reparto de las subvenciones para su funcionamiento.

Entonces, creo que la izquierda tiene poca voluntad de renunciar a lo verdaderamente irrelevante y a lo banal, que es quién está, cómo se reparte el poder y cómo se reparten los recursos. Cuando se toman esas decisiones, se está pensando en la supervivencia de las organizaciones políticas, pero no en llevar a la práctica un programa electoral y en representar los intereses de la población que ha depositado la confianza en ti. Yo, cuando entré en el Parlamento, recuerdo que escribí una tribuna, que se llamaba Ni churros ni pasteles, ¡Andalucía! Porque es eso. Eso ya lo viví en aquel momento, en 2015, y fue motivo de confrontación entre pablistas, errejonistas y anticapitalistas, que eran las tres corrientes que había en Podemos en aquel momento. Y yo, cuando llegué y vi eso, honestamente -llámame iluso-, no sabía ni que existían esas confrontaciones internas dentro de Podemos. Yo fui como alguien que entró, a mí me llamaron… 

P. ¿Quién te llama, David?

R. Sergio Pascual. Era el secretario de Organización y me invita a formar parte de las listas pero sin decirme que iba a ir a unas primarias en cabeza. Yo no lo sabía. Durante dos días me pegué un jartón de llorar, porque no sabía en qué lío me había metido. Yo pensaba que me estaban invitando a participar, que hacía falta componer las listas, pero no me dijo en ningún momento que iba en esa posición. Entonces, me puso en un brete. Pero luego me sentí motivado para participar y me sentí feliz de haber tenido mucho apoyo en las primarias. Después de Teresa Rodríguez, fui el segundo más votado de las 118 personas que se presentaron. El caso es que, cuando tú te centras en lo verdaderamente importante que es representar los intereses y dar respuesta a los problemas de la sociedad, cuando te muestras de manera cohesionada en ese sentido, y además propicias los canales de comunicación, participación y escucha activa con los distintos grupos sociales, y luego si gobiernas, además, los llevas a la práctica, entonces estás haciendo política de la buena. Estás haciendo la política que espera la gente y, sobre todo, el votante de centro y de izquierdas. Ahora, cuando te dedicas de una manera muy voluminosa a lidiar con los conflictos internos, a llegar acuerdos -dentro de los disensos-, al final la gente lo que hace es perder la confianza en ti y en lo que puedes aportar como organización política o como coalición. Incluso, puede llegar a valorarte como algo ridículo. 

P. ¿Te sientes hoy más alejado de la política que cuando entraste?

R. No. Porque yo ya me sentía alejado antes de entrar en política activa. La política, para mí, es algo fundamental para buscar soluciones a los problemas de la ciudadanía, pero la cultura de los partidos políticos en España no es la más adecuada para la democracia. Yo, cuando entré en política, entré en un movimiento social. Podemos surgió como movimiento social y yo me lo creía así. Y estaba muy ilusionado. Luego, Podemos pasó a ser un partido-movimiento, y las decisiones y le funcionamiento interno se convirtió en homologable al de un partido político. Luego se ha convertido en un partido político al uso.

P. ¿Ya no queda nada del movimiento?

R. Movimiento social no hay en Podemos, hay partido. Un partido con unas ideas con las que se puede identificar la gente -yo me puedo sentir identificado con muchas ideas y con los programas electorales en buena medida-, pero no hay movimiento. Al menos, aquel movimiento social, el 15M, que propició el germen de esta organización, y que decía: “No podemos tener tantos signos, tantas banderitas y tanta historia, sino algo que aglutine”. Eso se ha perdido. Ahora, si tú ves una papeleta electoral de Podemos, es un conjunto de banderitas y logotipos. Todo el mundo busca dejar su huella, como el perro que deja la meada. Entonces, lo que muestras es la diferencia. Muestras una papeleta muy débil. Y claro, a mí me ilusionaría también que hubiera primarias, y que la gente pudiera participar sin haber estado adscrito a ningún partido. Porque yo no podía presentarme a unas primarias en el PSOE o en IU, pero sí pude presentarme a unas primarias en Podemos. Y luego en Adelante Andalucía, como coalición. Y a mí, eso me hacía creer. En las últimas elecciones no ha habido primarias.

P. Las primarias ahora mismo molestan.

R. No ha habido primarias ni proceso de participación de la ciudadanía para crear el programa electoral. Es decir, todo aquello que impulsó a mucha gente a estar del lado de estas organizaciones, se ha ido perdiendo y diluyendo. Y con ello, ha ido desapareciendo el votante.

P. ¿Y usted estaría dispuesto, con estas condiciones, a volver al Parlamento?

R. Sí. Pero no se dan las condiciones para volver. Yo he entrado dos veces como parlamentario porque me han llamado. La primera fue Sergio Pascual y la segunda fueron Teresa (Rodríguez) y Antonio (Maíllo). Pero, para que yo pudiera aceptar una invitación, si alguien me llamara, tendría que darse una condición que no se va a dar, en un 99% de probabilidad, que es que acepten que no tengo interés por la presencia política en los medios, la salsa rosa y estas cosas. No me interesa, ni me interesa tampoco la política interna de los partidos. Me interesa escuchar los problemas de la gente, que es algo que ya hago en mi profesión, y me interesa ofrecer soluciones en un parlamento para dar respuesta a esos problemas. Y eso es muy difícil que se cumpla, porque cuando la política partidista impregna el trabajo parlamentario, el Parlamento pierde capacidad de ser útil para la sociedad. Y lamentablemente, esto ocurre de forma recurrente.

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