El truco final de Pablo Puyol: “Houdini ha sido el reto más importante al que me he enfrentado en mi carrera”
El intérprete Pablo Puyol se enfrenta al mayor desafío de su trayectoria sobre las tablas con Houdini. Un musical mágico. No lo decimos nosotros. Lo dice él, que reconoce que dar vida al legendario ilusionista le exige actuar, cantar, bailar y dominar los secretos de la magia en un montaje de gran complejidad física y técnica. El espectáculo reconstruye la trayectoria de Harry Houdini a través de su última función y de distintos saltos al pasado que permiten descubrir al hombre que había detrás del mito. Una historia de ambición, obsesión por el éxito y superación personal que combina números de escapismo con una dramaturgia dinámica y explosiones musicales.
El actor llega al Gran Teatro de Córdoba del 22 de octubre al 1 de noviembre con una propuesta pensada para sorprender a espectadores de todas las edades. Unos días antes, Puyol habla con Cordópolis del reto de encarnar a una figura irrepetible, de lo que ha descubierto sobre su personalidad y de la peculiar experiencia de aprender los trucos que, como espectador, siempre quiso desentrañar.
La mayor contribución de Houdini fue introducir el ilusionismo en los grandes circuitos teatrales
PREGUNTA (P.). ¿Qué ha supuesto Houdini para ti?
RESPUESTA (R.). Ha sido, sin duda, el reto más importante al que me he enfrentado en mi carrera. Encarnar a Houdini representa un desafío integral a nivel actoral, vocal y coreográfico, al que se suma la disciplina del ilusionismo para añadir un grado extra de dificultad. En el plano físico es enormemente exigente. Ha sido un reto mayúsculo que asumí con muchísimo entusiasmo y que me está reportando muchas satisfacciones.
P. ¿Cómo fue tu incorporación al proyecto? ¿Qué te atrajo de un papel con semejante nivel de complejidad?
R. Al principio me presentaron un vídeo promocional que mostraba la propuesta escénica y la banda sonora, mientras me explicaban el argumento en un encuentro informal con el productor, Darío Regattieri (algo así como rey Midas del musical en español). La propuesta me fascinó de inmediato, en gran parte porque siempre he admirado a Houdini, tanto por sus hazañas como por su singular personalidad. La música me pareció magnífica y el relato, muy potente. Pero tengo que decir que en aquel momento no era plenamente consciente de la exigencia física y técnica que requeriría el personaje sobre el escenario. De haberlo sabido con certeza, quizá me lo habría pensado dos veces, pero me sedujo por completo la oportunidad de darle vida.
P. Lo cierto es que Houdini desafió los límites de lo que la gente consideraba posible, tanto en su época como visto hoy, incluso. ¿Qué destacarías de su figura?
R. Asombró al mundo entero con desafíos formidables que resultaban insólitos entonces y que seguirían siéndolo hoy. No obstante, a mi juicio, su mayor contribución fue introducir el ilusionismo en los grandes circuitos teatrales. Logró sacar la magia de los circos y de los espacios marginales para llenar teatros de prestigio. Aquello abrió el camino a las siguientes generaciones de ilusionistas. Lo hizo impulsado por una ambición inquebrantable y por su deseo de superarse constantemente, concibiendo espectáculos cada vez más monumentales, hasta convertirse en una de las personalidades más célebres de su tiempo.
P. Detrás del mito del escapismo había también una persona con sus contradicciones. ¿Cómo has abordado esa faceta más íntima de Houdini?
R. Sí, la verdad que era una persona verdaderamente compleja, profundamente obsesionada con el éxito y con obtener la veneración incondicional del público. Tuvo una relación muy intensa con su madre y, como consecuencia de esa ambición profesional desmedida, en ocasiones desatendía a su entorno familiar más cercano, incluidos su hermano y su esposa. Es verdad que su prioridad absoluta era perfeccionar continuamente su trabajo y lograr que cada actuación superara a la anterior, sin dudar en supeditar otros aspectos de su vida para engrandecer el espectáculo. Y todo eso está también en la obra.
P. Por lo que cuentas, el musical tiene distintas capas: luces, sombras y momentos muy entretenidos. ¿Cómo se traslada todo eso al escenario?
R. Pues es que es un montaje sumamente dinámico. La presencia constante de la magia, con una gran ilusión cada dos minutos aproximadamente, mantiene un flujo continuo de estímulos que no da tregua al espectador. Pero luego la dramaturgia gira en torno a la última función que ofreció Houdini antes de fallecer, y recurre a flashbacks para indagar en sus motivaciones y en su pasado. Esa última actuación retrata su decadencia física hasta su muerte, mientras que los saltos temporales recuperan la ilusión de sus inicios y muestran cómo aquel anhelo fue transformándose en obsesión. Entonces, creo que la alternancia entre ilusionismo, vivencias personales y dinamismo escénico atrapa al público de principio a fin.
No hay nada más desalentador que descubrir el mecanismo de un truco de magia
P. Esa combinación también invita a recuperar la mirada infantil y dejarse llevar por el asombro. ¿Cómo responde el público?
R. Es muy gratificante observar sus expresiones ante los números de escapismo, las desapariciones repentinas o las translocaciones imprevistas de los personajes. Tanto los adultos como los más jóvenes disfrutan por igual, por lo que se convierte en una experiencia familiar ideal para todos los públicos. Para el elenco es muy divertido generar esa ilusión en la platea.
P. La contrapartida es que a ti te ha tocado descubrir los secretos que hay detrás de los trucos. ¿Se pierde parte de la magia cuando sabes cómo se hacen?
R. En efecto. No hay nada más desalentador que descubrir el mecanismo de un truco, porque en ese instante se desvanece parte del encanto. Conocer los secretos ha sido el aspecto menos grato de este trabajo. Comprobar la sencillez técnica de ciertos números hace que te preguntes cómo lograban fascinarte como espectador. Pero, al mismo tiempo, te permite valorar el ingenio con el que trabajan los magos profesionales, como mi amigo Jandro. Tienen una habilidad excepcional para orientar y desviar la atención del público con aparente facilidad. Pero es que luego la magia exige una sincronización milimétrica: cada elemento debe ejecutarse de forma impecable para que el efecto funcione. Como me encargo de las principales ilusiones mientras actúo, bailo y canto, el nivel de tensión constante es considerable.
P. ¿De niño practicabas ilusionismo con juegos como Magia Borrás o siempre te mantuviste al otro lado, como espectador?
R. En absoluto. Mi relación con la magia siempre fue exclusivamente como espectador, aunque me producía cierta rabia que consiguieran burlar mi percepción delante de mis propios ojos. Ahora que me toca ejecutarla sobre las tablas, reconozco la enorme distancia técnica que me separa de los magos profesionales. Aunque a veces preferiría no conocer los entresijos de los trucos, la experiencia está resultando muy enriquecedora.
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