Semillas frente al colapso: arte y agricultura contra la 'Biopiratería'

Instalaciones del C3A en las que se desarrolla el Simposio Aabas / TONI BLANCO

Agripino Terrón lo tiene claro y advierte de que más vale que el consumidor se empiece a enterar. “Ahora mismo el acaparamiento de tierras y la patente de semillas es el mayor negocio que hay, más que el oro y el petróleo”, dice con contundencia, y lo remata con otro dato: la bolsa de Chicago -donde se comercia preferentemente con productos agrícolas como el trigo, el maíz y la soja- “tiene más poder que la de Tokio y Nueva York”. Su teoría podría entrar en lo que algunos catalogan de catastrofismo, sino fuera porque la sustenta desde el total conocimiento sobre el terreno de cómo funciona la agricultura ecológica.

Agripino dirige Culturhaza, un proyecto agroecológico que cuenta con siete hectáreas de cultivos que conectan al agricultor con el consumidor final, un enlace que se va a reivindicar mucho estos días desde el Centro de Creación Contemporánea de Córdoba (C3A), donde se celebra desde este jueves hasta el sábado el Simposio Aabas (Arte, Agricultura, Biodiversidad, Alimentación y Salud) con el que se pretende reflexionar sobre el papel de la agricultura en tiempos de cambio climático.

A la entrada del C3A, un edificio de una modernidad arquitectónica impactante, quizá no sea muy perceptible la acción que Agripino Terrón y Culturhaza ya están llevando a cabo, pero es, de alguna manera, la forma más directa de entender todo lo que quiere contar el proyecto Aabas. En un terreno pequeño, a los pies del monstruo de cemento del arte contemporáneo andaluz, hay un Parche de biodiversidad que cuenta con semillas de leguminosa -habas y altramuces-, semillas de escanda -el primer cereal que domesticó el ser humano en el neolítico- y arvenses, que es lo que comúnmente se conoce por “malas hierbas”.

Este término peyorativo disgusta a otro de las ramas del proyecto, Javier Orcaray, de la residencia de artistas La Fragua, que ha proporcionado para este proyecto a los cuatro primeros “inquilinos” artísticos del C3A (Pedro Soler, Daniela Moreno Wray, Laura Morales y Aniara Rodado), y que forman parte, cada uno con una acción propia, de este espacio de reflexión con el que se pretenden visualizar “una serie de problemas de la crisis ecológica actual”. Entre ellos destacan “la pérdida total de la alimentación local; la sustitución de las legumbres frente a los cereales, que va en contra de los suelos y la alimentación; o el papel pasivo del consumidor frente al problema alimentario”.

Un huerto con semillas que se van a adaptar mejor al cambio climático

El llamado Parche de biodiversidad es el alma del proyecto, una parcela pequeña que une agricultura, arte y ciencia. Porque, y aquí está la clave, todas las semillas vienen de una investigadora de Córdoba, María José Suso, que trabaja en Instituto de Agricultura Sostenible del Centro Superior de Investigaciones Científicas (IAS-CSIC), y que lleva años ensayando con variedades de leguminosas que se van a adaptar mejor al cambio climático.

Y es que las semillas ya son “moneda de cambio”, según relata Agripino. “Ahora mismo se están patentando semillas. Monsanto está patentando ADN de variedades de tomate que, por ejemplo, ya plantaba mi abuelo. Si ellos quisieran, a mí no me dejaban sembrar este tomate, lo que ocurre es que somos tan pocos que no molestamos”, especifica este experto, que añade que, en la actualidad, “los agricultores no pueden sembrar su propia semilla sin certificación y sufren dos o tres inspecciones en este ámbito al año”.

“La gente ha de entender que lo que supuso la revolución verde con los químicos y los herbicidas es una estrategia puramente económica. Las últimas investigaciones agrícolas ya no buscan la superproducción, sino sobre la producción de calidad capaz de regenerar la tierra y mantener el nivel de crecimiento del ser humano”, señala. Aporta su experiencia con Culturhaza. Siete hectáreas y media con las que, según indica, están demostrando que se puede hacer agricultura sostenible y productiva y de mucha calidad y, encima, generar contacto directo con el consumidor, a quien implican en el desarrollo del cultivo. “Ecología auténtica, y no ecología oficial”, apostilla.

Y es que, en este proyecto quieren repensar el concepto de ecología, que, según señalan “va más allá de no usar químicos y fitosanitarios”, y sí de cuidar la biodiversidad. “Sino regeneramos la tierra, cuidamos semillas locales, no nos vale de nada, porque se está haciendo huerta ecológica trayendo plantas de Holanda”, lamenta Agripino Terrón, que apela a que el consumidor tome de una vez conciencia y, “como un acto político, se informe y sepa de donde vienen y cómo se hacen” los alimentos que consume.

El arte como correa de transmisión de un problema presente y futuro

“Desde el arte hay una herramienta muy potente que es el lenguaje”, explica Orcaray cuando le preguntas qué papel ha de jugar el artista en esta problemática. Pone como ejemplo una de las palabras acuñadas durante las jornadas de estudio y reflexión conjunta en el C3A, la “Biopiratería”. “Es un término que remite a empresas tecnológicas que llegan llegan a un país, roban las semillas locales y hacen lo que les da la gana”, matiza sobre el que puede ser argumento para un thriller de Hollywood, pero que, sin embargo “está ocurriendo”.

No obstante, Orcaray reconoce que el proyecto Aabas es “menos objetual y más de reflexión”, aunque, en última instancia, pretende “dar un toque de atención a la comunidad, que muchas veces desconoce que hay detrás de la idea de alimentarse bien”. Para ello, el simposio que tiene lugar desde este jueves hasta el sábado va a desarrollar una serie de talleres y actividades abiertos al público.

Uno de ellos es Artes del Colapso, que estará dirigido por la teórica y activista María Ptqk, doctora en investigación artística entre otras titulaciones, y en el que se reflexionará sobre distintos escenarios futuros para la humanidad. De los asistentes dependerá que la semilla que se plante estos días en el C3A sea una mala hierba o germine en conciencia ecológica. El tiempo, como ocurre con las cosechas, empieza a contar.

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