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ENTREVISTA

Salud mental, astronautas y saltos temporales: la creadora cordobesa que ganó el Premio García Lorca con una oda al “frikismo” 

Entrevista a la escritora Irene Arrans

Juan Velasco

7 de noviembre de 2026 19:54 h

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Una joven consigue colarse en el acelerador de partículas de Ginebra utilizando una app de citas. Y eso que ella no busca pasar una tarde romántica, sino sencillamente conocer a alguien que le permita acceder a uno de los lugares que más curiosidad le despiertan del planeta. Así que enciende Tinder y hace match. Y, casi sin darse cuenta, está dentro del Gran Colisionador de Hadrones. Y, cuando sale, sencillamente se despide de su cita y desinstala la app.

La historia podría ser un capítulo de la serie Big Bang Theory o formar parte de Experticia. Relatos extraños (Esdrújula), el libro con el que la creadora cordobesa Irene Arrans obtuvo el Premio Federico García Lorca de Narrativa. Sin embargo, es una historia propia. La cuenta Arrans en una cafetería de Córdoba, la ciudad a la que llegó siendo una niña y donde creció hasta que se marchó para estudiar Lenguas Modernas entre Granada y en Madrid. Ahora vive en Estocolmo con su pareja, mientras prepara una oposición. Pero está en su ciudad de paso, porque, en unos días, presenta en Granada aquella obra que le dio un premio con el nombre del poeta español más famoso de todos los tiempos.

Y lo consiguió con toda una celebración del “frikismo”, como ella misma define un libro en el que hay implantes capaces de recuperar los recuerdos de personas fallecidas, acontecimientos inexplicables en un campus universitario, invasiones de ratas antropófagas y hasta falsos artículos de Wikipedia que parecen escritos para documentar una realidad alternativa. Son siete relatos aderezados por ilustraciones propias que transitan por la ciencia ficción, el humor negro, lo inquietante y el absurdo.

Hoy, cuando no eres funcional y encima no se te ve, parece que no tienes ningún valor

Pero detrás de su apariencia de juego literario hay asuntos bastante menos fantásticos: la salud mental, la obsesión, la identidad, la precariedad de las expectativas vitales y la dificultad de encontrar certezas en un mundo donde las instituciones, las referencias y hasta la propia idea de realidad parecen tambalearse. “Todos los relatos, o casi todos, tratan problemas que afectan específicamente a mi generación. No ver un futuro, la salud mental, la obsesión”, explica Arrans, que tiene 25 años, habla ruso -entre varios idiomas-, y muestra una curiosidad que parece funcionar por acumulación: una idea conduce a otra, que a su vez abre una puerta inesperada.

Durante la conversación, las referencias a la física cuántica conviven con las de Lovecraft, Thomas Mann, Turgénev, los videojuegos o los grupos de WhatsApp universitarios. Una especie de enciclopedia friki en movimiento que encuentra en la literatura un espacio para ordenar —o desordenar todavía más— todo ese material.

Entrevista a la escritora Irene Arrans

La palabra del día de la RAE

El libro nació, precisamente, sin la pretensión inicial de convertirse en un libro. Arrans fue escribiendo los relatos a lo largo del tiempo, muchos de ellos a partir de una particular limitación creativa: las palabras del día de la Real Academia Española. “Siempre he pensado que la creatividad surge de la restricción”, cuenta la escritora e ilustradora, que se obligó a construir una historia alrededor de un término concreto y vio que eso le permitía llegar a resultados que difícilmente habrían surgido de una planificación convencional.

Una de aquellas palabras de la RAE fue precisamente experticia, que ha acabado dando título al conjunto de relatos, aunque cuando ganó el premio ni siquiera se llamaba así. “Tenía un título menos comercial, de hecho: Perro, lavadora, yogur”, relata la joven, que decidió presentar el libro por consejo de un profesor al que conoció en una única clase a la que asistió de una asignatura tan poco científica como “Cine Italiano”.

No ver un futuro, la salud mental, la obsesión: todos los relatos del libro tratan problemas que afectan específicamente a mi generación

Sin embargo, aquel juego acabó seduciendo al jurado del Premio Federico García Lorca, vinculado a la cátedra del mismo nombre de la Universidad de Granada. Una circunstancia que invita a preguntarse qué tiene que ver una colección de relatos de ciencia ficción, referencias digitales y humor negro con el universo del poeta granadino. Arrans encuentra una conexión más profunda de lo que podría sugerir una primera impresión: “A mí me parece que, desde el sentimiento, incluso desde considerarse una misma andalucista, mi libro está mucho más cerca de Federico García Lorca de lo que parece”.

La autora entiende que Lorca fue capaz de llevar la cultura andaluza al ámbito internacional y, al mismo tiempo, incorporar a su obra las experimentaciones que se estaban produciendo en otros lugares. Una operación que también reconoce en su propia escritura: “Igual que la obra de Lorca tenía que ser andaluza, mi obra, en cierto sentido, no podía haberse creado desde algo que no hubiese sido basado en la cultura andaluza”.

La ciencia ficción como espejo de una generación

En Experticia, la ciencia ficción no funciona tanto como una escapatoria de la realidad, sino como una manera de aproximarse a ella desde otro ángulo. “Es muy difícil tocar algunos temas de frente y para tratarlos muchas veces es mejor darles la vuelta o llegar desde otro lado”, sostiene. La invención de universos, los saltos temporales y las situaciones disparatadas permiten abordar cuestiones que, planteadas de forma directa, resultarían quizá demasiado incómodas.

Entrevista a la escritora Irene Arrans

Uno de los hilos que atraviesa el libro es la salud mental. Arrans considera que su generación está empezando a hablar abiertamente de problemas que durante mucho tiempo permanecieron ocultos o fueron tratados desde perspectivas equivocadas. Internet ha contribuido a que experiencias individuales encuentren un espacio colectivo: cuando millones de personas pueden contar lo que les ocurre, resulta más difícil pensar que determinados problemas son excepcionales o que no existen.

“Creo que esta es la primera generación en la historia en la que estamos hablando abiertamente de que estos problemas existen”, señala. También advierte de que la manera de abordarlos está cambiando. Frente a los relatos centrados exclusivamente en la persecución de un culpable o en la resolución de un conflicto, le interesa poner el foco en quien atraviesa una experiencia traumática, en su percepción y en el proceso que vive por dentro.

En uno de los relatos, Lavadora, esa dimensión aparece vinculada a la dificultad de seguir siendo funcional cuando se atraviesa un problema que no siempre resulta visible para los demás. La protagonista se encuentra atrapada en una rueda de la que no sabe cómo salir. Y cuando finalmente intenta detenerla, el resultado no es necesariamente liberador. “Cuando no eres funcional y encima no se te ve, parece que no tienes valor”, reflexiona la autora. La historia tampoco ofrece un desenlace cerrado. Como ocurre en buena parte del libro, Arrans prefiere dejar al lector ante una serie de posibilidades.

Como sociedad estamos más evadidos de lo que hemos estado nunca

Esa apertura conecta con otro de los grandes intereses de la autora: el tiempo. La cronología convencional se rompe en varias historias, que juegan con los multiversos, los recuerdos y la posibilidad de que pasado, presente y futuro no sean compartimentos tan estancos como creemos. La física cuántica, lejos de ofrecerle respuestas tranquilizadoras, le produce una cierta angustia existencial. “Me parece algo terrorífico”, confiesa antes de añadir que, al mismo tiempo, le resulta “fascinante” la posibilidad de que la realidad no sea exactamente lo que percibimos, de que el tiempo no exista tal y como lo entendemos o incluso de que vivamos en una simulación.

En ese territorio reconoce la influencia de Lovecraft y su capacidad para generar una sensación de desamparo ante aquello que supera nuestra comprensión. “Me interesa esa sensación de doom -vacío- existencial”, explica. El primer relato del libro, dedicado a aquel científico que trabaja en el acelerador de partículas de Ginebra, surgió precisamente de su experiencia personal en aquell espacio al que entró gracias a Tinder. Sin embargo, una vez dentro, comenzó a imaginar qué ocurriría con las personas que trabajan en los márgenes de una institución científica de semejante prestigio. En particular, con quien se encarga de limpiar sus instalaciones. ¿Y si esa persona, aparentemente alejada de los grandes descubrimientos, tuviera una lucidez extraordinaria?

La pregunta también sirve para cuestionar la titulitis y el valor que concedemos a las credenciales académicas. Arrans, que estudió en Granada y está ultraformadísima, cree que la universidad ha ido desplazando parte de su función docente en favor de la investigación. Y aunque defiende el acceso universal a los estudios superiores, lamenta que un título ya no siga garantizando las mismas oportunidades de ascenso social que en otras épocas. “Sigo pensando que la universidad y seguir estudiando hasta más tarde, quien quiera, debería ser una opción a la que todos tengamos acceso”.

Entrevista a la escritora Irene Arrans

Wikipedia, WhatsApp y una Andalucía sin complejos

Otra de las particularidades de Experticia es que no todos sus relatos adoptan las formas narrativas tradicionales. Algunos se construyen como si fueran artículos de Wikipedia o conversaciones de grupos de WhatsApp. No se trata de un simple recurso formal: Arrans encuentra en esos formatos una manera de reflejar cómo se construye el conocimiento y cómo convivimos con versiones distintas de una misma realidad.

Wikipedia le interesa como ejemplo de creación colectiva, en la que confluyen perspectivas diferentes. Los grupos de WhatsApp, por su parte, contienen una pequeña representación de las contradicciones, los malentendidos y las dinámicas sociales de cualquier comunidad. “Las dos son formas de creación”, defiende. En ese juego de voces aparece también la posverdad y la dificultad de distinguir qué información merece confianza.

La autora cita La montaña mágica, de Thomas Mann, como uno de sus referentes para explicar su interés por los relatos en los que todos los personajes parecen tener parte de razón. Le atrae esa posibilidad de que el lector se encuentre ante distintos puntos de vista sin que el autor le imponga una conclusión definitiva. “Puede ser que todos tengan razón y puede ser que ninguno tenga razón”. Una idea que también conecta con su defensa de la muerte del autor: las interpretaciones que miles de lectores pueden extraer de una historia probablemente sean más interesantes que la que ella misma había imaginado al escribirla.

Su frikismo, en cualquier caso, tampoco está exento de autocrítica. Arrans observa con cierta preocupación cómo la cultura de las comunidades digitales, los videojuegos y las grandes franquicias puede funcionar como un mecanismo de evasión. El propio universo de los videojuegos y las comunidades de aficionados aparece en su reflexión como un espacio ambivalente: genera vínculos, pero también puede convertirse en un lugar de aislamiento o alimentar dinámicas políticas y sociales preocupantes. “Como sociedad estamos más evadidos de lo que hemos estado nunca”, advierte, antes de soltar una de las reflexiones más lúcidas de la entrevista.

“Es interesante que hayamos llegado a un punto en la evolución del frikismo en el que empezamos a cuestionarnos algunas de sus contradicciones. Hemos construido comunidades, hemos encontrado espacios de encuentro y hemos generado otras formas de relacionarnos, pero también hay que mirar sus sombras. La comunidad gamer, por ejemplo, ha sido uno de los caldos de cultivo del resurgimiento de la extrema derecha en Estados Unidos, algo que también aparece en alguno de los relatos. Y hay fenómenos bastante reveladores: cada vez que World of Warcraft lanza una expansión que no convence a sus jugadores, aumenta el apoyo a la extrema derecha porque parte de esa comunidad deja de votar para quedarse jugando. Parece una anécdota, pero es un asunto muy serio”.

Dos de las ilustraciones de Irene Arrans para 'Experticia'.

Tampoco cree que las inquietudes de su generación sean radicalmente distintas de las de quienes la precedieron. Recuerda Padres e hijos, de Iván Turguénev, para señalar que las dudas sobre el futuro, la pérdida de referencias y la búsqueda de un sentido no son exclusivas de quienes han crecido con pantallas. “Nos parecemos mucho más a las generaciones anteriores de lo que somos capaces de reconocer”, apostilla.

Esa mirada también está atravesada por su condición de andaluza. Arrans reivindica una identidad cultural que, a su juicio, sigue soportando tópicos y exigencias contradictorias. Le molesta que se mantenga la imagen del andaluz poco trabajador mientras se le exige adaptar sus ritmos de vida a modelos productivos ajenos, sin ofrecerle las mismas oportunidades laborales ni una estructura industrial comparable. “No se puede exigir del andaluz que siga siendo un ser místico y, a la vez, que sea una persona ultraproductiva al estilo alemán”, resume.

Recuerda, además, una experiencia que vivió en Madrid en 2018, cuando buscaba una vivienda y una persona que alquilaba un piso rechazó su solicitud al conocer su procedencia: “Me dijo: No, yo es que a andaluces, no alquilo”. Una anécdota que ayuda a entender por qué la identidad andaluza aparece en su discurso no como una etiqueta folclórica, sino como una cuestión cultural, social y también política, aunque ella misma se desvincule del ideario político del nuevo andalucismo.

El tiempo -el elemento clave en su obra- apremia. Antes de despedirse, Arrans cuenta que en estos momentos anda más centrada en su faceta de ilustradora y que trabaja en un portfolio con el que aspira a entrar en la industria de los videojuegos. Mientras tanto, se prepara para coincidir el 10 de noviembre con otro ilustre ganador del premio Federico García Lorca, el director del Instituto Cervantes Luis García Montero, que obtuvo este mismo galardón en 1979. Casi medio siglo separa ambos libros, pero los dos comparten un reconocimiento literario que, en el caso de Arrans, llega desde un territorio poco habitual: un juego creativo que la ha llevado a crear un universo futurista paralelo que habla, al mismo tiempo, de un presente incierto.

La comunidad 'gamer' ha sido uno de los caldos de cultivo del resurgimiento de la extrema derecha en Estados Unidos

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