Sierra Morena y blanca

Ciclistas desafiando a la nieve. FOTO: MADERO CUBERO
La nevada en el término municipal de Córdoba alcanza los diez centímetros de grosor en algunos puntos como el Puente de los Arenales

Sí, esta mañana ha nevado en la ciudad de Córdoba. En el punto más alto de su casco urbano, en la zona de la Aduana en dirección hacia las urbanizaciones de Las Jaras por la carretera antigua de Villaviciosa, la nieve ha cuajado. Sobre las 10.00 de la mañana, los arcenes empezaban a cambiar de color. Sierra Morena se vestía de blanco en mitad de un temporal que arreciaba con una copiosidad inaudita en toda la provincia.

En la parte baja de la ciudad se veían copos que no llegaban a cuajar cuando tomaban tierra. Junto al río, esos copos eran casi invisibles. Había que mirar a una zona oscura para adivinarlos. Pero si se enfilaba la avenida del Brillante hacia arriba, a cada 50 metros cambiaba la intensidad y el grosor. Tanto cambiaba que ya en el mirador de la carretera de Villaviciosa de Córdoba (apenas 100 metros más arriba de La Aduana y a unos 350 metros de altura sobre el nivel del mar) comenzaban a patinar los primeros coches, cuando la nieve cuajaba en el asfalto. De repente, esa inmensidad natural que se asoma a las puertas mismas de la ciudad de Córdoba llamada Sierra Morena era distinta.

En principio, la mayoría de los protagonistas eran los habituales. Vecinos que subían o bajaban a sus casas con el coche, ciclistas que se esforzaban en las rampas y hasta corredores campo a través. Lo que cambiaba era el manto sobre el que lo hacían. De repente, ese ciclista que sudaba y se mojaba bajo la lluvia pasaba a exhalar vaho y a recibir bofetones de nieve que se le quedaba impregnada en la barba. Los corredores si acaso corrían más deprisa y, de repente, se paraban a estamparse bolazos de nieve.

Poco a poco, la nevada se iba intensificando. A medida que la carretera ganaba cota de altura, los copos eran más intensos y el grosor en el asfalto más importante. Muchos árboles cedían por culpa del peso de la nieve y caían a plomo. Sobre el asfalto, la conducción se hacía más arriesgada al tener que evitar las ramas que casi detrás de cada curva caían a los laterales de la carretera. Tampoco se veían los baches, tapados por el mantel de nieve.

Adentrarse en la sierra era una temeridad. Entre el cruce de las Jaras y el puente de Los Arenales sobre el río Guadiato el paisaje era alpino: grupos de encinas cargadas de nieve en torno a un lago que parecía estar helado, y una dehesa muy tupida y extensa en la que era difícil encontrar un color que contrastase al blanco. La nieve alcanzaba ya un grosor que superaba los diez centímetros en algunos puntos.  En el restaurante de Los Arenales, un grupo de parroquianos apuraba un café mientras veía nevar y recomendaban no seguir hacia Villaviciosa. “Allí lleva cuajando varias horas y va a ser difícil que se pueda pasar”, decían. No había más remedio que volver. Y no era fácil. La intensidad de la nevada era tal que los surcos creados por las ruedas de los coches en la carretera apenas si seguían visibles cinco minutos después de que se dibujasen.

SIN NOTICIAS DE LAS QUITANIEVES O LOS CAMIONES DE SAL

Y mientras tanto, sin noticias de las máquinas quitanieves. A pesar de que sobre las 12.00 del mediodía una auténtica marea de cordobeses se subieron en sus coches y se dirigieron a la Sierra, muchas carreteras de las zonas más altas seguían estando muy peligrosas y carecían de la más absoluta vigilancia. Apenas un par de patrullas de la Policía Local se esforzaban por controlar que el tráfico no se desmadrara, mientras los bomberos acudían a quitar las ramas que habían caído sobre el asfalto. Mientras ni máquinas quitanieves ni, desde luego, camiones cargados de sal aparecían por ningún lado.

Lo que sí llegaba, y en cantidades industriales, era una masa de vehículos que hacían cola hasta para pararse al Mirador de la carretera de Villaviciosa a hacer una foto. La nevada empezaba a remitir. Ya se podía uno bajar tranquilamente del coche a pegarle bolazos de nieve al amigo.

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