Diario del Confinamiento. La envidia es mala

Espetos.

La semana pasada, un poco antes de que el Gobierno (al que yo llamo, en puridad, “migobienno”) anunciase las fases de desescalabrada por provincias –o territorios o concejos o pagos o ranchos o minifundios… ya no sé bien- una amiga desde Málaga me envío el siguiente mensaje: “hemos reservado ya una mesa en la terraza de un chiringuito de Pedregalejo para tomarnos unos espetos a vuestra salud. Enviaremos foto. Ahora es cuando están las sardinas en su punto”.

Un rato después escucho la rueda de prensa del ministro Illa, muy parecida a la retransmisión del sorteo de Navidad, y dice que Málaga no tiene premio, no pasa a la fase 1 y aún no puede abrir las terrazas de sus chiringuitos. Adiós, espetos. Wait.

Mis dedos, guiados por un impulso maligno, manipulan el móvil y le devuelvo un mensaje a mi amiga malaguita: “No premio. No sardinas. A joderse y a aguantar”.

Reflexionemos al respecto.

¿Por qué mi amiga anunció que iba a comer sardinas junto al Mediterráneo y, además, mandarnos la foto del suceso? ¿Para compartir un momento de felicidad o para eso que llaman “dar envidia”?

Y más: ¿Por qué le respondí yo con ese mensaje mezquino al saber que ella no podría disfrutar aún de las sardinas, ni yo tampoco, que era la verdadera conclusión?

Ah, la Envidia, un pecado capital que engendra, a su vez, otros pecados. Otra mochila de nuestra secular educación moral judeocristiana.

Como mi amiga es de letras, le citaré la definición que Dante hizo de la envidia en su poema El Purgatorio: “Amor por los propios deseos pervertido al privar a otros de los suyos”.

Quería regodearse de sus deseados espetos privándome de la posibilidad de poder compartirlos por no poder desplazarme de la provincia por muy adelantado de fase que estuviera.

Su afán de “dar envidia” supuso que yo generara el pecado de la soberbia al alegrarme de que no iba a poder hacerlo: un enfermizo círculo pecaminoso del que habrá que salir por el bien de nuestra amistad y por la armonía mundi.

Espero que todo pase, converjan nuestras respectivas fases y podamos compartir esos espetos que aguardan.

Sería capaz hasta de invitar yo.

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