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Las manos manchadas de tinta

Redacción Cordópolis

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Aprendí a escribir en un periódico en el que los corresponsales de los pueblos enviaban sus carretes de fotos en el autobús de las cuatro, los textos llegaban a un ruidoso fax que luego picaban a la velocidad de la luz un vertiginoso ejército de simpáticas secretarias, el archivo era un desordenado e infinito espacio en el que podías perder una tarde buscando los pasados resultados electorales y era imposible divisar la otra punta de la redacción por culpa de una constante nube de tabaco.

Por la noche, cuando te acostabas a eso de las tres de la mañana, cerrabas los ojos y seguías oyendo sonar cinco teléfonos a la vez, el repiquetear del teclado del jefe de Deportes en un momento de inspiración (me asombraba su capacidad de escribirse un reportaje a página completa del tirón y en menos de 20 minutos) o los gritos de ese redactor jefe con el que aprendí a esquivar grapadoras voladoras y a escribir titulares.

El periódico tenía un laboratorio de revelado anexo. Olía a química y mareaba. Tenía una impresora para cincuenta personas y había que hacer cola para recoger un documento, previo cambio del tonner porque no sé porqué pero siempre me tocaba cambiar el tonner. En una extraña habitación sobrevivía un viejo teletipo, de esos que chirriaban e imprimían en un rollo que a mí siempre me recordó al papel higiénico. Tenía pasillos con sofás donde dormir una siesta en un día de resaca. Y era tan grande que había habitaciones que nadie me supo explicar nunca para que servían.

Un día de agosto, en mi primer verano 'de prácticas', me mandaron a Fuente Obejuna con el jefe de Fotografía. Eran los ensayos de la representación que el pueblo hace de la obra de Lope de Vega y era muy tarde. El fotógrafo sacó del coche la última gran inversión del periódico: una cámara digital de dos megapíxels (¡¡dos megapíxels!!) que había costado más de dos millones de pesetas. El fotógrafo bramaba por la “porquería” de fotos que hacía. Los tonos rojos inundaban el encuadre y los granos se multiplicaban por la escena. Pero el periódico, con las fotos, ya estaba en el quiosco antes de que nosotros llegáramos a Córdoba. Y eso era más que asombroso.

Ese día me di cuenta de que poco a poco algo estaba cambiando. El tránsito de lo analógico a lo digital, nos decían los profesores en la Universidad. Es la tercera gran revolución de la Humanidad, tras el Neolítico y la Revolución Industrial, llegué a escuchar. Puede ser. Aún no lo tengo claro.

Antes, en esas redacciones que aún sobreviven, todo era de verdad y se podía tocar. Las voces tenían cara. Los teclazos, estilo. Podías cerrar los ojos e identificar al redactor que escribía por el ritmo con el que destrozaba su ordenador. Y yo, siempre tenía los dedos negros, las manos manchadas de tinta.

Ahora, las llaves de la luz de mi casa pueden respirar tranquilas. Mis dedos ya no están manchados por el paso de las hojas de un periódico, la consulta de un informe o porque me haya reventado un pilot en plena rueda de prensa. Ahora, ya todo es distinto. No sé si es mejor o más bonito, maldita nostalgia, pero todo es distinto.

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