El arqueólogo del campo

Cuando tengo dudas sobre cómo enfocar un reportaje sobre el campo le suelo preguntar a mi padre o a Domínguez. Porque aunque me haya criado en mi pueblo, venga de una estirpe de agricultores, ganaderos y carniceros, yo de campo no tengo ni idea. Alguna vez cogí aceitunas, cuidé un rato del ganado y le eché una mano a mi padre. Pero a finales de los noventa (y me temo que ahora también) el campo era la antítesis de la escuela, el lugar en el que ibas a acabar si no estudiabas y desperdiciabas lo que te estaban ofreciendo tus padres con el sudor de su frente.

En 25 años, el campo ha cambiado de manera abismal. Poco a poco ha dejado de ser un lugar brutalmente físico. Y si ya era poco rentable ahora lo es mucho menos. Entonces, una familia podía defenderse (que no vivir) con un puñado de hectáreas. Hoy incluso los hay que poseen un cortijo del que sacan poco más que un sueldo a final de mes.

Cuando en las ciudades escuchamos a los urbanitas apostolar con lo de la España vaciada, esa mirada condescendiente al mundo rural, no podemos evitar sonreírnos. Es una especie de mansplaining en el que nos dicen qué es lo que tenemos que hacer para resucitar a nuestros pueblos. Para que el campo no se muera. Aquellos que se echan las manos a la cabeza de lo que puede llegar a cobrar un jornalero al día por unas siete horas de trabajo, que son los mismos que, aseguro, serían incapaces de aguantar más de una hora agachados labrando matas de tomates.

Pero si el campo tiene futuro es precisamente por derribar la frontera entre sus hijos, entre los que estudiaban y los que no. Ese muro invisible que siempre nos hizo huir. Y eso es una de las cosas que más admiro de Domínguez.

Desde siempre, Domínguez ha estado muy apegado al terruño, a Los Pedroches. Pero no solo. Dudo que en Córdoba hubiese ningún periodista que describiese mejor el mundo rural, que entendiese mejor qué era lo que pasaba en el campo y que supiese hacer digerible la información agrícola para el gran público. Daba igual que fuese de aceite, de leche, de vino o de nuevos cultivos. En caso de duda, lo mejor era preguntarle a Domínguez.

Esta semana, se sentó por primera vez en el atril de los que dan las ruedas de prensa. Y no enfrente, como había hecho siempre. La ocasión lo merecía. Con pasión, inteligencia, sentido común y una visión práctica de las cosas ha puesto en marcha un proyecto que es ambicioso pero con el que no quiere crear falsas expectativas: recuperar el viñedo que hubo en Los Pedroches hasta principios del siglo XX.

Haciendo una labor de arqueología agrícola, ha dado con las antiguas viñas de sus tatarabuelos (y los de todos), y ha dibujado un proyecto que, bien llevado, podría recuperar el paisaje perdido, y hasta una fuente de recursos para esa gente que un día se fue del pueblo, pero que sigue teniendo raíces.

Algún día otros seguirán sus pasos. No tengo duda. Y brindaremos con un denominación de origen Los Pedroches. Pasará. Tiene que pasar.

https://cordopolis.es/2020/09/29/arqueologia-verde-un-proyecto-busca-recuperar-los-vinedos-de-los-pedroches-perdidos-hace-un-siglo/

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Publicado el
3 de octubre de 2020 - 14:26 h
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