Estambul

Los forasteros estamos acostumbrados a los destierros. Por suerte, cuando nos destierran, no les da tiempo a cortarnos la memoria. Solo pueden cortar el cordón umbilical. Así tenemos la libertad de ir construyendo, lentamente, nuestra memoria. Ese es el lugar donde habitan los forasteros. Esta semana le estuve leyendo a mi hijo pequeño un breve libro de viajes de Pierre Loti, uno de los grandes viajeros románticos. El libro se titula: Estambul. Quiero llevar a mi hijo a la ciudad donde lo soñé. Mientras leemos ha sido muy difícil discernir, frente al estrépito de información, lo que estaba sucediendo en esta ciudad incendiada. Mi hijo hacía equilibrios entre el misterio que construíamos con la lectura y el temor (y el dolor y el ruido) de las imágenes que aparecían en los medios. A veces nos hacíamos los sordos (como Goya) frente al televisor. Sobre el mapa intentábamos situar la plaza Taksin y... las cenizas se esparcían sobre la mesa. Otras veces lográbamos despistar a la policía y caminábamos por la calle Galip Dedé. Esta es la

calle de los músicos y sus melodías amortiguaban el efecto de los gases lacrimógenos. Hemos señalado como lugares especiales la sinagoga sefardí en el barrio de Balat, junto a Gálata. También colocamos puntos azules en las iglesias ortodoxas y católicas. Cuando escuchamos las sirenas bajamos rápido a las Cisternas de Yerebatan. En su interior no se escuchan los gritos y mi hijo simula, como recurso, que está en una escena del Señor de los Anillos. Ahora nos hemos perdido en un barrio muy popular, estamos en Eyup. Le comento que los forasteros tenemos una fórmula para pasar desapercibidos: cuando estamos nerviosos hemos de mantener ingrávidas nuestras sombras... si no fuera así ellas nos delatarían. Se lo cree. Yo también. Las mangueras de agua a presión de la policía provocan que busquemos refugio. Entramos en un pequeño hotel; el hotel Kybele (como la diosa Cibeles). Me hago el despistado y le cuento que dicho nombre es un homenaje a la diosa de la naturaleza... No es la policía la que nos ha llevado al hotel. Han sido mis piernas (y mi memoria). Allí soñé a mi hijo, que nacería nueve meses después. Tenemos hambre y encontramos a medio camino un puesto de pescaíto frito en Karaköy. Nos lo ofrecen envuelto en papel de estraza. Como en Sevilla. Como en Cádiz. Ay. Volvemos a escuchar sirenas y apagamos el televisor. Todos los poderes actúan de la misma forma. No toleran la disidencia, no perdonan la discrepancia, no aceptan la diferencia. Confunden las raíces con la memoria. Uno no puede caminar con raíces, camina con las piernas (y con la memoria). No quieren que caminemos... con ambas.

Nota: dejamos secar el libro empapado de agua y cubierto de cenizas. Este libro y sus planos volverán a sernos útiles dentro de poco. Le prometí a mi hijo llevarlo donde lo soñé.

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11 de junio de 2013 - 03:59 h