El día de los tramposos

Nadie quiso financiar el guión escrito por Robert Benton y David Newman. Cuando lo leyó Joseph L. Mankiewicz decidió producir el proyecto con la condición de participar en el guión. Así nació una inclasificable película: El día de los tramposos. Formalmente era un western, una rara película de vaqueros. La volví a ver la semana pasada, a la vuelta de un viaje a Madrid. Esta película forma parte de la inevitable perdida (de una porción grande) de mi inocencia.

Un ladrón que responde al nombre de Paris Pittman (personaje interpretado por Kirk Douglas) esconde lo robado en un banco, el botín, en un agujero habitado por serpientes de cascabel. En mitad de la nada. En el desierto. Ahí estará seguro. Tiempo después el ladrón es apresado por el sheriff Lopeman (interpretado y dibujado por Henry Fonda).

Desde el inicio estos personajes atrapan nuestra mirada y van saqueando poco a poco nuestras pertenencias más íntimas. El ladrón Pittman es de una radical inteligencia. Arquetipo del pícaro seductor. Ingenioso y simpático va urdiendo con habilidad toda suerte de artimañas. Nos empuja a la complicidad. Nos va ganando al mismo ritmo que se gana a sus colegas presidiarios. Uno a uno. Es un mezquino y admirable narciso. Una suerte de empatía nace entre el inteligente ladrón y el inocente (y embobado) espectador. El otro protagonista es el sheriff-alcaide Lopeman. Una figura austera y moral (aunque con las imprescindibles debilidades que lo hacen más cercano). Su cojera dibuja una fragilidad que no genera rechazo. Su constante desvelo por humanizar la prisión lo hace grande. Su autoridad moral es incuestionable. Se sabe que está ahí por haber sido condenado en la vida. Ese exilio lo vuelve admirable. Arrastra una pierna y varias derrotas. Es hermético y parece blando (ambas características llegan a sernos atrayentes). Los dos personajes son únicos. Si tuviéramos que elegir no sabríamos...

El inteligente ladrón Pittman urde una fuga con sus compañeros. El sheriff vigila. Ambos se observan. La voluntad del sheriff, de dignificar las condiciones de vida de los presos, es tan grande como la decisión del ladrón por escapar. Se produce la fuga (y se abre el abismo y... aparece el vértigo). Mankiewicz nos destroza, en una imagen, toda nuestra inocente (e indolente) mirada. El humor y el cinismo que ha guiado la narración visual se rompe bruscamente. Una hostia bien dada en pleno rostro del espectador. El simpático y sonriente ladrón, Paris Pittman, asesina de la manera más abyecta a su amigo y compañero más fiel. La ambición no se comparte (a veces tampoco la libertad). Alguien estorbaba en la fuga. Una ridícula mueca de vergüenza se dibuja en nuestro rostro. El ladrón Pittman llega al lugar donde estaba escondido el botín, huérfano de nuestra simpatía. Una vez allí dispara una a una a las serpientes de cascabel. Abre la bolsa y su codicia le impide pronunciar la última sílaba. Una serpiente salta a su cuello y lo besa. Lo mata. Esta genial construcción irónica del inteligente ladrón que se nos había vendido se viene abajo. La compra la hicimos sin preguntar, sin pensar, sin evaluar el coste. Hasta la inusual y simpática imagen de un vaquero ladrón con gafas es un artificio más de Pittman.

Al menos nos queda el sheriff Lopeman como refugio, pero... Las últimas imágenes nos destrozan. El sheriff ha cruzado la frontera (física y moral). El sheriff-alcaide Lopeman se está fumando, relajadamente, un cigarrillo. Durante la película este hombre mostraba una envidiable y monumental voluntad contraria al tabaco. No fumaba. Ahora, traspasadas las fronteras, está fumando con el botín a sus pies. Mankiewicz ha dinamitado nuestra conciencia. Debería haber sido un western con ingenio. No hay salida. Todo es falso. Era solo una película, me digo. Sin embargo, qué extraña sensación tengo después de volverla a ver...

Nota: cualquier parecido con la realidad es...

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Publicado el
21 de mayo de 2013 - 08:11 h
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