Cito, longe, tarde

Desde 1347 hasta 1352 toda Europa sufrió una verdadera pandemia: la peste negra. Gran parte de los historiadores le atribuyen, a la peste, una de las grandes fracturas de la historia de la humanidad. Siglos después se descubrió que la peste se transmitía por una pulga (xenospsylla cheopis) y que las ratas eran su reservorio natural. Las pulgas, bajo determinadas condiciones de humedad y temperatura, permanecen infectadas durante días, semanas o meses... Instaladas en las ratas, en los animales domésticos, en los enseres y en las ropas, sus picaduras fueron extendiendo la epidemia por todos los rincones del continente. No había forma de escapar. La pobreza y la percepción de la enfermedad como castigo se convierten en cómplices insustituibles de la tragedia. Hasta épocas recientes no se ha sido capaz, a través de la epidemiología y de la inmunología de las enfermedades infecciosas, de evaluar y analizar los factores fundamentales que permitieron y facilitaron la extensión de esta catástrofe.

Hubo en la época curiosas reacciones frente a la epidemia. Se extendió un movimiento denominado de los flagelantes que peregrinaban de una ciudad a otra reconociendo la enfermedad como un castigo divino. En público sus torsos desnudos eran objeto de latigazos y flagelaciones para expiar las culpas de todos. Al tiempo encontraron un excelente chivo expiatorio al que atribuir el castigo divino: los judíos. Este comportamiento era heredero de una mentalidad feudal, marcada por el inmenso poder de adoctrinamiento que la Iglesia ejercía. Otra reacción (en sentido contrario) fue adquiriendo un gran protagonismo: Carpe Diem. ¡Aprovecha el día!, puesto que no hay salida -venían a decir- disfrutemos y agotemos la vida sin importarnos nada. ¡Nada! Una mirada a las pinturas de Brueghel nos dibuja un carpe diem de extraordinaria modernidad. Una tercera reacción se convirtió en paradigma de una salida inteligente (y casi imposible): Cito, longe fugeas et tarde redeas, (huir pronto, lejos y volver tarde) fue la solución que sugirió la Sorbona para escapar y evitar la epidemia de peste. Era demasiado tarde; las puertas de las ciudades estaban ya cerradas. Para entrar y para salir. No había escapatoria. Años después hubo una reacción popular ante tanto sufrimiento y devastación: masas de campesinos pobres y miserables se rebelaron. Jacques Bonhomme, un paria, un expulsado de todo, instigó una verdadera revuelta popular contra la nobleza y todos aquellos a los que atribuía la responsabilidad del desastre. El hartazgo ante los atropellos y la inaceptable situación en la que las masas de pobres se encontraban están en el origen de este movimiento que recibió el nombre de La Jacquerie. Su importancia en el campo semántico del discurso ha dejado una expresión singular, un nombre propio, Jacques, se convirtió en sinónimo de campesino rebelde.

Hoy asistimos a verdaderas epidemias que adoptan otros nombres. Hoy conocemos los agentes infecciosos y sus reservorios. Sabemos de las consecuencias de su extensión. Conocemos los mecanismos (democráticos) para su tratamiento y control. De las reacciones que en la historia relatada se desarrollaron, ¿cuál elegirían ustedes?

Nota: los italianos, con su peculiar y rica retórica, traducían la expresión Cito, longe, tarde, como fuggire appunto velocemente, lontano e stare alla larga dai luoghi infetti il più possibile...

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Publicado el
23 de julio de 2013 - 10:56 h
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