El alimento de la Criatura

En el verano boreal de 1816 unos amiguetes modernos se fueron invitados a la parcela que uno de ellos tenía en Villa Diodati, en Suiza, cerca del Lago de Ginebra. Eran los escritores ingleses Percy Shelley y su mujer, Mary -feminista pionera- y, junto al lago, su anfitrión sería el polifacético Lord Byron, acompañado de su asistente y médico John Polidori.

Muchos lectores habrán compartido este sencillo modo de vacacionar. Los modernuquis nos solemos juntar a veces en casa de cualquiera para pasar unos días dedicados a nuestras sencillas -aunque algunos tachen de sofisticadas- aficiones. Lo normal, ya saben: hacer almuerzos y cenas, con sus largas sobremesas repletas de charlas interesantes, regadas con bebidas espirituosas, a veces con la inclusión de alguna chuchería estupefaciente, golpes de humor geniales, juegos de mesa o malabarismos verbales. Puede que, incluso, haya relaciones sexuales siempre libres y desinhibidas porque nosotros somos así de guays y desprejuiciados, aunque limpios.

Siempre en esas simpáticas citas hay un dicharachero macho alfa que dirige un poco el cotarro. En aquel suizo verano decimonónico a Lord Byron se le ocurrió proponer que cada uno de los invitados inventara y escribiera un cuento de terror. Ese es el origen de la genial y precursora novela que se sacó de su cerebro la pálida Mary Wollstonecraft Shelly: "Frankenstein".

La conocen. Subtitulada "el moderno Prometeo", la novelita narra como el científico Frankenstein desafía a la Naturaleza, a la certeza de la muerte humana, a los designios indescifrados de la Creación (o al propio Creador, si lo hubiera) y crea un monstruo de lejana apariencia humana.

La criatura se rebela contra su creador y contra lo que le rodea. La mítica narración acepta interpretaciones diversas: que si una alegoría del embarazo, que si de la perversión del desarrollo científico en plena Revolución Industrial, que si la búsqueda del poder divino... en fin.

El mito de Frankenstein, como todos, nos construye, se adhiere a nuestro bagaje cultural y antropológico y ya no nos abandona. Desde ese momento ya no seremos los mismos. Por eso fascina a la par que asusta (o fascina porque asusta). Como los espejos.

¿Que de qué se alimenta un monstruo? Pues de todo, porque se trata de una criatura omnívora pero elevada a n. Puede ingerir carne, pescado, hortalizas, promesas, papel, barro cocido e, incluso, metales.

¿Y quién lo alimenta? Pues cualquiera de nosotros puede hacerlo si quisiera.

Uno podría pensar, en su delirio, que una Gerencia Municipal de Urbanismo, una corporación empresarial, hasta un barrio de cualquier ciudad podrían tener un cierto parecido a Villa Diodati, no digo yo que no, porque el pensamiento es libre y caprichoso; y las cabezas..., ay cómo están algunas cabezas.

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17 de febrero de 2013 - 05:00 h