Un país partido en dos

"49 grados"

           (Termómetro urbano a la hora de sobremesa)  

El gran atolladero de España no es la conformación de un gobierno estable. Con todos los respetos a tertulianos y analistas políticos. El verdadero colapso social se produce cada verano con la primera alerta amarilla por altas temperaturas. No digamos ya si el dispositivo del Instituto Nacional de Meteorología eleva el rango de aviso a naranja. Ahí cágate lorito.

La pregunta que divide al país en dos mitades irreconciliables es la siguiente: ¿termómetro de calle o termómetro de aeropuerto? El populismo demagógico atribuye al marcador urbano cualidades demiúrgicas. La verdad, dicen sus defensores, habita en el mercurio digital que cada tarde anuncia el apocalipsis en los Jardines de la Victoria. Aquí se refleja sin máscaras el sufrimiento

ciudadano. La canícula insoportable de los 49 grados. Qué decimos 49 grados. Los 50 grados. Los 51 grados, con que nos ataca inmisericorde el cambio climático, se ponga como se ponga el primo de Rajoy.

Lo demás es querer edulcorar la verdad, sostienen los apologetas del termómetro de la gente. El marcador del aeropuerto, según esta versión, sería un mero instrumento al servicio del poder establecido, alejado de la realidad que se toca con los dedos de la mano. Baste recordar que el medidor se encuentra ubicado sobre el césped, a la sombra y distante del núcleo urbano unos cuantos kilómetros. No recoge, por lo tanto, la influencia de los aparatos de aire acondicionado, ni el impacto del tráfico rodado, ni la irradiación calórica de la masa de cemento armado. Pura engañifa. Así es normal que se deduzcan temperaturas moderadas, con sentido de Estado, pensando siempre en los intereses del país, que apenas suben el mercurio de los 43 o 44 grados.

Los arribistas del termómetro de aeropuerto son gente educada. Tipos que sacan las tablas de excel en menos que canta un gallo. Que son capaces de hacerte una media aritmética de las temperaturas de la última década mientras se llevan un boquerón en vinagre a la boca. Y que te explican (con razón) que los termómetros de calle están montados sobre metal, en lugares inadecuados, expuestos al sol las veinticuatro horas, sin control científico de su comportamiento y con mediciones dispares y poco fiables. En definitiva, que son una castaña pilonga.

No tenemos Gobierno. De acuerdo. Estamos al borde de las terceras elecciones. De acuerdo. Pero lo que realmente polariza al país hoy día es una forma de entender la medición del puto calor de cada verano.

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Publicado el
6 de agosto de 2016 - 07:55 h
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