Fosforito: “La mayoría de los flamencos terminan muriendo de hambre”

Antonio Fernández Díaz, 'Fosforito' | TONI BLANCO

“A mí me dieron la llave del cante para que cerrara la puerta”, dice con sorna Antonio Fernández Díaz, Fosforito (Puente Genil, 1932) mientras rebusca recuerdos de su carrera en su despacho. Al viejo cantaor le sobreviven intactos la memoria y el sentido del humor. También la sobriedad. Hasta para sentarse a hablar permanece erguido como si estuviera cantando en un tablao.

Fosforito nos recibe en su casa de Málaga casi siete años después de hacerlo en su casa de Córdoba capital. En aquella ocasión, el maestro estuvo charlando largo y tendido con Alfonso Alba sobre muchos asuntos que se repiten en esta entrevista y que se han omitido para que ambas sean complementarias. Más que poner el foco en su vida, que también, el periodista optará por requerir a Fosforito su visión de cuestiones como los fundamentos del cante y del arte, sobre cómo se ha percibido este a lo largo de su trayectoria en un país que dice querer mucho al arte jondo, pero en el que, como reza el titular, los flamencos están pasando mucha hambre.

No le fallará la vista tampoco a Fosforito cuando, en una de las preguntas del vídeo, se adelante y conteste otra de las que están escritas en el cuaderno: “Lo de cante chico y cante grande, que lo tienes ahí previsto, te lo contesto: Si uno está en situación, no hay cante chico ni grande”. En esa idea incidirá hacia el final, en la idea de que, cuando uno habla del flamenco como cultura, no hay cantaores pequeños. Todos suman a la hora de mantener vivo un legado milenario, cuyo origen contará el maestro del mismo modo que lo hizo en la última entrevista que nos concedió.

P. La última vez estuvimos con usted en el Museo Fosforito. Hoy nos hemos venido a la casa de Fosforito. Estamos en Málaga, ¿cómo hemos acabado aquí?

R. Bueno, es curioso, mis inicios fueron en Málaga. Ahí tengo un cartel de la Plaza de Toros de Ronda del año 45. Cuando yo tenía 13 años. Después vine a Málaga en el 46 y estuve aquí hasta que me fui a la mili, haciendo pueblos, entrando y saliendo. Y de aquí me fui al servicio militar a Cádiz y de Cádiz me fui a mi pueblo. Allí enlacé con el Concurso Nacional de Córdoba en el 56. Eso me llevó a Sevilla, de Sevilla a Madrid, donde estuve un tiempo. Y en un espectáculo en el año 62, en un teatro que había, conocí a mi mujer. Y bueno, nos casamos, nos fuimos a Nueva York seis meses y luego volvimos. Y ya, aun teniendo casa en Madrid, pues ella es de Málaga. Mis hijos y mis nietos son de Málaga. Así que es lo normal. Yo soy un pontanés residente en Málaga, pero que no pierdo el contacto con mi gente de mi pueblo, al que voy y vengo constantemente, y donde sigo teniendo mis amigos del alma.

Soy el único cantaor de España que lleva cotizando desde el año 53

P. ¿Y cómo ha vivido usted estos tiempos tan convulsos y el confinamiento?

R. Pues como todo el mundo. Con paciencia y respetando las normas. Porque, como puedes ver, con mi edad, soy de altísimo riesgo. Y bueno, pues con todas las precauciones del mundo. Yo esto lo vivo sin miedo, con cierto respeto. No vivo aterrorizado. Salgo al mercado a acompañar a mi mujer pa allá y pa acá. De vez en cuando nos reunimos con los amigos en algún restaurante o chiringuito, guardando la distancia normal y las precauciones lógicas.

P. ¿Le ha sorprendido esto del coronavirus?

R. Esto ha sido una sorpresa y un terror para todo el mundo. Además de una ruina mundial. Y lo que trae consigo para el mundo del flamenco, los hoteles, el mundo del toro y la cultura en general… Tantos negocios que cierran. Esto es una cosa terrorífica e inesperada que nos ha cogido de sorpresa a todo el mundo y hay que esperar, con paciencia, que den con el invento y la vacuna dichosa que nos libere de tanto terror y tanta preocupación. Sobre todo para que esto empiece a funcionar de nuevo y nos podamos dar un abrazo, y reunirnos y seguir la vida normal.

P. ¿Eso ha sido lo más duro? ¿El no poder abrazar a sus nietos?

R. Ellos vienen a comer de vez en cuando. Aquí hay sitio para todo el mundo. Aquí cabe todo el mundo. Pero lo hacemos con todo el respeto del mundo.

P. ¿Y qué opina de esa gente que compara todo esto que estamos viviendo con una guerra?

R. No es igual que una guerra. No hay la crueldad ni el terror de una guerra, pero en el resultado final, y en la cantidad de personas que pierden la vida [se lo piensa]… No es comparable. No. Los odios, esas hambrunas… Esperemos no llegar ahí. Dios quiera que no. Yo he vivido la guerra, porque nací cuatro años antes de que empezara aquella famosa guerra incivil, y sé lo que es la posguerra terrorífica de hambruna total. Hombre, ahí no estamos, gracias a dios.

P. Me ha llamado la atención que me ha dicho que empezó a cantar con trece años.

R. Yo era cantaor de siempre. Yo no he hecho otra cosa.

P. Tendría usted apoyo.

R. Mi familia eran artistas en un tiempo dificilísimo. Pero mi padre fue cantaor, mi primo Antonio era guitarrista. El ambiente de mi casa yo lo he vivido de chiquitillo y, bueno, en aquel tiempo tan complicado, tenía que buscarme la comida a diario y creía que, de la única forma que lo podía hacer y lo intentaba, era cantando por las tabernas.

El alma de cada artista es intransferible

P. ¿Tenía prestigio ser cantaor entonces o estaba mal visto?

R. Había habido prestigio en los tablaos de antes de aquel tiempo. Y había una preponderancia, el Café de Chinitas, Novedades, el Burrero, el Sevilla… En fin, había tablaos importantes y cafés cantante de categoría donde los artistas eran considerados. Y se dice que Juan Breva, un cantaor que nació en 1840 y murió en 1918, el Rey Alfonso XIII lo mandaba llamar y le pagaba. A Chacón le llamaban Don, porque era un señor que se hacía respetar, además de cantar muy bien. Bueno, pero en aquel momento, de la guerra, de los odios, de aquel problema fraternal, era un tiempo muy complicado en el que había que empezar de nuevo.

Era un tiempo muy difícil. Cuando yo empecer a cantar, la consideración hacia el cantaor no era buena. Había que ganarse el respeto, que era muy difícil. Y como, por mil razones, la gente estaba tan sensible, en las tabernas por cualquier cosa saltaba la chispa y sacaban las navajas. Y llegó un momento en que los bares, había un cartel con un cantaor con un candado en la boca, o de un bailaor con una cuerda en los pies: Prohibido el cante, prohibido el baile. ¿Por qué? Para evitar polémicas. No es porque odiaran el cante, sino porque podía traer consecuencias.

P. Eso mismo me contó Paco Peña.

R. Sí. Había unas ventas fuera de las ciudades a las que no iba todo el mundo. Eran ventas donde se cantaba e iba la gente a divertirse y a quitarse de que los vieran, por aquello de la murmuración, y allí estaban los cantaores, que tenía un punto de buscarse la vida sin complicaciones.

P. Hemos hablado del miedo que hay ahora con el virus, supongo que el miedo entonces era distinto.

R. Era otro miedo. Era miedo a los odios y a los rencores.

[Su mujer trae café y el maestro insiste hacer un parón para que los invitados tomemos café tranquilos. Aprovecha para afinar la guitarra y charlar animadamente con el fotógrafo Toni Blanco. Una vez apurado el café, volvemos a encender la grabadora]

P. Estábamos hablando de que los miedos han cambiado mucho desde que usted se iba a cantar a las afueras.

R. No, era un respeto. También hay que tener en cuenta que si no se podía en los bares, no había otro sitio, no te ibas a poner a cantar en mitad de la calle. Así que estaban estas ventas, que las ha habido siempre. Desde la Edad Media. Estaciones donde paraban las calesas o los coches de viajeros. Pero aquello, sobre todo, estaba para guardar a quien iba de las murmuraciones. Y allí iba el que quería ir voluntariamente a divertirse, porque era un sitio adecuado. Y los cantaores íbamos a ganarnos la vida.

Cuando yo empezaba, la consideración hacia el cantaor no era buena

P. Contaba Fernando Fernán Gómez que en la posguerra se tenían que ir de fiesta al aeropuerto de Barajas.

R. Había una venta en la carretera de Barcelona. Estaba la Venta del Manzanilla, la Venta El Poli. Es que había ventas siempre, en las afueras de los pueblos y las ciudades importantes. Pero yo cuando era chiquitito ya iba cantando por los pueblos en la feria del ganao, y en otras ocasiones nos íbamos incluso a los cines o nos anunciaban para tocar en la plaza del pueblo. Ponían la película y después había un fin de fiesta y nos daba un dinerillo en relación a la gente que entraba. Era una forma de buscarse la vida.

P. Por cantar, usted ha cantado hasta en un circo

R. En el Circo Colombia. Era una bailaora de Cádiz, Félix de Utrera, también de Cádiz, y yo. En el año 55, después del Servicio Militar, nos enganchamos con un circo que llevaba un número de cante que lo hacíamos nosotros. En la pista central. Yo he cantado en todos laos. Ten en cuenta que he cumplido 88 años.

P. Era muy importante en aquella época este tipo de espectáculos para el pueblo, ¿no? Que andaría más bien triste en la posguerra.

R. Hombre, al principio todo era recogimiento, odio, tristeza y desesperanza. Pero después, a la gente, naturalmente su tensión es de querer vivir y salir de las penurias. Y las penas solo se combaten con alegrías. La gente estaba deseando de abrirse y tomar una copa y moverse. La vida sigue.

P. ¿Usted tuvo algún problemilla con la Policía o la Guardia Civil mientras hacía carrera?

R. Sí. Pero no viene a cuento [sonríe burlonamente]. Yo no tengo odio a nadie ni tengo malos recuerdos.

P. No se lo digo por eso. Es por curiosidad, por saber si la ley de vagos y maleantes también se aplicaba a los cantaores.

R. Sí, pero bueno. En una ocasión en el Puerto de Santa María, un policía me coge y yo no tengo documentación. Tenía 12 años. Y el policía me cogió de la oreja y me llevó al Ayuntamiento y me dejaron en la cárcel del Ayuntamiento dos semanas olvidado. Pero bueno, eso son… No me acuerdo mucho. Era un policía alto. Uno de estos secretos, que estaba en la estación, mirando quien entraba y quién salía de la estación. Estamos hablando de la posguerra. Era otro mundo. No es que lo entienda, pero bueno, qué vamos a hacer.

P. A saber qué hacía usted en el Puerto de Santa María con doce años.

R. Ganarme la vida, como todo el mundo en aquel entonces.

He sido un autodidacta y he ido un pasito por delante de muchas cosas

P. Me han dicho que cuando termina el servicio militar es cuando se presenta al Concurso Nacional.

R. Bueno, más o menos.

P. Usted dudó si presentarse al concurso, ¿verdad? Había estado afónico poco antes.

R. Había tenido yo una anemia muy grande que me dejó sin voz. Yo malcomía y no me cuidaba y por esas cosas me pasó. Y el Ayuntamiento me compró una guitarra, por lo cual yo me sentí muy orgulloso. Yo es que me siento profeta en mi tierra. Siempre me he sentido querido por la gente de mi pueblo… Pues el Ayuntamiento comprometió a un guitarrista de mi pueblo para que me diera clases, porque pensaron que el artista que había en mí no se tenía que perder. Y bueno, pues cuando ya empieza las primeras posturas, ya te das cuenta de que es el instinto. Y en ese momento pues vi que había un concurso, que tenía un coste. Y yo no tenía posibilidad de acceder económicamente, aunque sí sabía que los cantes que pedían estaban en mi conocimiento.

Así que yo tenía la esperanza de ganar un premio, unas pesetillas que tanto necesitaba. Así que me presenté. Aunque antes le escribí al Ayuntamiento diciéndole que yo no tenía ni una peseta para poder ir al Concurso Nacional. No tenía ni para el tren. Me tenían que dar unas dietas porque sino no podía ir ni estar en Córdoba. Y el Ayuntamiento me las concedió, fíjate tú. Y tuve la suerte de ganar. Y bueno, de nuevo volví a mi lucha, al teatro, formé una compañía con la gente que había ganado el segundo premio. Por ahí tengo un cartel de entonces, de los que habían venido conmigo.

P. Entiendo que entonces usted se presentó al concurso por ganar cuatro pesetas y casi empujado por el Ayuntamiento. El prestigio no daba de comer.

R. Bueno, antes del Nacional, prestigio no tenía. Yo era un cantaor desconocido. Un cantaor que había luchado en muchos sitios. Pero uno más. Fíjate: yo en Cádiz estaba de soldado y de madrugada cantaba en las ventas. Es decir, yo no he dejado de ser cantaor ni cuando era soldao. Así que me presenté porque yo soy cantaor. Era lo que había hecho toda mi vida, lo que me gustaba, y sobre todo porque lo que exigían las bases, según yo creía, estaba en mi conocimiento. La caña, que no se cantaba, los polos, la soleá… todo eso lo cantaba yo. Yo ya sabía hacerlo. Bueno, tuve la suerte de completar las bases. Posiblemente, y eso lo digo siempre: por separado hubo gente que cantó muy bien, mejor que yo, pero había que completar los cantes, y yo tuve la suerte de alzarme con aquellos premios y que un periódico, El Español creo que se llamaba, me sacara un titular muy grande a una página o dos.

P. Hombre, normal, acababa de ganar todos los premios de un concurso nacional en una época donde no había concursos de flamenco.

R. Había habido un concurso famoso en el año 22, auspiciado por García Lorca, Falla, Rusiñol… Donde estuvo un jovencísimo Andrés Segovia.

El cante no es eterno. La voz no está ahí para toda la vida

P. En ese ganó uno de tu pueblo, ¿no?

R. El Tenazas ganó un premio compartido con el chiquillo de Caracol, que tenía 13 años. El padre era un cantaor de cierto prestigio, y Caracol tenía entonces 13 años.

P. Hoy en día eso sería casi explotación infantil. Entonces, con trece años erais tíos hechos y derechos.

R. Éramos niños prodigio. Ahora los hay así a puñaos. Nosotros éramos así: adelantados 70 años.

P. Mira lo que tengo aquí [Le muestro dos discos de 7’’ de Fosforito de los años 50 y él lee la descripción que hay en uno de ellos]

R. “En el firmamento del flamenco ha aparecido una nueva estrella, capaz de brillar con el mismo fulgor que las mejores”. Muy bien. Yo tenía ahí 24 años [Mira el disco de nuevo] Perdona, yo tenía aquí… No, sí, 24 años. Ten en cuenta que eso fue en mayo y yo cumplo en agosto.

P. ¿Habías grabado algún disco antes del concurso?

R. Sí había grabado. No un disco. Te cuento: un hindú vino con Matías Prats, que era de Villa del Río, a Puente Genil. Y en casa de un ingeniero de telecomunicaciones muy aficionado, amigo mío, en un patio enorme y con un magnetofón enorme, grabamos. Había venido este hombre. Era hindú. Y ese disco apareció después. Uno de la Sociedad General de Autores, José Manuel Gamboa, me llamó un día y me dijo: “Oye, que he escuchado un disco que pone Gipsy andalusian y estás tú, que he escuchado tu voz”. Efectivamente.

[Tras chequear en internet descubro que el hindú del que habla es el bengalí Deben Bhattacharya, un antropólogo musical que trabajó durante años para la Unesco y que produjo un centenar de discos con sonidos del mundo. El disco al que hace referencia se llama Zingari: Route of the Gypsies y aparece efectivamente una seguiriya cantaba por Fosforito con José Bedmar a la guitarra]

Y además, yo grabé en ese tiempo, la Pasión según San Mateo en saeta. Pero, disco formal, en una casa como Phillips, no. Estos los hicimos en Madrid, que no tenía casa de discos, sino en un teatro vacío. Las grabaciones estaban empezando a hacerse en microsurco y era un tiempo muy complicado.

P. Efectivamente. Y del que he leído poco. ¿Cómo era la industria de la música en aquellos tiempos?

R. El sonido era muy complicado. Era dificilísimo. A mí vino a buscarme un señor que decía que era de una compañía, Phillips, que era una casa holandesa. Y bueno, grabamos en Madrid y luego, de ahí pasamos a Belter. Y seguimos grabando.

El flamenco siempre ha sobrevivido por sí mismo sin ayuda de nadie

P. ¿Y los contratos? Porque tú escribías tus canciones y supongo que tendrás tus derechos. Es una de las cosas más relevantes tuyas como artista, que siempre ha escrito canciones en vez de limitarte a la tradición oral.

R. Así es. Yo he escrito para casi todos los artistas.

P. Los discos te darían poco de comer, entiendo. Has vivido más de cantar en directo.

R. Bueno, en aquel tiempo ya me hicieron una prueba en la Sociedad de Autores y me hicieron autor. Estoy hablando del año cincuenta y poco. Y yo sigo perteneciendo a la sociedad de autores. Y he escrito miles de letras. Muchas no las tengo registradas todavía. Muchas se las doy a los amigos. A mí me ha cantado Camarón, me ha cantado Carmen Linares, Chiquetete, El Turronero… Yo que sé.

P. Hasta Los Planetas.

R. Sí, el Jota. Los Planetas y otro grupo que hay en Puente Genil, Refugio 19. En fin, con todo esto, lo que quiero decir es que estoy abierto a la cultura y a lo que a mí me apasiona, lo mío, que es el cante.

P. ¿Y cómo escribía las letras? ¿Cómo es su proceso creativo?

R. Pues lo mismo que no estás siempre para cantar, pues esto es igual. A veces hay momentos mejores. Cuando tú tienes necesidad de hacer una grabación, pues a veces llamaba algún poeta amigo mío. Otras veces, cuando me quedaba falto, me ponía y completaba lo que faltaba. Y, con más tiempo, pensando en un disco a Córdoba, pues lo he hecho todo más pensado. Recuerdo que los villancicos con Paco (de Lucía), llevaba una maquinita conmigo, una hispano suiza muy chiquitita y portátil, con una letra más menuilla que no la veía ni con lupa. Todavía hoy [Se queda pensando]... Tengo memoria, pero no tengo la misma capacidad ni la misma pasión para ponerme a escribir. Me pongo, reviso muchas letras, que tengo montañas, y a lo mejor las corrijo, hago alguna cosita nueva, pero, en fin, ya no tengo la misma capacidad.

P. Pero usted es de los que piensa que es mejor que las musas te pillen trabajando.

R. Sí, sí. Hay que ponerse.

Hoy cantan bien los que cantan bien, que son pocos, como siempre

P. ¿Y el cante como lo ha trabajado? ¿Se cuidaba usted mucho?

R. Yo he sido un autodidacta y he ido un pasito por delante de muchas cosas [Se ríe]. Sí, porque yo creo que soy el único cantaor de España que lleva cotizando desde el año 53. Yo tengo cotizaciones del teatro Falla, de las giras que he hecho por Oriente, por Sudamérica, por Japón… Yo siempre. Cuando yo cantaba estaba pagando autónomos, aunque fuera como vendedor de antigüedades. Yo sabía que el cante no es eterno. La voz no está ahí para toda la vida. Yo ni tenía esperanza, ni sabía, ni me podía imaginar que yo iba a estar viviendo en el siglo XXI. Pero he sido siempre previsor para muchas cosas. Por eso te digo que he ido un pasito por delante de muchas cosas.

P. En la época en la que usted ya gana reconocimiento, el flamenco ya sale de la clandestinidad de la posguerra. Un poco ayudado por el cine, ¿no?

R. Sí, yo mismo he colaborado en muchas películas. El que fue padrino de mi boda, Edgar Neville, hizo Duende y misterio del flamenco, que es una maravilla. Es decir, se hacían cosas importantes. En el año 36 se hizo María de la O de Carmen Amaya. Y bueno, lo bien visto y el marchamo que tiene ahora el flamenco, no lo tenía entonces. Todavía le costaba mucho al flamenco. Empezaron a moverse mucho los flamencos, y había espectáculos para público general con Marchena y Valderrama…

P. Estas grandes compañías que ahora no existen.

R. Sí, grandes compañías que ahora no hay público para esto, o quizá sí lo hay, pero no hay grandes empresas que se embarquen en aquellas tournées gigantescas de 14 o 20 artistas. Eso ahora no se podría pagar. Es imposible.

P. ¿El franquismo trató bien al flamenco? Porque a Franco no se le veía muy flamenco.

R. Yo creo que Franco no se metió nunca en eso. Nunca se prohibió el flamenco. Lo de los bares no era un mandato político.

P. ¿Pero percibió usted una apuesta por el flamenco en el régimen?

R. No. Pero ahora tampoco. Mira, la Unesco nombra Patrimonio de la Humanidad al flamenco el mismo día que nombra Patrimonio de la Humanidad a los Castellers catalanes y la silbo de Lanzarote [Se pone a silbar]. Luego entonces, ¿qué hacemos? La Unesco lo único que hace es darle un toque de atención a las entidades públicas y decirles: “Señores, usted tienen una joya que tienen que cuidar”. Pero, ¿hasta qué punto? ¿Dónde y cómo se cuida esto? Hay un apartado de la Junta, que no sé quién lo lleva ahora, y el reparto de fondos es tan pequeño que llega a muy poca gente. Es verdad que se promueve la Bienal, pero un cuidado especial y una asociación o un sindicato o alguien que cuide esto, no hay.

Yo creo que, a pesar de los reconocimientos, la mayoría de los flamencos terminan muriendo de hambre. Como ha pasado a lo largo de toda la historia. A Juan Breva, en 1918, fueron con un pañuelo negro, pidiendo para enterrarlo. A Manuel Torres lo enterraron de caridad, con un entierro que dicen que costeó Marchena. Lo mismo que a Marchena, cuando cayó enfermo y lo operaron, Juan Valderrama y otros artistas le hicieron un homenaje en Madrid para poder trasladarlo a Sevilla para que muriera en paz. Quiero decirte que, sin Franco o con Franco, el flamenco tiene tanta valía que siempre ha sobrevivido por sí mismo sin ayuda de nadie.

P. Solo con la ayuda de unos pocos elegidos, ¿no?

R. Lo que pasa es que hace ya tiempo que un grupo salva la honra. Cuando dan la medalla de bellas artes a un flamenco, a una flamenca, a una bailaora, a un guitarrista… Cuando hacen miembro de honor de la Universidad de Cádiz a Paco de Lucía, cuando crean un Premio Pastora como el de la Junta, hay otra idea de dignidad que llega a un grupo limitado. En fin, este tipo de reconocimientos no son cuestión de política.

Menos político, podría haber sido cualquier cosa

P. Aunque todo es política.

R. Aunque todo es política, sí.

P. Hay un artista con el que usted tocó mucho que decía que había más política en un quejío de Camarón que en 400 manifestaciones.

R. Eso es una licencia poética. Yo tengo la Medalla de Andalucía. Y yo, como andaluz, alguien dice: “Eso es un reconocimiento y una dignidad para el flamenco. Lo eleva de categoría”. Todo esto son reconocimientos y muchas veces de grupos independientes que cuidan por la dignidad de la cultura y cuidan también al flamenco. Gracias a dios.

P. Entiendo que usted cambiaría cualquier reconocimiento por un estatuto que dignificara a todos estos artistas flamencos. Me refiero a los que no reciben reconocimientos. Estos que trabajan en un tablao o en una peña y tocan para guiris.

R. Han cerrado los tablaos ahora. Estoy seguro de que lo que le pagan cada noche a un artista de tablao no le da más allá de para comer un día o un día y medio. Como se tenga que comprar unos zapatos o una camisa, ya va escaso. Bueno, pues ahora los han cerrado y como no vaya a Cáritas, se estará muriendo de hambre. Es un ejemplo. ¿Quién cuida de eso? No hay. ¿Qué gobierno, qué entidad o qué comunidad está cuidando de eso? Ninguna. Es pensar: “Vamos a ver, a esta pobre gente, que nos ha dado tantas alegrías, que están ahí y son personas”. Esa ayuda mínima que están dando, no está para muchos flamencos.

P. Claro, pero no está porque muchos flamencos no han cotizado como hizo usted. No han sido tan previsores como lo fue usted.

R. Pero son personas. Son personas a las que nadie tiene en cuenta. Son invisibles. Están ahí para divertir. “Bufones. Pobrecitos”. ¡No, perdona! Llevan dentro el arte de milenios y han heredado sones ancestrales. Que son herederos naturales. Los cantes los crean los cantaores. Las músicas, los guitarristas. Piensa en Montoya: Montoya puso las bases y luego vinieron Javier Molina, Ricardo, Sabicas, Manolo de Huelva, tantos y tantísimos… Y Paco de Lucía, un genio, ahí está, ahí está su obra. Pero su obra tiene unas bases anteriores que son heredadas, que ha evolucionado sin perder el origen, sin perder el gustito, porque en cuanto pierden el origen… La rondeña de Montoya es la misma que se toca ahora. Evolucionada y lo que tú quieras, pero es eso: ahí está el origen.

P. Estos artistas de los que hablamos en el fondo son transmisores.

R. Exacto. Los flamencos son mantenedores de la cultura. Llevan miles de años manteniéndola. Están ahí y sin la atención que merecen.

La música es el arte de combinar el sonido con el tiempo

P. Es una pena porque antes de que estallara la actual crisis parecía que se estaba superando la idea esta de que para cantar flamenco había que pasar fatigas.

R. No necesariamente. Cantar con fatigas es sentir la pena. Mirarte dentro y dejar que hable el alma. Que hablen las entrañas. Esa es una forma de expresión a la hora de cantar. No se pueden cantar alegrías tristes, ni seguiriyas alegres. Cada flamenco tiene que saber lo que canta, que no es lo mismo que cantar lo que sabe. El que sabe lo que canta tiene un mundo de vivencias dentro, y las expresa y actúa en razón a lo que requiere cada cante. Un cante por seguiriyas no requiere más que meterte dentro y empezar una música que ya lleva el pellizo dentro. En fin… ¿Quién le pone atención a esta gente? Nadie.

P. ¿Cuál sería la alquimia de su cante?

R. No hay fórmulas. Hay personalidades. El alma de cada artista es intransferible. Esta queda en el camino. Tú le puedes enseñar a un cantaor la técnica y luego él desarrollará lo que lleve dentro, si es que lo lleva. Puede que se quede en nada o sí. Puede que, unido al color de voz que tenga, sea capaz de transmitir afecto.

P. Usted no querría describir su cante.

R. Yo soy incapaz de eso. Que lo hagan otros. Yo que sé, yo canto como yo y no me parezco a nadie.

P. Pues entonces, descríbame su alma. ¿De dónde ha bebido usted?

R. De todo el mundo. Esencialmente del flamenco. Ten en cuenta que eran tiempos difíciles. Yo en mi casa no cabía, y yo veía los portales que los dejaban abiertos o los fondos de los carros... me he criado en la calle. Y he aprendido de todo el mundo. De cantaores conocidos y de otros desconocidos. De cantaores que se estaban buscando la vida andando por los caminos, que cantaban muy bien y que han pasado a la historia sin que nadie sepa su nombre; y de otros conocidos, porque he tenido la suerte de compartir escenario con todas las figuras importantes del mundo. He compartido escenario con la Niña de los Peines, con Pepe Pinto, con Juan Valderrama, con Juanito Varea, he conocido a Juan Mojama o a Aurelio de Cádiz, y a tantísimos artistas mayores y a gente joven. Y aún tengo el placer de disfrutar de los jovencísimos de ahora.

P. ¿Se canta bien hoy?

R. Hoy cantan bien los que cantan bien, que son pocos, como siempre. Lo que pasa es los cantaores se están olvidando de cantar. Ya no cantan por tangos, no cantan peteneras, no cantan tarantos. Tarantos no canta nadie. Pero ni tarantas, ni malagueña. Malagueña una, y hacen todos la misma. Solo cantan algunos una soleá, una bulería… En fin, hay mucha gente que canta, pero que canten bien no son tantos. Pero es normal, esto ha sido así en todas las épocas. Esto es una pirámide. Son cuatro los que están arriba. Y luego hay cuarenta que cantan bien, muy bien. Y luego hay cuatrocientos… En fin, eso es así. Los hay que sobreviven y los que malviven. Y están los cantaores de fines de semana, que no pueden vivir del cante y trabajan en lo que saben y en lo que pueden, y el fin de semana se ponen el trajecito para ganar un dinerillo.

Tengo memoria, pero no tengo la misma capacidad ni la misma pasión para ponerme a escribir

P. Algo que usted conoce también.

R. Hombre yo sé lo que es eso. Y todos son importantes. Todos los que aportan algo tienen importancia. Son los que mantienen la cultura. La cultura la hace la gente que está ahí. Cuando hablamos de verdiales: “Ay que bonito, con un sombrerito de espejitos. Sí, pero eso tiene 2.000 años de historia, según el catedrático de antropología Miguel Romero. Es una música ancestral que ha llegado hasta nosotros gracias a cuatro campesinos aficionados que, sin que nadie les de clases, han conseguido sacar notas y mantener vivo eso.

P. ¿Usted podría haber sido otra cosa que no fuera un cantaor?

R. No lo sé. Yo creo que no. No sé, no lo he intentado. Menos político, podría haber sido cualquier cosa. Con 88 años, no he tenido tiempo para pensarlo [Se empieza a reír]. Ten en cuenta que me he pasado la vida tocando la guitarra para mí y para mis amigos y escribiendo. Dando afecto, compartiendo alegrías y guardándome las penas para mí [Me recita muy sobrio] “A nadie cuentes tus penas, porque en cosas del querer, nadie entiende de la ajena”. ¿Tú cómo le vas a contar las penas a nadie? Cada uno las suyas.

P. ¿Hace ya tiempo que no cantas?

R. No, bueno, no hace tanto. Hace un par de años estuve en una casa. Iba a ser para 20 amigos, lo que pasa es que los 20 se convirtieron en un montón.

[“Éramos por lo menos cien, pero yo no los conté a todos”, interviene Toni Blanco. Fosforito se empieza a reír]

Y el otro día fui a Sevilla porque mi hijo Alejandro me está haciendo un documental y fuimos a Ricardo Niño porque quiere que le ponga música, porque toca pa comérselo, y ya puesto allí, me harté de cantar. Sin voz, con fatiga, porque con 88 años, “las fuerzas me están faltando”, como decía el Taranto.

P. ¿Para usted que supuso tener que dejar de cantar?

R. Las cosas llegan. Todo tiene su tiempo. Oficialmente, el Ayuntamiento de Madrid y la Sociedad General de Autores me dio un homenaje de despedida de los escenarios en 1999 en el Patio de Conde Duque de Madrid. Pero yo he seguido cantando y dando conferencias ilustradas. Porque en ese tiempo yo tenía una alergia horrorosa que me dificultaba mucho cantar. A pesar de ello, yo esa noche canté. Ahí están: tarantos, soleás, seguiriyas… Y no he dejado de cantar, pero no con la brillantez que ya tenía. He dejado de hacer festivales, que es otra cosa. Pero he seguido haciendo cositas. He hecho mis conferencias ilustradas, he grabado algo, he grabado una obra en palabra-cante. No voy dejar de cantar nunca, hasta que me muera. Por eso, el otro día, con Ricardo Niño y su hijo, estuve cantando casi una hora.

P. Convengamos que usted es todo, menos un político y un cantaor retirado.

R. No. Que va. Yo soy un viejo cantaor que se ha dejado el alma con la rosa de los vientos del cante flamenco.

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