San Valentín, el obispo que amaba casar a legionarios

San Valentín.
La tradición cristiana enlaza con la festividad romana de las Lupercales, dedicada al amor y la fecundidad | El emperador Claudio le condenó a muerte

¿Es San Valentín como Halloween pero con ramos de rosas en vez de vampíricas prótesis dentales? Es decir, ¿es esta otra fiesta de los Estados Unidos, importada a base de un incesante bombardeo cultural por saturación de teleseries y películas? Pues sí. Y también no. Porque, aunque no se puede negar que la festividad tiene ahora mucho más de concienzudo estudio de mercadotecnia y estrategias de centro comercial, sus raíces se hunden incluso antes de la tradición cristiana que le da nombre de santo.

Y es que, como buena fiesta católica, su esencia precede a la leyenda que la justifica -la vida de un obispo del siglo III- para enlazar directamente con la tradición romana y pagana. Era en torno al 14 de febrero cuando se celebraba las fiestas dedicadas al amor y a la fecundidad: las llamadas Lupercales. La tradición cristiana reinventa dicha herencia, adaptándola a la nueva fe y dotándola de nuevos personajes. Y su protagonista, claro, es Valentín, obispo en tiempos del emperador Claudio II.

Nuestro clérigo tenía una debilidad, un pecado venial de nada: le encantaba casar a la gente. Y también a los soldados (no entre ellos) que lo desearan. Pero Claudio -que era muy suyo- no se fiaba demasiado de esta afición. El emperador dudaba de la gallardía de sus hombres en combate si de vuelta, en el lecho, les esperaba una esposa deseosa. Por eso, no se le ocurrió mejor cosa que impedir a sus soldados que se casaran, lo que rompió el corazón de Valentin.

Ni corto ni perezoso, nuestro obispo del amor decidió que aquella decisión del emperador no podía ser más que una ocurrencia pasajera, así que optó por hacer oídos sordos y seguir desposando a diestro y siniestro al personal. Si bien, en el caso de los militares, lo haría a escondidas, por si las moscas.

Aún así, le pillaron y terminó condenado a muerte. Cuando el pobrecillo ya tenía el cuello descamisado y esperaba la fría hoja de acero que le decapitase, el juez que le había condenado le retó a curar la ceguera de Julia, la hija del magistrado. Porque era sabido que entre los primeros cristianos, el tema de los milagros no era cosa rara. Y según marca la tradición, ni corto ni perezoso, Valentín se las arregló para que la mujer volviese a ver. Pero ni por ésas se le perdonó la vida. El 14 de febrero, Valentín acabó sus andanzas de casamentero y se convirtió en mártir. Y en santo.

En recuerdo de este ideólogo convencido del amor y el matrimonio; o tal vez como simple tributo al capitalismo más rosa, el 14 de febrero se ha convertido en una fecha señalada para amar. Y para consumir.

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