El amor vive en un tubo de ensayo

Una pareja cogida de la mano | PIXABAY
Todas las sensaciones del enamoramiento y el desamor tienen su origen en reacciones químicas que experimenta nuestro cerebro | Percibimos el mundo de forma distorsionada

Tal vez sea lo más alejado de la poesía, pero el amor puede vivir en un frío tubo de ensayo de laboratorio. Porque, al fin y al cabo, nuestra vida es una sucesión de reacciones químicas. Y en el caso de nuestro cerebro, éstas nos ayudan a identificar y comprender nuestro entorno. Pero las mismas reacciones, aderezadas con los estímulos necesarios, pueden hacer que percibamos el mundo que nos rodea de una manera distorsionada. ¿Qué potente droga causa este efecto? Efectivamente, hablamos del amor.

Un cerebro enamorado no es un cerebro cualquiera. Nuestro pequeño yo que vive dentro de nuestros cráneos tiene sus debilidades en forma de golosinas químicas que él mismo genera. Y cuando se las mezcla con eso tan extraño que es la atracción amorosa hacia alguien, generan dopamina, adrenalina y norepirefrina en cantidades verdaderamente dopantes. Unos cócteles que excitan -¡y no saben cómo!- a nuestros cerebros hasta el punto de hacernos sentir las personas más dichosas, eufóricas y sociales del mundo.

Semejante erupción química tiene una contrapartida que hunde todavía más al corazón enamorado en el ciclo del amor. La serotonina, cuando empiezan las relaciones, desciende al mismo ritmo que lo hacen otras sustancias. Esa combinación hará que nuestros deseos no se centren en casi nadie más que la persona a la que hemos escogido -o que nos ha escogido-. Pero no se engañen: el efecto no es permanente.

Esta compleja receta de sopa de amor químico tiene su reflejo físico también. Y no es solo la mirada lánguida, la sonrisa boba o los suspiros profundos. El propio cerebro se reorganiza de alguna manera y zonas determinadas del mismo se reactivan más entre aquellos que viven enamorados. Por ejemplo, algunos estudios científicos han confirmado que con el amor se encienden las áreas ligadas con el llamado circuito de la recompensa -en el que interviene la dopamina de la que hablábamos antes-, las redes sociales o la motivación.

Y es que el amor es un sentimiento profundo pero tiene su aquél científico, también. Por eso, puede decírselo con flores; puede decírselo con una joya. Pero también con un tubo de ensayo. ¿Por qué no? Estarán tan ciegos de amor que lo verán maravilloso.

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