Don Gonzalo, tus tercios blanquiverdes te acompañan | FOTOGALERÍA

Celebración del ascenso en Las Tendillas. | ÁLVARO CARMONA
El Cordobesismo abarrota las Tendillas para celebrar lo que persiguió desde hace más de cuatro décadas: el retorno a Primera

El corazón en un puño. El gran sueño salta por los aires, o está a punto de hacerlo. La ilusión colectiva desaparece, lenta pero inevitablemente. La calle está desierta. O mejor dicho, las calles. Faltan pocos minutos para las ocho de la tarde. Todo el mundo se concentra en bares, qué lugares, o se refugia en su hogar. Todo el mundo atiende, sin pestañear, con el aliento contenido, a ese trasto llamado televisor. Las miradas están dirigidas a lo que ocurre muy lejos de la ciudad. En una isla. Mientras, el Gran Capitán espera en el lugar de siempre. Lo hace vestido de blanco y verde. Por capa porta una bandera y por casco una bufanda. Aguarda en silencio. Pero quizá regrese la tristeza. Quizá sea otra de esas ocasiones en que acaba la noche a solas. La esperanza se apaga. Algún que otro gesto torcido aparece. El llanto. Otra vez el llanto. Otra vez de amarga decepción. Los ojos siguen puestos en lo que acontece en Las Palmas. Ésa es la isla. Corre el minuto 91. El Córdoba pierde. El ascenso se marcha.

No puede ser, pero es. El final vuelve a ocasionar dolor. Aficionados del conjunto local comienzan a saltar al césped. En la lejanía, se observa cada instante con una mezcla de asombro, indignación y, sobre todo, pesadumbre. Mucha pesadumbre. El hito coge forma de imposible. Pero una decisión, sólo una, lo cambia todo. Una jugada, apenas una, modifica lo que parece inevitable. El encuentro sigue, a pesar de todo. El balón vuela hacia el área grancanaria y… Un toque de Raúl Bravo y un acertado remate de Uli Dávila. Barbosa mira. El esférico cruza la línea que marca el destino. Es fútbol. Una vez más. Llega el gol. Ese gol. Un dardo que va directo al corazón del rival y que despierta el de su entregada afición. También el de una ciudad que hasta este domingo se halla dormida. Nada es para siempre. Todo es para nunca. Bastan unas milésimas de segundo para que la realidad dé un giro impensable. Es gol. El silencio se rompe.

Un tsunami de voces recorre el centro de la ciudad. Un seísmo mueve los cimientos de una historia que cuenta con una nueva página de oro. El rugido es brutal. Es el ruido de lo que se siente más que se escucha. El Córdoba regresa a Primera. El Gran Capitán sabe que esta noche no la va a pasar sin compañía. Sonríe. Surge el desconcierto. ¿Acaba o no? ¿Está hecho o queda trabajo? Todo termina. Sí, a la par que todo comienza. La locura se desata. Es normal. La felicidad inunda cada rincón. Hay encuentros, abrazos, llantos, sonrisas. Y gritos. Muchos gritos. Hay cánticos. Son unos cuantos los que corren hacia la plaza de las Tendillas. Después son muchos más. Y cada vez más. No dejan de llegar aficionados. No dejan de llegar soldados. Todos visten de blanco y verde. Blanco y verde, blanco y verde, Córdoba. "Ésta es tu hinchada", proclaman. "A primera", repiten. El noble que monta a caballo saluda y sonríe. Otra vez. Ésta más que nunca. Su semblante lo dice todo.

Suenan petardos. Y cohetes. Y tracas. Todos lloran. Todos vibran. El eco de la voz de muchos que es una alcanza calles lejanas. "Córdoba es de Primera", proclaman. La noche es larga. Se presiente desde que arranca la fiesta. La noche es blanca y verde, y quién sabe si más flamenca que cualquier otra que precede. Sencillamente, es LA NOCHE. La que nadie va a olvidar jamás. La que se lleva esperando desde hace más de cuatro décadas. El sueño ya no lo es. La esperanza explota. La ilusión arde. Es una realidad como la Mezquita-Catedral de grande. Enhorabuena al que consiga dormir, ya no sólo este domingo, sino en los días que vienen. El Cordobesismo, siempre con mayúscula inicial, toca el cielo. En las Tendillas. Donde el noble montillano enarbola un sentimiento y da lustre a la celebración anhelada. Don Gonzalo, esta noche tus tercios blanquiverdes te acompañan.

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