Penalti

Nacho Montoto, con su último libro | TONI BLANCO

El penalti de Juanfran al palo derecho de Keylor Navas. La derrota. El futuro quebrado, con esa gloria como niebla helada, que se disipa, que se mimetiza con el asfalto. La muerte, como el fútbol, ni discrimina, ni razona. Sólo llega y barre. Algunos seguimos, otros ya se han ido. No hay justicia, ni merecimiento. Solo un relámpago invisible que roba los días, que pisotea el césped de nuestra existencia. Victorias injustas y derrotas heroicas.

Hacía años que no lloraba tanto. En aquella final de Champions, que ganaron los míos y perdieron los suyos, me acordé de Nacho. Le mandé un mensaje envenenado. Aceptó el dardo con elegancia, como era habitual, y me lo devolvió cuando el Cádiz, su equipo de infancia, derrotó al Córdoba en El Arcángel. Los poetas que sólo hablan de fútbol eran también sus poetas preferidos.

«Sampaoli será entrenador del Atlético de Madrid más pronto que tarde», me dijo con ese convencimiento suyo de ojos muy abiertos y golpecito en la mesa. Hablábamos más de fútbol que de poesía. Lo importante siempre estaba en los alrededores. Él me invitó a cenar en uno de los últimos viernes de diciembre. Defendió en verano que Torres iría a la Eurocopa y me aposté el no a una cena. Me la cobré tarde porque habían sido meses ajetreados. En medio estuvo Cosmopoética, mi boda, un puñado de noches en el Automático y el reencuentro en Sevilla, una ciudad que nos había unido de nuevo.

Nacho siempre fue generoso conmigo. Me publicó, me recomendó y me invitó a todo lo que organizaba, desde aquellos primeros ciclos en Relaciones Laborales a este último Cosmopoética. Siempre me hizo sentir importante, y eso que empezamos con mal pie, hace muchos años. Yo no sabía de dónde salía aquel chico afectado que escribía sin parar y los poetas cordobeses éramos así de gilipollas, sordos y endogámicos. El tiempo puso las cosas en su sitio. Descubrí que nos empezábamos a entender cuanto menos hablábamos de literatura. Cuando dejábamos atrás los chismes del mundillo, las rencillas y esa membrana oscura que cubría una ciudad, Córdoba, a la que amábamos pero de la que ambos salimos.

Aquella noche de diciembre quedamos en la calle Feria. Pisé por primera vez el Vizcaíno y luego buscamos refugio en la Alameda. «¿Cómo te va la vida de casado?», me preguntó señalándome el anillo. «Quien te ha visto y quién te ve», me dijo con razón. Todos habíamos cambiado para que las cosas siguieran siendo lo mismo. «Tengo una conversación de Messenger tuya, del 2007, en la que me dices que tu aspiración en la vida es escribir sobre fútbol en un diario nacional», me dijo. Sonreí. Entre cervezas critiqué a Simeone, él a Zidane. Yo me metí con el Wanda Metropolitano y él me afeó la militancia madridista. Hablamos de Florentino, de la trascendencia de Casemiro, del futuro de Gameiro, de lo mucho que disfrutábamos con el Sevilla alocado de Sampaoli, de que este año el Cádiz subiría, de la perpetua melancolía del Córdoba. Hablamos de Salva, de Pablo, de Vicente, de Dani, de Elena. De lo que fuimos, de lo que seremos. De aquellos años ingenuos del dos mil algo. De poemarios blandos y novelas infumables. De que la vida es extraña, como un partido encabritado. Del fútbol pasamos a la familia, a los niños, al que a él le venía en camino y el que María y yo buscábamos. De cómo cambian la vida los pequeños, de que me fuera preparando. Conversaciones del día a día que parecen triviales y, de repente, se vuelven excepcionales y únicas. Palabras que se apagan y una memoria desvanecida, irrespirable.

Quedamos en vernos ya con nuestras parejas. Una cena en casa. Más tranquilos. Más formales. Y de repente, ayer, el balón al palo. El estadio en silencio. El partido detenido. El mundo congelado. Los whatsapps. El vértigo. Lo que Nacho se lleva y lo que Nacho deja. Este vacío en el pecho que es la ausencia irremediable.

Jaime Gil de Biedma también murió un ocho de enero. «Todo, todo aquí se recoge, se atesora, se suma bajo el silencio oscuramente, germina para brotar adelgazado en lágrima», escribió. Yo no puedo escribir más de lo que he escrito. Cuando María me enseñó temblando el móvil con la noticia de su muerte me acordé del penalti de Juanfran. El laberinto de los recuerdos y la respuesta inesperada ante un dolor inmenso. Recordé ese partido que nos unió en la distancia, afiliados a nuestros inamovibles odios y nuestros caprichosos amores. Cada uno en su inocente trinchera. Me quedo sin un amigo, sin un poeta, sin un atlético al que chinchar tras las derrotas, sin un lector de mis caóticos borradores. «Escribe algo del Cádiz y yo se lo mando a los del KO», le dije. El otro día me dijo que algo estaba escribiendo y que empezaba a convencerlo. Le apremié porque este año iba a ser grande. Me dijo que quería que Deneuve estuviera en el Cosmopoética. Le dije que ya veríamos, pero al día siguiente escribí a Adolfo para decirle que fuera calentando la voz por si las moscas. Adolfo fue el primero en escribirme ayer por la tarde, tras enterarse de la muerte de Nacho. «He vuelto al puente de hierro después de cinco años y mi conciencia está más oxidada que sus cimientos. Seguirá en pie cuando esté muerto», cantábamos. Y ahí sigue. Imperturbable. El puente y la ciudad. Un abismo en el recuerdo.

Y ya nada. La derrota. El ruido seco y hueco del balón contra el metal. La portería tiritando. Las lágrimas en el círculo central. La camiseta pegada al cuerpo. Ojalá hubiera entrado ese balón. Ojalá Nacho celebrando esa victoria. Ojalá no estar escribiendo estas palabras. Qué importan los colores cuando está el abrazo de un amigo. Ojalá un centímetro a la izquierda. Ojalá el beso del cuero a la red. Ojalá Neptuno bañado en blanco y rojo. Darán igual los títulos cuando un amigo sonríe con fuerza, y aprieta los puños, y grita al cielo. Como nosotros gritamos ahora. Por impotencia y miedo. Por extrañeza, por vértigo, por este dolor clavado ya para siempre. El penalti de Juanfran congelado en la memoria, abierto como una herida. Ese instante que ya nunca será nuestro. Pero quizá sí tuyo, Nacho. Como el silencio. Como este solar desierto en las afueras de los que quedamos.

Aquel viernes de diciembre. La última vez que lo vi. Me dejó en la puerta de la Fun Club. Le dije que nos tomáramos la última. Me dijo que no, que yo no tenía un hijo que me despertara a las ocho de la mañana, pero que ya me tocará. Sonreímos. Nos abrazamos en la Alameda como un telón que cae, como un pitido tras la derrota, como un adiós insignificante, como si nada importase demasiado. Con ese hasta luego que ya nunca. Como si la vida siempre fuera vida, constante y certera. Nadie espera que la derrota caiga como un saco al suelo. Ruidosa. Irrefrenable. Absoluta.

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