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Zuckerberg, con su avatar

Rosa Colmenarejo Fernández

Profesora de Ética en la universidad Loyola Andalucía —

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El anuncio de cambio de marca comercial de “Facebook” por el de “Meta” me pilla prácticamente leyendo las páginas 245 a 254 de la biografía de Edward Snowden. “Azar objetivo” lo llamaban los primeros surrealistas: una coincidencia fortuita cargada de significado.

Lo que viene a decir Snowden en estas páginas es que el interés de la NSA (National Security Agency, o Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos), en el desarrollo de lo que fue denunciado en 2013 como un programa de “vigilancia masiva” (Ver The Guardian 11/06/2013), no era tanto el “contenido”—registros de todas las comunicaciones digitales existentes: palabras utilizadas en un correo electrónico, en un mensaje o en una conversación telefónica.—sino la información “no escrita y no expresada” en esos mensajes, es decir, los alrededores del mensaje, datos no visibles, generados, almacenados y analizados automáticamente, sin consentimiento ni control por parte del usuario. La NSA llama “metadatos” a estos “alrededores”:

“La forma más directa de imaginarse los metadatos es concebirlos como datos de actividad, es decir, todos los registros de todas las cosas que haces en tus dispositivos y todas las cosas que tus dispositivos hacen por su cuenta. (…) En un correo electrónico, los metadatos pueden ser información sobre el tipo de ordenador desde el que se generó, dónde, cuándo, a quién pertenece el ordenador, quién envió el mensaje, dónde y cuándo se recibió, y si quién aparte del emisor y receptor tuvo acceso a él, y dónde y cuándo. Los metadatos pueden decirle a tu vigilante la dirección en la que dormiste anoche y a qué hora te has levantado esta mañana. Revelan todos los sitios que has visitado durante el día y cuánto tiempo has pasado en cada uno de ellos. Muestran con quién te has puesto en contacto y quién se ha puesto en contacto contigo. (…) En resumen, los metadatos pueden decirle a quien nos vigila prácticamente todo lo que quiera o necesite saber sobre nosotros, salvo lo que está pasando de verdad por nuestra cabeza.” (El énfasis es mío)

El objetivo de la NSA entonces no fueron los datos particulares en sí, sino la generación de patrones de conducta a partir de los metadatos que permitirían después extrapolar predicciones de comportamiento.

La revelación de un mal uso de los metadatos recopilados por Facebook fue, precisamente, lo que causó su primera gran crisis de reputación. En mayo de 2017, un artículo de investigación firmado por la periodista de The Guardian Carole Cadwalladr titulado explícitamente: “El gran robo británico del Brexit: cómo se secuestró nuestra democracia”, revelaba las conexiones entre los resultados del referéndum sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, Trump y Rusia. Christopher Wylie, científico de datos y empleado de Cambridge Analytica hasta 2016, fue el whistleblower que colaboró con Cadwalladr en la revelación de este caso. También fue quién hizo posible hacerse con los metadatos de los perfiles de Facebook empleados en una investigación previa llevada a cabo por Aleksandr Kogan.

Los metadatos de más de cincuenta millones de perfiles de Facebook fueron extraídos sin autorización explícita de sus titulares para entrenar los algoritmos sociales ideados por Wylie. Esto permitió realizar una selección sistemática de votantes en las elecciones presidenciales de Estados Unidos quienes recibieron de forma personalizada noticias falsas, noticias tergiversadas, noticias sobre aquello que ellos querían escuchar y que reforzaban sus filias, sus miedos y sus fobias. Una auténtica “guerra de información psicológica”. Como mantiene el mismo Wylie: “Tenemos aquí ejemplos de lo que podríamos denominar experimentos groseramente no éticos. Se ha jugado con la psicología de un país entero, sin su consentimiento y acuerdo, y lo que es más grave, se ha jugado con su psicología en el contexto de un proceso democrático. (…) Es incorrecto considerar a Cambridge Analytica una compañía científica. Es un servicio completo, y muy efectivo, de propaganda mecanizada.”

Llamar Meta al nuevo proyecto de Facebook es una gran ironía, con un punto de desfachatez soberbia, que me remite a lo que Beatriz Gallardo Paúls denomina “retóricas desinhibidas”. Apropiarse de un término que es la clave de sus continuas faltas e incumplimientos, con la justicia, pero también con sus inversores, parece tener como objetivo banalizarlo y, con ello, neutralizarlo. Es una gran ironía que Zuckerberg se arrogue la capacidad para crear un nuevo producto que deberá lidiar con todos los retos éticos y epistémicos a los que no ha querido enfrentarse en los últimos veinte años. The Wall Street Journal ha ido revelando piezas desde el 13 de septiembre que hablan precisamente de la irresponsabilidad, deshonestidad e incapacidad de Facebook para confrontar y resolver problemas que afectan a sus usuarios, millones de personas en todo el mundo.

¿Cómo podríamos confiar en Meta después de escuchar las declaraciones de Frances Haugen sobre cómo Facebook ignora deliberadamente el daño que sus aplicaciones hacen a los adolescentes o su impacto en numerosos sistemas democráticos alrededor del mundo?

Shannon Vallor, profesora de ética de la tecnología y directora del Centre for Technomoral Futures de la universidad de Edimburgo, ha plasmado en un certero tuit lo que sugiere la presentación de Meta por Zuckerberg en una falsa entrevista: “¿Alguna vez has visto algo que te hizo encogerte tanto que el alma terminó en el exterior de tu cuerpo?”.

Mantengamos los dedos cruzados para que esta vez sea la crisis reputacional definitiva. La pelota está ahora en el tejado de cinco fiscales y de la Comisión de Bolsa y Valores de los Estados Unidos (US Securities and Exchange Commission-SEC), ante la que Haugen ha presentado ocho quejas documentadas. Si Facebook cae finalmente será porque engañó a sus inversores, fuera épica, pero lo importante ahora es que no se le permita seguir rompiendo cosas preciosas, especialmente aquellas que están pasando de verdad por nuestra cabeza. Meta no parece sino una escalofriante huida hacia delante.

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