Si yo fuera rica

En todos los días de nuestras vidas jamás recibiremos un extracto del banco que señale que nuestras cuentas bancarias —una por cabeza— guardan cuarenta millones de euros.

Que ojalá que sí.

Pero será que no.

Y nos toca asumirlo con la pena infinita de quienes se crían trabajadores y se mueren jubilados con pensión mínima; en todos los días de nuestras vidas, que se limitarán —con fortuna— a despertar, trabajar, dormir. Entre tanto se ingerirán algunos alimentos, se aportarán algunas horas a la media nacional de visionado televisivo y se exhibirá alguna afición más o menos pintoresca. Con esfuerzo se ahorrará un poquito y se alquilará un pisito o se comprará un techito y se padecerá para afrontar todos los débitos, y al responsabilizarse de todas las obligaciones que el conocimiento del medio certifica —nacer, crecer, reproducirse— en el saldo quizá reste para algún capricho, y eso en nuestro diccionario significará felicidad y algún millón, con suerte, de las pesetas antiguas.

Pero no cuarenta millones de euros.

Yo me pregunto en qué invertiría cuarenta millones de euros, una cantidad cuya escritura dicta en cifras la norma, pero que yo prefiero en letra, por aquello de suavizar el impacto. Yo, en un alarde de generosidad local, me pregunto —por ejemplo— no en qué mejoraría mi vida si me encontrase cuarenta millones de euros en un sobre grande acolchado que alguien olvidaría en un banco de la Avenida de Libia, para mi regocijo, sino en qué mejoraría Córdoba si recibiera cuarenta millones de euros así, de golpe, en bolsas del Piedra olvidadas en los nuevos baños del ayuntamiento, los gritos de las limpiadoras, ay, ay, ay, los resoplidos de algún concejal o de algún asesor que lamentaría no haber escuchado con más atención el canto de su vejiga.

He imaginado la demolición de los centros cívicos, esos ambulatorios sin enfermedades, y la construcción de un Palacio del Sur en cada distrito. He imaginado trabajo durante años para los oficios implicados en dicho proceso, con especial alivio para el maltratado sector de los diseñadores de esbozos y ejecutores de maquetas, tan de capa caída.

La construcción del mismo Palacio del Sur en el lugar que el divino mandato, y qué otra nación hay en la tierra como tu pueblo, indicó.

Los diversos sueños de movilidad para contentar a la población: carril-bici, metro-tren, tranvía, metro, helicópteros para agilizar los recorridos del 4, el 6 y el 8, senderos de gloria.

¡¡¡El aeropuerto!!!

Adecuación del Silo como ambicioso centro cultural multidisciplinar.

Una réplica de los jardines de Versalles en la puerta del C4.

Algo más, sin precisar, en la orilla sur del Guadalquivir. Ya se le ocurrirá a alguien en la barra de alguna taberna.

Las yemas de los dedos de los pequeños empresarios que detendrían sus llamadas telefónicas al servicio de tesorería para comprobar si la factura que se tramitó seis meses atrás se cobrará seis meses delante.

La enésima remodelación definitiva del Estadio Nuevo Arcángel y su adaptación como recinto que acogería carreras de vainas, contestando a la ya histórica reivindicación de los seguidores cordobeses de La guerra de las galaxias.

La inyección a las ayudas a la Semana Santa, permitiendo la extensión ad infinítum de sus celebraciones, así como el nacimiento de cofradías como Nuestro Señor de Debajo de las Piedras o la popularmente conocida como La Pelá, en tributo a su posible benefactor.

Y tantas y tantas otras inversiones por las que la ciudad clama día tras día.

Me he preguntado cuántos sueldos dignos se extraen de cuarenta millones de euros y cuánta ayuda se prestaría con esa cantidad a quienes la necesitan. Cuánta dignidad, en resumen, facilitan cuarenta millones de euros. Cuánta dignidad, pero a qué precio, y cómo se ganarán cuarenta millones de euros, y qué infracciones se cometerán para deberlos. Confieso que me ha costado porque me ha costado visualizar la cifra.

Porque imagínense: cuarenta millones de euros.

Esto no ocurrirá en todos los días de nuestras vidas.

Pero sí en las cuentas de algunos.

Cómo, eh, quizá lo intuyamos, pero no nos lo dirán nunca.

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10 de febrero de 2013 - 07:00 h
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