Sobre este blog

Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

Los señoritos que no te dejan ver el bosque

Cuatro personas a caballo en la manifestación del pasado domingo en Madrid.

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En el mundo de los prejuicios, el campo se lleva la palma. En el imaginario de una inmensa mayoría de españoles que no dependen del sector agrícola o ganadero, el campo sigue siendo una mezcla de La escopeta nacional y Los santos inocentes. Son dos películas enormes que a su manera hacen un retrato de lo que fue el campo en España. Muchos siguen aliviando sus conciencias pensando que en el campo aún mandan los señoritos, que viven en cortijos, se casan con aristócratas, tienen a malvados capataces con látigos y a un ejército harapiento de jornaleros muertos de hambre a su servicio. Y que por tanto es fácil solucionar ese problema del que tanto se quejan señalando a lo que no deja de ser una figura en peligro de extinción: señoritos a caballo.

La imagen de cuatro jinetes con banderas de España en la manifestación del domingo se tomó como un todo. Las más de 100.000 personas que acudieron a protestar en el fondo lo que hacían era mantener un sistema que sigue consolidando a esos terratenientes aristócratas que a lo único que se dedican es a posar para el Hola! justo después de cobrar una millonaria subvención. Pero esos cuatro señoritos, o esas cuatro personas disfrazadas más bien, que probablemente no eran ni andaluces, hacen que nos impidan contemplar el verdadero bosque y el gran drama que sufre el sector agroganadero español.

Quien de verdad conoce el campo repite una y otra vez lo que ha cambiado el agro en los últimos diez años. En apenas una década, ha entrado con una virulencia desconocida en el mundo agrícola el capitalismo más salvaje, el neoliberalismo más extremo, la sacrosanta libertad de mercado. En estos últimos años, los fondos de inversión han comprado tierras, cosechas y fábricas. El campo se ha tecnificado a un ritmo vertiginoso, los jornaleros han sido sustituidos por máquinas controladas por empresas multiservicios, que en muchos casos, a su vez, son propiedad de otros fondos de inversión. Y esos fondos, oh, sorpresa, han logrado con una exitosa ingeniería financiera acaparar la mayor parte de las subvenciones.

Hoy día, es fácil salir a dar una vuelta por el campo y no tener ni idea de a quién pertenece esa finca de olivos extensivos que se acaban de plantar donde antes había trigo. Por la parcela lo más normal es que circule uno de esos coches con remolque con pegatinas de otra empresa de servicios que tampoco se sabe muy bien a quién pertenece. Si se logra hablar con el conductor, es probable que tampoco sepa exactamente quién es su jefe ni cómo se ha logrado que esos olivos intensivos tengan agua en una zona que siempre fue de secano.

Son esos fondos de inversión y esas multinacionales las que están empujando a las miles de personas que siguen viviendo en el campo a la ruina. Aunque no solo. Esas compañías saben que el valor añadido está en el proceso, no en el origen. Buscan reducir al máximo los costes de producción para después controlar la comercialización. Y es ahí donde se logran esas tremendas plusvalías que acaban generando unos multimillonarios dividendos a unos accionistas que probablemente estén jugando al golf mientras el agricultor medio ve como no puede llegar a final de mes.

El campo lleva años convertido en el gran laboratorio del neoliberalismo. Un sector estratégico clave para algo tan básico como alimentar a la población lleva años en manos de especuladores que estrujan todo lo que pueden y más hasta el último eslabón de la cadena. ¿Es comprensible que un productor de naranjas de Palma del Río cobre por un kilo lo mismo que le cuesta a un consumidor la bolsa de plástico del supermercado? Algo está fallando cuando en el proceso hay una cantidad insoportable de intermediarios que con solo un par de telefonazos se embolsan miles de euros que, en el fondo, no les pertenecen.

Pero muchos siguen mirando a los señoritos, como si siguiesen siendo algo relevante, pero desconocen que la mayoría o ha vendido sus tierras, o las ha alquilado, o a su manera están sufriendo también la presión de las multinacionales y hasta ellos se están quedando sin margen. Si un antiguo aristócrata que mantiene sus tierras tiene problemas, imaginen lo que le ocurre a un pequeño productor que ha decidido mantenerse fiel a la tierra y que ve como cuando no es la sequía, es que un especulador ha acumulado todo el aceite posible al precio más bajo para luego venderlo carísimo y pegar el pelotazo. Y cuando los márgenes son tan estrechos que incluso se venden a pérdidas, llega una guerra que dispara los precios del gasoil y directamente se queda sin poder arrancar el tractor.

El campo lleva décadas jodido. Las causas están claras y para algo se constituyó en su día la Política Agraria Común. Pero desde luego, la presión de esos fondos de inversión que a su vez financian a lobbys que a su vez influyen en Bruselas llevan las de ganar desde hace mucho tiempo. El problema real del campo está ahí, aunque muchos no lo quieran ver o entender.

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Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

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