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West side story

Redacción Cordópolis

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No podía creerlo. No podía entender que no fuera titular a toda página: La Junta y el ayuntamiento llegaban a un acuerdo para compensar deudas, y se adjetivaba de “hecho histórico” al poner fin al litigio del IBI. Isabel Ambrosio, delegada del gobierno de la Junta de Andalucía, asumía el papel de María, sustituyendo a la Natalie Wood de West Side Story, y José María Bellido, teniente alcalde de Hacienda, se convertía en Tony, cual Richard Beymer, y ponían en danza su peculiar escena del balcón. Lo hacían de espaldas a sus propias familias, esto es, los Jets socialistas  y los Sharks peperos. La prueba es que, el mismo día, en páginas centrales, desde la Junta se arremetía contra la intención municipal de dar servicios a parcelaciones, y Mr. Chance Nieto, atacaba a la Junta por no poner dinero en el Centro de Convenciones.

Nuestra ciudad se había convertido, por obra y gracia de dos jóvenes aspirantes a alcaldes, en la Verona española, dejando en el olvido a los mismos Amantes de Teruel. La obra de Shakespeare, en versión musical de Robert Wise y Jerome Robbins, aterrizaba en la Córdoba de las tres culturas. La guerra sin fin que se vive entre la izquierda, gobierno en Andalucía y oposición en el ayuntamiento, y la derecha, con posiciones inversas, parecía abrirse a un fin pacífico, de colaboración, por obra y gracia del ejemplo del amor entre inmigrantes portorriqueños e irlandeses, que querían hacer de Estados Unidos su lugar de vida.

Sin duda, las diferencias entre izquierda y derecha conlleva un enfrentamiento de posiciones distintas de ver la sociedad. De hecho, la democracia pretende, a través del sistema político, dar cabida a todas las opciones de pensamiento que acepten la existencia del otro. Pero nadie ha dicho que no pueda llegarse a acuerdos basados en el juego de mayorías o en el consenso. Es lamentable que las opciones políticas entiendan la llegada a acuerdos como una debilidad, como algo que favorece al que ostenta el poder. El argumentario oficial adoctrina en que hay que oponerse a cualquier medida que defienda el adversario político, incluso, aunque, en otro tiempo, haya sido aplicada por uno mismo, o esté en nuestro programa o ideario.

Hay que ser de los Sharks o de los Jets, independientemente, de que no sepamos por qué. Si se proponía un Centro de Congresos en Miraflores, hay que sacarse de la manga, por el actual gobierno, otro en Poniente y, luego, contratacar, por parte de la Junta con uno, de bolsillo, en el Casco, con la conclusión de que, mientras decidimos si son galgos o podencos, se paraliza la inversión en la ciudad. Si se propone llevar servicios básicos  a las parcelaciones por el gobierno municipal, hay que poner chinas a tal posibilidad, aunque ello condene a la vida indigna a miles de convecinos, y aunque la propia Junta haya puesto en marcha mecanismos para hacerlo. ¡Qué más da que, además, el cogobierno, tuviera tal voluntad cuando aprobó el PGOU! Si se quieren privatizar empresas públicas para beneficio de los amiguetes del PP, la estrategia pasa por acusar al otro, al gobierno de la izquierda, de haberlas puesto al borde de la desaparición y obligar a que no haya otra solución. Si se va a abrir la Ribera al tráfico, se genera un falso debate sobre su peatonalización total, con el objetivo de confundir al vecindario, sin avergonzarse de que el actual gobierno se vaya a limitar a ejecutar lo que estaba planificado por el anterior.

Así podíamos seguir en este continuo navajeo que solo provoca la desesperación de todos, los de uno y otro lado, excepto los “gremlins políticos”. Las fuerzas políticas deben transmitir al vecindario la ciudad que tienen en la cabeza y, tras ello, buscar los lugares de encuentro que permitan que lo que suceda se parezca lo máximo a lo que se aspira, teniendo en cuenta el apoyo recibido en las urnas. Ni las mayorías pueden hacer lo que les parezca, despreciando al otro e, incluso, a su propio compromiso electoral, ni las minorías pueden obstaculizar la labor de gobierno sin más. Por ejemplo, siguiendo ejemplos anteriores, el PP no está legitimado para modificar de forma unilateral el planeamiento urbanístico de la ciudad cuando no lo comunicó al electorado, ni la izquierda puede oponerse, descaradamente, a la subida de impuestos cuando ella misma lo aplicó y es ferviente defensora de le medida.

Por tanto, saludo con alegría a María Ambrosio y Tony Bellido que quieren que su “amor”, que beneficia a nuestra ciudad, pueda con el odio visceral entre los que dicen representar al vecindario de izquierda y de derecha. No obstante, deben tener cuidado porque es tal el enfrentamiento irracional, que es más que probable que acaben como en West Side Story, destrozados por el odio: Riff es asesinado por Bernardo,hermano de María, y este a su vez es ajusticiado por Tony, haciendo imposible su futuro. A pesar de la espectacular banda sonora de Bernstein, el vecindario cordobés no merece un final similar.

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