OPINIÓN | ¿A dónde queremos volver?

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Por Francisco Muñoz

Vivimos tiempos extraños. Se podría decir que estamos en pleno viaje hacia un destino deseado pero al que no sabemos si llegaremos o cómo nos lo encontraremos al llegar.

Somos la familia que contrata sus vacaciones mirando fotos en una web y se encuentra un piso que no se parece siquiera a lo que han visto, o que ni siquiera existe.

Como contaba McCarthy en su también extraña obra, “La carretera”, recorremos un camino lleno de obstáculos y peligros para intentar alcanzar la paz y el bienestar que teníamos. O que creíamos tener.

Cierto es que no estamos en esa misma tesitura, apocalíptica a más no poder. Menos mal.

En fin, hablamos de recuperar lo que teníamos. Esa es la meta.

Escena del film “La carretera”

¿Pero eso es lo que de verdad necesitamos?

Cada día que pasa, enclaustrados, con el ligero alivio de salir a comprar (y digo ligero porque a veces se convierte en un suplicio) vemos como poco a poco el encierro llega a nosotros mismos, a nuestro interior, y las dudas y los miedos son los que se van haciendo fuertes.

A veces la luz al final del túnel parece que estuviera más lejos. Apagada incluso.

Los aplausos cansan, la música en los balcones cansa, y asistimos, aún más cansados, a un contínuo déjà vu del día anterior, porque ya no sabemos ni en qué día estamos viviendo.

También dudo que seamos héroes

Estar encerrados por obligación, legal y ética, sea una heroicidad en el más estricto sentido de la palabra. Quizá seamos responsables, nada más.

Quizá estemos dando más valor del necesario a nuestra obligación, sea autoimpuesta o no, y usemos ese concepto del heroísmo para soportar lo que, por momentos, es insoportable.

Somos parte de una ecuación cambiante en la que buscamos un resultado cambiando continuamente los factores de la misma (sí, las matemáticas del colegio servían, aunque solo fuera para interpretar curvas del demonio que convierten desgracias ajenas o comunes en simples números y gráficas -y no, no hablaremos aquí del colegio-).

Eso, sinceramente, no es de ser héroes. Digamos que es, ahora, nuestro trabajo, y tenemos que hacerlo bien.

Sí, ya sé que también es complicado. Cada casa es un mundo, y compartir trabajo a distancia, quien lo tenga, con niños, frustraciones propias y ajenas, y desarrollar la paciencia hasta límites que jamás imaginarías, puede llegar a ser una ardua tarea.

No hablemos ya de dinero, que es parte del problema, y grande, si no la que más.

Pero sí, es la tarea que nos ha tocado en este juego del demonio.

En fin, vuelvo casi al principio.

¿De verdad lo que queremos es recuperar lo que teníamos?

No hablo a nivel personal o familiar. Hablo a nivel de sociedad. Estamos en una crisis que nos está afectando a todos los niveles y me pregunto si de verdad el final de esto es volver al principio o aprovechar y tener un principio mucho mejor.

Quizá sería el momento de cambiar la historia. Como algunas voces llevan diciendo mucho tiempo, momento de revolución.

Una pacífica, nueva en el fondo y la forma, una que modifique todo, pero de verdad. Nada de cambiar todo para que nada cambie. Ojalá que la última incluso, puestos a soñar. Una que se base, de una vez por todas, en la gente.

Que esta película que nos ha tocado interpretar no sea, de nuevo, “El viaje a ninguna parte” del malogrado Fernán Gómez (y basada en su novela homónima) en la que los actores sufrían el hambre y la desdicha, amparados únicamente por la esperanza de conseguir un nuevo bolo para subsistir.

Escena del film “El viaje a ninguna parte”

Somos los protagonistas de una comedia que lucha, en sí misma, por no convertirse en drama.

Por convertir la esperanza en realidad. Casi nada.

Así que pregunto, de nuevo: ¿a dónde queremos volver?

Y lo mejor de todo…

¿Por qué no vamos a conseguirlo?

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