Firmando el muro: la historia del grafiti en Córdoba

Grafiti en la Ribera de Córdoba | TONI BLANCO

Poco queda en pie, salvo los recuerdos y un puñado de fotos que se tomaron hace décadas. Fotos conscientes de que si hay un arte que se mueve en la incertidumbre sobre su durabilidad, ése es el grafiti. Al contrario que el resto de disciplinas pictóricas, en el grafiti la obra dura lo que quieran las autoridades, la erosión del tiempo, la evolución del urbanismo de las ciudades o el ansia de otros grafiteros.

Quizá por eso la Córdoba que retrata el libro Professional Sketchbook 4Elements Shop ya no existe. Sus autores, Ivan Aitor García y Juan Morales, han usado la coartada de la edición de un blackbook para profesionales del diseño gráfico, el dibujo y el grafiti para contar la historia del arte urbano en Córdoba a partir de quienes la dibujaron a golpe de aerosol, entre el sonido de las bolas rebotando en el interior del espray, el de los trenes lejanos y alguna que otra sirena de policía.

Uno de los autores, Iván, nos pone en situación. A la Córdoba de los años 90, la inspiración le llega desde el otro lado del atlántico. En un mundo preinternet, la información llegaba en papel en manos de quien había podido visitar ciudades como Nueva York y otras urbes en las que el virus del arte urbano ya se había inoculado. Los fanzines de importación de la época fueron la chispa que prendió la mecha del grafiti en la Córdoba anterior a la Expo 92. Al igual que los trenes que cambiaron la ciudad, explicará Iván, las paredes de Córdoba se van llenando a alta velocidad.

No solo la capital. El libro dibuja cuatro grandes núcleos irradiadores de la cultura urbana en la provincia: Lucena, Palma del Río, Villa Del Río y Córdoba, cada uno con su propio estilo e influencia. “En Córdoba, la escena era muy prolífica. Había mucha gente pintando. Se diferenciaba más de otras ciudades, porque cada uno de los artistas trabajaba en función de las referencias que tenía a nivel visual, y de las técnicas que habían podido ver”, explica Iván Aitor. A su juicio, mientras que en otras ciudades el grafiti era más de “bombardeo” y “lettering”, en Córdoba “se hacía mucho más realismo, más dibujo”.

La Córdoba como un lienzo en blanco

El que la ciudad se prestara a un tipo de arte más complejo quizá se debía a que entonces contaba con muchas zonas para pintar. Córdoba era un lienzo en blanco, pero con varias zonas ultraprotegidas. Solo unos años antes el Casco Histórico acababa de ser reconocido por la Unesco y empezaba su proyección, pero todo lo que estaba más allá era aprovechable. “El viaducto era una mina porque era una zona fácilmente accesible, al lado de la vía, con lo cual nadie te veía y eran cientos de metros. Noreña también. El hospital psiquiátrico estaba bombardeado a muerte. El Parque Azahara, la zona de Levante, Cañero… Eran zonas lejos del Casco Histórico”, recuerda Ivan Aitor.

De aquello no queda prácticamente nada, apenas un muro en homenaje a Timusa, uno de los precursores del grafiti en Córdoba. Su nombre es uno de los que aparecen en la memoria de los autores del libro. No es el único. “Había un grafitero súper famoso de Córdoba que hacía llaves inglesas. Esas llaves inglesas eran míticas y no solo en Córdoba, porque han salido en fanzines de toda Europa. También estaba El OTES, que luego se ha dedicado al tatuaje y al diseño gráfico y que prácticamente ha hecho toda la Ribera. El Sojo, también el Mercado Victoria… De los pioneros, estos dos son los más conocidos. De la segunda generación está el Neko, que vivió en Córdoba pero no es cordobés”, enumera.

En el otro lado, los vecinos y las autoridades. Al principio la convivencia era pacífica. Como en España, en el grafiti cordobés todo cambió con la Alta Velocidad y por el valor que se le dio a los trenes, que eran objeto de deseo al mismo tiempo de los políticos -como símbolo intocable de la modernidad- y de los grafiteros -cuya inspiración neoyorquina estaba trufada de vagones pintados-. “Claro, la máxima era que los aves no se podían tocar. ¿Quién le va a hacer una foto a un AVE con un grafiti? Pues ese era el objetivo también”, rememora Iván.

La mayoría de aquellos grafiteros, sin embargo, acabaron aparcando los esprays y cambiándolos por agujas, bolis digitales o lápices. “Muchos acabaron en el diseño gráfico, en el tatuaje, animación y decoración de interior. Otros se han quitado de en medio”, apostilla el autor del libro. De algún modo, la decoración de edificios dio paso a la decoración de los cuerpos y Córdoba hoy cuenta con una potente generación de tatuadores que, de algún modo, ha sido el relevo natural a los grafiteros de los 90.

Así lo ve también Iván: “Los tatuadores de hoy en día que están más reconocidos han sido todos grafiteros. Empezaron ahí. Zipo, OTES, Daniel Evil… Todos estos empezaron con el grafiti”. Al mismo tiempo, los aerosoles siguen sonando fuerte en la provincia, y más concretamente en Villa del Río, un sitio donde la escena ha seguido haciendo festivales, se han creado asociaciones y se ha captado a gente más joven. Las bolas han seguido rebotando.

En la capital sigue habiendo, aunque en un plano más underground. “Sigue habiendo gente porque yo vendo esprais y, si no los hubiera, no tiraría adelante”, remarca Iván, que regenta desde hace 8 años la tienda 4Elements, vinculada a la cultura hip hop, y donde este sábado se ha presentado el libro, la primera publicación que retrata la incipiente cultura hip hop que hubo en Córdoba en los 90.

Una cultura que sigue hoy viva gracias a gente como Clásico y Klayt. “El hip hop es un pequeño movimiento que siempre va a estar ahí. Siempre acaba saliendo alguien que merece la pena”, remata Iván Aitor.

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